[1] Mis sentimientos de vacío: desbordando el síntoma psiquiátrico

NOTA PRELIMINAR: Este texto es la primera parte de una serie que iré publicando poco a poco. Constituyen las partes de un borrador de algo que se suponía que iba a ser publicado como libro. Titulado como esta entrada, “Mis sentimientos de vacío: desbordando el síntoma psiquiátrico”. He decidido publicarlo en el blog por partes (que deben leerse en orden) y renunciar a convertirlo en un libro. Disponía ya de una oferta editorial.  Sin embargo, no quiero que este sea el primer libro que publique (si alguna vez llego a publicar alguno) y tampoco deseo que esa sea mi editorial. Pues me da la sensación de que su oferta tenía más que ver con “Antropóloga Trastornada” y cierto número de seguidores en los que podrían ver ventas seguras. Parecía que la calidad de mi obra fuera lo de menos. Así que os ofrezco (en fascículos) el borrador. Todavía tendría que ser más trabajado, pero quizá ahora no estoy en un buen momento para hacerlo. Con todo, espero (y confío en) que se vea la aportación de esta serie de publicaciones. Gracias a aquellas dispuestas a leerlas todas. Y si no lo hacéis así, no merece la pena que leáis alguna suelta. Allá va mi borrador… 

 

1.INTRODUCCIÓN

Les contaste un cuento sabiéndolo contar

y creyeron que tu alma andaba mal.

La mediocridad para algunos es normal,

la locura es poder ver más allá.

(El Tuerto y los Ciegos, Sui Generis).

 

 

Mi vida no es especial, no soy una persona excepcional, mi contexto no es extraordinario. No me ilusiona airear mis intimidades, ni me interesa demasiado que tú conozcas mi historia. Pero lo vas a hacer, pues me veo obligada a utilizar mi biografía para abordar el tema de este libro: el sentimiento de vacío.

Recientemente he descubierto el potencial de mis propias vivencias como instrumentos de expresión y reflexión sociales y colectivas. No todo el mundo puede o quiere hacerlo. Yo sí puedo. Llevo haciéndolo desde hace algunos meses en mi blog.. Me desnudo escribiendo. Expongo públicamente partes de mi biografía que se suelen considerar privadas, tabúes, duras. Recibo tanto advertencias sobre el posible daño por parte de terceros al que me expongo, como elogios sobre mi supuesta valentía o sobre lo admirable de mi streeptease biográfico. Niego ambas cosas. No me imagino los hipotéticos peligros, pero no creo que puedan superar el dolor que ya he vivido ni otorgo a nadie semejante poder sobre mí. Estoy totalmente convencida de la verdad del dicho popular de que “No hace daño quien quiere sino quien puede”.  Por otro lado, no hay nada que elogiar. Ya he dicho que no soy alguien excepcional; simplemente siento, pienso o percibo algunos aspectos de la realidad de forma diferente a la mayor parte de la gente. No hay ningún atrevimiento ni esfuerzo en exponer mis miserias, mis defectos o romper tabúes. Ni pudor, ni arrepentimiento, ni dolor, ni preocupación por juicios externos. Simplemente, soy así.

Me incomoda sentirme socialmente “obligada” a ocultar las cicatrices de mis brazos, mis intentos de suicidio, mi adicción a la cocaína. Te digo que he bajado a hacer la compra del mismo modo que si te cuento detalladamente cómo intenté matarme. Con la misma naturalidad, con el mismo aplanamiento emocional. Incluso siento cierta necesidad de hacerte saber este tipo de cosas. Nunca soporté que mis padres ocultaran mis intentos de suicidio al resto de mi familia. No entendía qué había de malo en enviar una fotografía de mi antebrazo ensangrentado por cortes que yo misma me había realizado. No me siento orgullosa pero tampoco me siento mala persona. En ciertas cuestiones me alejo de lo que se considera normal. En este sentido, soy diferente (que no única).

He hecho daño a algunas personas sin pretenderlo. Me ha llevado tiempo comprenderlo y, consecuentemente, hacerme cargo de ello. El psiquiatra que me llevó en mi primer ingreso en la unidad de agudos de Psiquiatría me insistía en que no me hacía cargo de la trascendencia de mi intento de suicidio, de su gravedad. Comprendía sus palabras y, sin embargo, me parecía absurdo. Mucho después fui consciente de que realmente no entendía lo que pretendía decirme. Apariencia de comunicación, quiebre en las significaciones. Él sabía que yo no le entendía. Yo no. Ni podía imaginarlo. Una cosa es “saber” algo y otra cosa distinta es “hacerte cargo” de ello. He herido a seres queridos. Ahora sí que asumo mi responsabilidad, me hago cargo de ello. Mas no por ello me siento culpable.

