Cocaína: adicta de por vida

Hablar de una adicción a una droga no resulta sencillo. Algunas personas no hablan de ello ni en público ni en su círculo más íntimo porque la adicción se estigmatiza mucho. La locura lleva el peso del estigma por doquier. Sin embargo, existe al menos una diferencia entre el estigma de la adicción a la droga y la de los “trastornos mentales”. Yo reúno ambas condiciones, por lo que hablo desde la cierta autoridad que te otorga la experiencia. Al loco no se le quiere cerca, se activan mecanismos para controlarle y domesticarle (ya sabéis: ingresos, manicomios, contención química, marginación, etc.) El drogadicto se ubica en una similar posición. Pero algo marca una diferencia. Una pequeña gran diferencia. Se suele pensar que el “drogata” consume porque quiere, mientras que la loca se percibe como alguien que padece (y lo que se considera que padece es una “enfermedad mental” -ahora mismo no voy a entrar en la crítica al concepto de “enfermedad mental”, pero que quede constancia de mi radical oposición a dicha idea). En resumidas cuentas, la adicta es responsable de su mal mientras que la loca es víctima. Una es activa y otra es pasiva.

No tengo claro si es necesario desmontar estas representaciones o si basta con señalar su existencia para explicitar unas representaciones que, obviamente, son socioculturales. Por si acaso, dejo claro mi desacuerdo con la diferencia que he indicado. Teniendo en cuenta que estoy hablando de personas drogadictas y no de consumidores ocasionales (si bien la distinción no resulta tan nítida como pueda parecer, mas no me detengo tampoco en esto ahora). Me opongo a tal diferencia porque, puestos a elaborar representaciones, la adicta es tan “víctima” como la loca. O, al revés, la loca es tan responsable como la adicta. Mi intención es más bien borrar ambas representaciones. Superarlas. Vamos a hablar de una experiencia concreta, intentando no juzgar si es víctima o responsable. ¿Acaso sirven de algo este tipo de juicios? Bueno, socioculturalmente resultan importantísimos porque contribuyen a excluir, marginar, culpabilizar, controlar… a aquellas “indeseables”, a esos “estorbos sociales. Un tema muy interesante, pero voy a intentar hacer algo menos pretencioso. Os contaré algo sobre mí y la droga.

No es la primera vez que escribo sobre mi consumo de cocaína (ya lo hice aquí  y aquí, y en alguna otra entrada con mayor o menor énfasis). Tal vez repita alguna cosa que ya he escrito. No pasa nada. El propósito es avanzar un poquito más e intentar aportar algo.

Los profesionales consideran que una persona tiene un trastorno de drogodependencia si requiere ayuda médica para dejar el consumo (también hay otros criterios, pero quiero destacar este). Mi historia de consumo de cocaína empezó a mis veintiún años. Breve (medio año) pero intenso (frecuencia y cantidad elevadas). Lo dejé sin problemas y, por supuesto, sin necesidad de ayuda médica. Nunca me consideré una adicta, aunque siempre supe que si se presentaba la oportunidad de volver a consumir yo lo haría. Porque me gustaba mucho. Sin más, ningún problema. Durante muchos años esquivé posibles situaciones en las que pudiera darse la posibilidad de consumo. Fácil. Tuve un periodo de experimentar, tener otras vivencias, moverme en contextos nuevos.

Ni a ojos de profesionales se me podía considerar adicta. Y yo desde luego me habría opuesto (y, probablemente, enfadado) si se me hubiera acusado de ello. Les habría mandado a freír espárragos. Y eso que actualmente (después de mucho análisis y reflexión sobre mi vida, mi pasado, mis problemas…) tengo clarísimo que aquél consumo tenía que ver con mi continuo y crónico malestar psíquico, que se remonta a mi pubertad-adolescencia. Pero bueno, adicta no era.