¿Te imaginas llegar a los treinta años y descubrir que quienes te rodean son diferentes a ti?, ¿te das cuenta de la dificultad de asumir que tu concepción de normalidad en algunos asuntos no es normal?, ¿entiendes lo surrealista de querer aprender a ajustar tus conductas a esa nueva normalidad para no dañar “sin querer”? He llegado a preguntar a mis padres y mi hermano si publicar una foto de los cuatro en facebook podía molestarles o herirles. Hoy me río de lo absurdo que fue. Acababa de hacerme cargo de la diferencia y de sus daños colaterales. De pronto me sentía incapaz de discernir cuáles eran las acciones normales e inofensivas. Una repentina confusión me invadió de golpe, ¡no entendía nada de nada! Me preguntaba: “¿Qué debo y qué no debo hacer?, ¿dónde están las instrucciones? Vamos a ver… ¡tranquilidad! Ante todo, calma. Solo hay que preguntar antes de hacer algo”. No exagero, mi vivencia fue muy pueril. Enseguida recobré la razón; o, mejor dicho, la razonabilidad. No era para tanto. No soy tan tonta, ¿no? Emocionalmente todavía no distingo entre publicar una foto de familia y una de un corte en el antebrazo. Pero cognitivamente sí puedo reconocer la diferencia. Reacciones que anteriormente desvalorizaba como exageraciones dramáticas, ahora las tolero y respeto.

Asimismo, he aprendido a cuidar algunos detalles. No hacer humor negro sobre mis intentos de suicidio o evitar llevar al descubierto cortes sin cicatrizar en presencia de mis familiares. Cuando consumía cocaína, y recibía visitas de antiguas amistades, debía preguntar si les molestaba que me vieran esnifando o incluso tener a la vista la propia droga. Esto lo descubrí pronto gracias a mi ex-novio, que llegó a enfadarse por la “naturalidad” con la que pretendía consumir en su presencia. Mi incomprensión de su enfado le sentó todavía peor, pues tuvo que explicarme lo que a él le parecía evidente… Que lo hiciera como si me estuviera fumando un cigarro delante de alguien como él: alguien que no consume y, a quien, además, le preocupa mi salud. A propósito de relaciones sentimentales, también estoy entendiendo que a otras personas no les resulta tan sencillo como a mí “resetear” y mantener una amistad como si no hubiera pasado nada. Mi maldición… la indolencia, la insensibilidad, la disociación emocional… Daría para escribir otro libro, como mínimo.

A cambio de calibrar el posible daño de varias de mis acciones e intentar evitarlo, he exigido que ellos también aprendan a acostumbrarse, asimilar y aceptar el impacto emocional que pueda provocarles algo a lo que no estoy dispuesta a renunciar: escribir. Bueno, más que en la escritura, el problema radica en sus contenidos (supuestamente) íntimos y su publicación. En su mano está la opción de leer o no mis escritos “autoetnográficos”. Y lo hacen. No soy yo la valiente por escribir lo que escribo, sino ellos por leerme. El disfrute, la liberación y la (casi) necesidad de publicar mis textos supone para ellos el dolor de recuerdos traumáticos, la angustia al descubrir la profundidad de mi sufrimiento, y el rechazo hacia facetas indeseables de su hija o hermana. Una mala digestión emocional a la que puede añadirse la vergüenza y el temor al juicio de otras personas. El estigma, que nunca he dejado que me manche a mí, puede salpicarles a ellos.

Imagino que a estas alturas ya se habrán acostumbrado a mi forma de ser, a mi trastorno. Lo he elegido yo misma, pues ya he aprendido bastante sobre psiquiatría. No está recogido ni en el DSM ni en el CIE, sino que está escrito en un mechero: “Diagnóstico sencillo: no tengo remedio”. Me lo regaló una persona cuya etiqueta institucional coincide con la mía: Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). En realidad, mi etiqueta cambia ligeramente en función del psiquiatra que me lleve:

-Trastorno Esquizoide de la Personalidad, la primera etiqueta con la que salí de la unidad de agudos de Psiquiatría en el 2016.

-TLP, por mi primera psiquiatra del Hospital de Día (HD).

-Trastorno de inestabilidad emocional de la personalidad. Tipo límite (según mi segunda psiquiatra del HD), tipo impulsivo (para mi tercer y último psiquiatra del HD).

Mi verdadero diagnóstico es el sencillo. No tengo remedio… de cara al tratamiento terapéutico institucional. No soy buena paciente, no asimilo sin filtros el discurso que me ofrecen los terapeutas. Mis filtros son políticos, resistentes a la psiquiatrización. No soy buena paciente, pero sí buena persona. Por eso ofrezco mi vida como material empírico para reflexionar sobre uno de los “síntomas” habituales atribuidos al TLP: el sentimiento crónico de vacío. Si no tengo remedio psiquiátrico y, además, ya no creo demasiado en “diagnósticos” y “síntomas”, ¿por qué dedicar todo un libro a un síntoma clínico? Porque considero que es, precisamente, mi talón de Aquiles, el nudo psíquico que me hace sufrir desde siempre. Un nudo que ningún terapeuta ha conseguido deshacer, incluso llega a pasar desapercibido. Ni se le ve, ni se le espera… Ni yo he sabido expresarlo ni ellos estaban preparados para detectarlo y trabajarlo.

Escribo sobre el sentimiento de vacío porque atraviesa toda mi vida. Me agrede y desgarra silenciosa e invisiblemente, adaptándose a cualquier cambio. Es mi asignatura pendiente. He dedicado mucho tiempo a tratar de entenderlo y verbalizarlo. Mi idea en este libro es compartir mis reflexiones sobre mi propio sentimiento de vacío. Si bien es humilde, considero que puede ser una aportación útil en varios sentidos. En primer lugar, es un diálogo con el abstracto y confuso concepto de sentimiento de vacío que los profesionales de la salud mental generalmente no saben cómo afrontar empíricamente. En segundo lugar, es un ejemplo auto-analítico que (sin ser ejemplar) puede servir como guía-modelo para otras personas que sufren el mismo mal. En tercer lugar, plasma un ejercicio de terapia personal, quizá de interés para quienes estén interesados en el ámbito del sufrimiento psíquico en general.

Al principio dije que mi vida no es extraordinaria, ni yo especial. Cada vez que escribo (y publico) un texto basado en mis propias experiencias, trato de que mi vida se convierta en un instrumento para reflejar temáticas sociales más amplias. No soy una “exhibicionista biográfica”, sino una antropóloga convertida en autoetnógrafa. No se debe confundir la autoetnografía que yo aquí esbozo (hay otros tipos) con una autobiografía. Aunque a veces lo parezca, no trato de realizar un repaso autobiográfico, sino de utilizar mis propias vivencias y experiencias como material empírico para reflexionar, analizar o, quizá en ocasiones tan solo sugerir, cuestiones de índole social y cultural y no meramente personales. Es decir, tratar de extraer lo ethno de lo autobiográfico.

No todo es tan desinteresado como parece: publicar lo que escribo es una de las últimas formas que he encontrado para manejar mi sentimiento de vacío. Me gustaría decir otra cosa, me encantaría que escribir no tuviera relación con mi sufrimiento. Preferiría escribir meramente por placer y publicar para compartir mis experiencias de cara a ayudar a otras personas psiquiatrizadas (o no). Esto es cierto, pero no sería honesto por mi parte ocultar la “cara b”. La parte de la historia en la que interviene mi interés personal. Comencé a escribir publicando lo que plasmaba en mi muro de facebook. Había sido dada de alta después de veinte meses de incapacidad laboral temporal, pero no debido a que estuviera en condiciones óptimas de salud para retomar mi trabajo en el ámbito de la investigación doctoral. Sino por motivos burocráticos: porque no cumplía el mínimo de años cotizados requerido para que se me concediera una incapacidad permanente. Descubrí que publicar lo escrito me motivaba a continuar. ¿Por qué? Simple y llanamente porque los comentarios públicos y privados cubrían uno de mis vacíos: el de los otros. Me (re)llenaban, sin saberlo. No se reducía a un mero feedback, para mí significaba mucho más.

Decidí crear un blog porque me percaté de que el resto de las personas no utilizaban facebook del mismo modo que yo. Dudé mucho. Primero, porque no tenía ni idea de cómo hacerlo y, aunque ahora me parece sencillísimo, en aquél momento no entendía nada en el dichoso wordpress. Y segundo, porque me frenaba el pensar que nadie estaría interesado en leer mi blog, lo que me exponía de nuevo a mi vacío. Finalmente me lancé… y de vez en cuando recibo sorprendentes mensajes públicos o privados de todo tipo. Felicitándome porque consideran que escribo bien, dándome las gracias porque les está ayudando leerme, pidiéndome consejo sobre su caso concreto o animándome a que escriba un libro.



Categorías:Auto-reflexión, Narraciones, Sensación de vacío

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3 respuestas

  1. Me sumo a las felicitaciones y,ciertamente, si te propones qué deseas transmitir de la inmensidad emocional y vital que implica padecer un trastorno mental, mesumo también a la sugerencia de que te lances,conpaciencia, a la elaboración de ese libro!!!!! Saludo cordial

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  2. Estimadisima: La literatura de Mark Fisher, considerada por algunas como una literatura muy valiosa para el movimineto de la locura, también nació de un blog (K-Punk) Los ensayos como los de Fisher, o los tuyos son literatura muy necesaria para personas entre las cuales me incluyo. Publicar los ensayos en un blog o en un papel es solo un detalle estético, lo central es publicarlos para que puedan llegar a les lectores. ABRAZOS FUERTES DESDE AMÉRICA PROFUNDA

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