No me gusta repetir los grandes “hitos” de mi vida, ya relatados en otras entradas. Pero sé que pocas personas han leído todas las publicaciones de este blog. Lo cual es lógico, pues ya son unas cuantas. Aunque leídas desde el principio hasta el fin resultan útiles porque se percibe una evolución en mí y mi forma de entender qué me pasa. Lo que, por supuesto, ha supuesto una especie de escritura terapéutica para mí. Pero me parece que podría aportar algo a quien lo leyera de ese modo. Otro día explicaré el papel de este blog en la evolución de mí misma. En fin, a lo que iba… enumero los grandes “hitos” para quienes no quieran leer otras entradas. Depresión chunga desde principios del año 2016, intento grave de suicidio en abril de 2016 + ingreso en agudos de psiquiatría, ingreso en Hospital de Día desde mayo de 2016 hasta marzo de 2018, intento grave de suicidio en febrero de 2017 + ingreso en agudos, adicción a la cocaína desde principios del 2018, ingreso en agudos en junio de 2018 para desintoxicarme + derivación al CAID (Centro de Ayuda Integral al Drogodependiente) al que dejo de ir a los pocos meses porque me parece que no me sirve de nada, me vuelvo a enganchar a la coca, ingreso en febrero de 2019 para desintoxicarme de la coca.

Este segundo consumo de cocaína acabó en un claro diagnóstico de “trastorno de drogodependencia”. No fui capaz de dejarlo por mí misma, decidí (con mucho dolor) ingresar en dos ocasiones. Aquí ya se cumple eso de que “necesita ayuda médica para dejar de consumir”. Bueno, ya me convertí en una adicta en toda regla. El año 2018 fue una auténtica locura. Siento que a día de hoy mi cuerpo sigue recuperándose de la bestialidad de vida que llevé. Quiero añadir algo que es importante para mí: consumí cocaína y me enganché a ella pero no salía de casa, ni de fiesta ni nada por el estilo. El consumo me permitía poder escribir y leer de nuevo (antes no podía por ansiedad). Hay otro factor clave relacionado con el alta laboral del INSS pero no lo explico porque me enfada mucho y no quiero que este escrito sea demasiado largo.

Así que consumía para “trabajar”. Y la asociación entre la cocaína y la escritura y la lectura ha sido un horror. Después de salir del ingreso de febrero de 2019, pasó mucho tiempo hasta que pude coger un libro o escribir alguna cosa en este blog. Este blog, por cierto, existe gracias a aquél salvaje consumo del 2018. Nunca habría creado un blog si no hubiera estado bajo los efectos de la cocaína. Y la mayor parte de lo que escribía lo hacía drogada. Así que dejar de consumir implicaba asumir que debía olvidarme de escribir y leer durante cierto tiempo. Más tiempo del que yo creí. Pero lo acepté y los primeros infernales meses post-ingreso no había quien me aguantara de la ansiedad que tenía. No podía ni ver la televisión. Ducharme o secarme el pelo me cansaban muchísimo. Durante un tiempo me dedicaba a colorear mandalas, a pesar de sentir temblores en la mano. Algo sirvió aquello.

No voy a seguir escribiendo sobre la historia del consumo de cocaína hasta hoy día. Únicamente necesitaba contextualizar mi experiencia de consumidora. Pero lo que quiero abordar y deseo transmitir tiene que ver con la noción de “ser adicta”. Yo nunca diría a alguien que no se drogue porque es malo para la salud, si bien tampoco animaría a nadie a hacerlo. Cada cual que haga lo que quiera con su cuerpo. A pesar de que considere importante la dimensión política de la droga (más allá de los intereses políticos en ciertas épocas determinadas en que cierto sector de la población se drogara y asuntos similares, también cabe destacar el efecto despolitizador que tiene el consumir). Pero hasta la persona más politizada y consciente de ello puede acabar consumiendo. Siento repetir algo ya dicho en otras entradas… pero bueno: a veces (o muchas veces) una acaba consumiendo para intentar sobrevivir.

Este tema posee muchas aristas, por eso me está quedando un escrito un tanto disperso. Menciono de pasada asuntos pertinentes y a considerar pero en los que no me quiero centrar. Disculpadme por ello. Ahora sí que sí. Voy a lo que me interesa: “ser adicta”. Estuve un año entero consumiendo, incluso acudiendo al CAID (el recurso para los “yonkis”), pedí yo misma ayuda médica para quitarme de la droga. Por supuesto, acabé con el nuevo diagnóstico de “trastorno de drogodependencia”. En ocasiones he bromeado autodenominándome “yonki”, “drogadicta”. Sin embargo, hace relativamente poco que me he percatado de que no había llegado a asumir (en serio) que soy una adicta. Y hablo en presente porque (al menos en mi caso) ser adicta es una condición crónica. En el sentido de que puedo llevar muchísimo tiempo sin consumir y se podría decir que me he recuperado. Entonces ya no sería adicta. Lógico, ¿no?

Pues va a ser que no. No me atrevo a hablar por todas las personas que se han enganchado a alguna droga (ya sea coca o a otra), aunque creo que podría aplicarse a más personas. La adicta es adicta de por vida. En el sentido de que en situación de poder volver a consumir, incluso aunque haya pasado mucho tiempo desde que lo dejó, si (re)cae está en riesgo de reactivar su adicción. Es cierto que habría que tener en cuenta ciertos factores que influyen en la magnitud del riesgo. Por ejemplo, la situación laboral, social, económica, etc. En caso de que la persona se encuentre en un momento vital “chungo”, tiene todas las papeletas para la reactivación de la adicción.

Puede que lo que estoy diciendo parezca obvio a muchas personas. Probablemente es más obvio para quienes no son adictos. Y para quienes sí, seguramente no esté descubriendo nada nuevo. ¿Sabéis por qué he querido escribir esto? Porque yo también me sabía esto, pues también era obvio para mí. Pero no es lo mismo “saberlo” que “hacerte cargo de ello”. Reconocerte en ello y darte cuenta de su gravedad y consecuencias. 

Durante los primeros meses tras el ingreso de 2019 yo me preguntaba cuánto tiempo tenía que estar sin consumir para poder volver a hacerlo pero de forma “no destructiva”, sino esporádica. Este pensamiento es propio de una adicta. Tu mente te engaña y crees que llegará un momento en que puedas consumir pero sin ser adicta. Depende de lo que pase en cada caso, sucederán cosas distintas. Habrá quienes volverán a consumir, habrá quienes se engañarán y engañarán a otras personas (sin querer) porque quieren seguir consumiendo aunque no al estilo de adicta, habrá quienes superen esos pensamientos y sigan sin consumir. Lo importante en todos los casos (incluso en los que resisten y no consumen) es si la persona ha llegado a hacerse cargo de que es una adicta. Pero asumirlo de verdad y en relación consigo misma. Porque a veces parece que sí pero… no.

Habrá quienes se pregunten “¿Qué más dará que una asuma que es una adicta?”. Bueno, es una tesis que propongo, tampoco espero que esté de acuerdo todo el mundo. Ante todo, que quede claro que no se trata de ponerse una etiqueta ni de patologizar nada. Sino que le otorgo importancia en tanto implica el pleno reconocimiento del problema con la droga. Y, así, una se vuelve más consciente de la situación de riesgo en la que se encontrará durante (¿toda?) la vida. No sé si toda la vida, pero al menos sí puede influir en que una esté más alerta del riesgo que supondría, por ejemplo, consumir “esporádicamente”. En mi caso tengo que tener claro lo siguiente: yo no puedo consumir esporádicamente porque mi manera de consumir puede descontrolarse y derivar en un nuevo consumo adictivo. Sé que cada persona es diferente y, como digo, no quiero generalizar. Hablo de mí. Pero sugiero que puede sucederle a más personas. Pues somos diferentes… pero también muy semejantes. Y no pocas de quienes nos convertimos en adictas solemos hacerlo porque encontramos en la droga algo que alivia, controla, domestica o mitiga un sufrimiento psíquico. Para mí fue la manera de seguir viviendo y dejar de intentar suicidarme. No es la mejor estrategia, ya lo sé. Pero resulta que por eso me va tan mal en la vida. Porque mi sufrimiento me ha superado en algunas ocasiones y, en otras, no sé manejarlo de forma “saludable”. Pero bueno, esto ya es otra historia. Todavía tengo trabajo por delante…

Bromear sobre que “soy una drogadicta” es muy distinto a percatarse de que “soy adicta”. Y lo que implica. Ya he mencionado algunas implicaciones y no voy a enrollarme. Lo difícil es que es un proceso. Yo he tardado en llegar a ello y ni siquiera he logrado digerirlo completamente. Además, eso de ser drogadicta no está precisamente bien visto. En mi caso me da un poco igual (al menos por ahora), pero imagino que para otras personas será realmente complicado reconocerse en algo tan estigmatizado, indeseable y marginal. Sin ir más lejos, a la hora de solicitar la discapacidad la condición de “drogadicta” no te da muchos puntos. Al menos por lo que me han dicho. Ojalá no fuera así. El consumo adictivo no es un capricho, ni tampoco algo que puedas dejar tan fácilmente, y además suele estar vinculado al sufrimiento psíquico.

Me da la sensación de que no he dicho demasiado, aunque sí el mensaje principal. Pero sospecho que quienes me lean sentirán que no es un gran aporte. Si no son adictas, me da un poco igual. Si son adictas, me gustaría que lo dicho les quede de algún modo. Que estén de acuerdo o no, pero al menos que les haga reflexionar por un momento. Lectoras “adictas”: ¿alguna vez habéis dicho o prometido cualquier cosa para lograr consumir incluso sabiendo que estabais mintiendo?, ¿pensáis que si lo dejáis durante x tiempo llegará un momento en que podáis seguir consumiendo de forma más “light”?, ¿no os planteáis el “consumo cero” como opción y pensáis que podéis controlar sin llegar a volver a depender de la droga?, ¿sentís que podéis llegar a hacer (casi) cualquier cosa por conseguir dinero?, ¿os negáis a borrar el número de tu(s) camello(s) “por si acaso…”?, ¿no contempláis desprenderos de vuestra tarjeta de crédito y DNI para no tener opción a sacar dinero del banco?, ¿no estáis dispuestas a dejar de relacionaros con otras consumidoras?, ¿habéis llegado a discutir duramente con familiares y/o amigas por el consumo? Podría seguir… y lo sabéis. Lo que sucede es que actúas y hablas como adicta y haces y dices cosas que no dirías si no tuvieras en mente el consumo. Y luego… te arrepientes, te sientes culpable, tratas mal a personas queridas… Un asco.

Repito de nuevo: no pretendo en absoluto convencer a nadie de que no se drogue. Únicamente he querido compartir un trocito de mi experiencia, a saber, el punto de inflexión del auto-reconocimiento como adicta. Espero que alguna persona encuentre algo de ayuda en esta publicación. Pues la adicción es un infierno y la salida de ella es otro infierno (no sé cuál es peor pero sé que no quiero volver a pasar por ello). Y si no os sirve lo que leéis pero pensáis que mi experiencia puede ayudaros, escribidme a través de la página de contacto y podemos hablar de algo más concreto. Tengáis o no la intención de dejarlo, compartir experiencias sobre adicción no está de más. O si os gustaría que escribiera una entrada sobre algún aspecto más concreto, podéis también comentármelo.

Yo soy adicta. He sido adicta en el pasado y lo seguiré siendo en el futuro. Y solo asumiendo esto puedo cambiar mi relación con la droga. El objetivo es domesticar la faceta adicta.

 



Categorías:Auto-reflexión, Narraciones

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9 respuestas

  1. Tu si que lo entiendes! Bajo la influencia he redactado mis mejores obras

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  2. Muy buenas….leerte me ha ayudado a sentirme identificada con partes de tu escrito….tu reflejo hecho palabra me impactó y agradezco le hayas echao narices pá escribir sobre ello.
    Seguiré leyéndote en otro momento, q ya se me cierran los ojos.
    Por aquí estoy, compañera ;-))

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  3. Los caminos de regreso de esos lugares son duros, con fácil desorientación, cansancio extremo, desánimo, frustración, pérdida absoluta de la esperanza… A menudo hay momentos en los que no se puede hacer nada salvo aguantar y esperar. El tiempo se detiene, te hundes más… No ves la salida.

    Pero aquí estás, escríbiendo de nuevo. Se nota tu voluntad y tu trabajo. Me parece entrever una contradición que conozco muy bien: tener que abandonar el deseo de algo para poder alcanzarlo. Lo primero es lo primero y suele ser necesidad aceptar la situación para poder salir adelante, muchas veces por vías distintas a descubrir.

    Sea lo que sea, esperemos que sea lo mejor.

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  4. Pues a mí como “no adicta“ sí me queda y me entra en el corazón, de algún modo como dices,ya que no soy adicta a esa droga en concreto pero sí a otras. Y si te leo (en la medida que puedo) es porque pienso que la voz de aquellos a los que quieren callar, los locos, son los que más tienen que decir y más tenemos que escuchar! Gracias por tu valor, yo no lo tengo ni para abrir un blog.
    Aquí una loca muy consciente de serlo y, consecuentemente, disfrutarlo!

    Saludos, volveré y espero verte 😉

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    • Muchas gracias Estela!!

      Quiero agradecerte lo que me dices y unirme a eso de que las locas son quienes más tienen que decir.

      Pero también necesito aclarar que no es valor. Porque no me cuesta hablar de esto. Valor para mí es poder hablar por teléfono.

      De nuevo gracias y si quieres comentar algo otro día, incluso como crítica, bienvenida serás.

      Abrazos.

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