Activismo loco e institución psiquiátrica: ¿dentro o fuera?

Desde hace un tiempo circula un bonito discurso sobre las (supuestamente) necesarias alianzas entre los profesionales de la salud mental y las personas psiquiatrizadas. Se sostiene que dentro de las instituciones del sistema psiquiátrico existen profesionales que están “de nuestro lado” y necesitamos una alianza con ellos para conseguir una transformación. La lógica aplicada es que cuantas más alianzas y uniones entre distintas personas, mucho mejor. Todo será más sencillo, porque estamos en la misma lucha y perseguimos los mismos objetivos. Este discurso resulta persuasivo, sobre todo cuando llega el punto en el que se insiste en que la división entre profesionales “aliados” y personas psiquiatrizadas resulta necesaria. Ya sabéis, cuantos más, mejor; dividir perjudica a las luchas, y demás lugares comunes en el discurso.

Lo problemático no es meramente el discurso en sí, sino que quienes lo reproducen con mayor énfasis son personas psiquiatrizadas. ¿Pero qué trastornadas persiguen y defienden la alianza con las instituciones y los profesionales “aliados”? ¿Os lo imagináis? Son aquellas que están ya dentro de las instituciones. Personas que han elegido la institucionalización del activismo. Y, como suele ocurrir en todos los ámbitos, los motivos de esta elección tienen que ver con intereses personales: charlas pagadas, puestos ocupacionales dentro de las instituciones, etc.

Esta posición parece razonable, convincente y cualquiera que lea esto se preguntará: ¿y qué problema hay?, ¿no será mejor contar con personas dentro de las instituciones como aliadas?, ¿por qué no aceptar que “cuantos más mejor”? Vamos por partes…

1.Psiquiatría como estructura de poder

El sistema psiquiátrico y, por ende, las instituciones que lo encarnan, deberían entenderse desde una perspectiva de poder y no como una disciplina médica más. Muchos autores han insistido en el carácter opresivo de la Psiquiatría. En lugar de creer la imagen neutral de esta pseudociencia (y pseudomedicina), deberíamos plantearnos la estructura de opresión que (re)produce.

EsquemaPsiquiatría

 La relación de poder implica la existencia de dos posiciones incompatibles: los opresores y los oprimidos. Identificarlas es el punto de partida para empezar a comprender las limitaciones de lo que algunos denominan “activismo profesional”. Nadie duda de quién juega el rol de opresor y el de oprimido en otras estructuras de poder: trabajador/capitalista, mujeres/hombres, ciudadanos/políticos, negros/blancos, etc. Sin embargo, todavía resulta difícil reconocer las posiciones de poder en la Psiquiatría. Algo razonable, ya que no se suele considerar como una estructura de dominación.

Y, sin embargo, lo es. ¡Y no porque lo diga yo! Existe una extensa bibliografía que apoya esta visión: desde filósofos como Foucault hasta psiquiatras en las filas de la antipsiquiatría como Basaglia. Desde esta óptica, espero que resulte claro que los locos o los psiquiatrizados son los oprimidos y los profesionales de la salud mental son los opresores. Y esto es así con independencia de la buena voluntad de los psiquiatras y de la incorporación un discurso neutral por parte de los psiquiatrizados. La práctica, la vida social, está plagada de contradicciones y de falsas apariencias que no invalidan la tesis fundamental de que el sistema psiquiátrico constituye una forma de ejercer el poder.

 

2.Derechos humanos vs activismo de clase

Hace tiempo escribí sobre una dicotomía dentro del activismo loco que se puede sintetizar en el clásico “reforma o revolución”: ¿Qué tipo de activismo loco queremos? ¿Defensa de Derechos Humanos o transformación social?. El tema de aquél escrito era cómo lograr la transformación social, y contraponía los dos grandes modelos de activismo para esclarecer la cuestión de una forma muy simplificada. Reproduzco a continuación una extensa cita de dicho escrito, ya que me parece una pieza clave a tener en cuenta para pensar en la institucionalización del activismo:

¿Por qué las personas tienden a identificarse cada vez menos como miembros de la clase trabajadora?, ¿y, a la vez, crece el discurso ciudadanista? Obviamente, no puedo detenerme en estas cuestiones. Simplemente las lanzo de modo retórico para indicar la tendencia ciudadanista que existe actualmente (tanto en discursos políticos, como en movimientos sociales, o en las charlas cotidianas entre amigos, compañeros de trabajo, familiares…). Parece que el discurso ciudadanista, el reivindicar ser “ciudadano” ante todo, ha pasado a formar parte del sentido común. Me atrevo a decir que la “ciudadanía” se ha convertido en un concepto político hegemónico.

Para que algún sistema de pensamiento llegue a ser dominante, requiere la articulación de conceptos fundamentales que se arraiguen tan profundamente en entendimientos de sentido común que lleguen a ser tomados por dados e indiscutibles. (David Harvey, “El neoliberalismo como destrucción creativa“).

¿Es que importa tanto posicionarse como “trabajador” o como “ciudadano”? En mi opinión, sí lo es. Implica un desplazamiento. De un discurso centrado en el conflicto social entre clases que es estructural al capitalismo hacia una perspectiva que neutraliza ese conflicto estructural. Desde luego, los “ciudadanos” también se movilizan, luchan y reivindican derechos de índole política. Así como denuncian desigualdades sociales. No obstante, su inclinación es hacia la defensa de los Servicios Públicos o los Derechos Humanos. En cambio, empecinarse en sostener el conflicto estructural entre clases (trabajadora y capitalista, por si no había quedado explícito) parece algo “obsoleto”, “reduccionista”… Aunque, y dicho sea de paso, algunos teóricos e investigadores llevan un tiempo resucitando a Marx. Pues resulta útil en épocas de crisis, cuando resultan más evidentes los conflictos de clase.

Sintetizando, las reivindicaciones del ciudadano tienden a centrarse en los derechos y, más concretamente, en los Derechos Humanos. La clase trabajadora mantiene como objetivo de lucha el funcionamiento mismo del capitalismo. Desde luego, lo que acabo de decir es una simplificación que no hace justicia a los híbridos, a la ocasional unidad de movilizaciones, etc. A pesar de ello, sirve como esquema básico desde el que partir.

Una esquemática síntesis que me sirve como punto de partida para explicar la cuestión que lleva rondando mi cabeza desde hace días. No conozco bien las tendencias de los diversos activismos en el ámbito de la salud mental. Sin embargo, considero que la lucha ha de dirigirse siempre hacia el cambio social. Personalmente, en el terreno político más amplio, prefiero mantener una posición más orientada a la de clase que a la de ciudadanía. De la misma manera, en el activismo en salud mental apostaría por una perspectiva análoga a la de la clase, y no tanto a la del discurso ciudadanista.

Trato de encontrar conexiones políticas entre la locura y la subjetividad neoliberal (la cordura). Busco en el trastornado la oportunidad de generar una subjetividad distinta, pero con potencial para el cambio social. De ello hablo en La dimensión revolucionaria de la locura. Hace tiempo se me ocurrió, medio en broma, la palabra “trastornariado”. En una publicación de un grupo de facebook, yo escribí el siguiente comentario: “Orgullosa de estar entre el trastornariado”. Generó al menos 14 o 15 reacciones (ya sabéis, likes, corazoncitos, caras divertidas), bastantes más de las habituales. Y yo quedé sorprendida por la buena acogida del comentario.

Estoy convencida de que puede articularse alguna forma de activismo loco con potencial de cambio social. Pero me parece que no existe un discurso político articulado que dirija los esfuerzos hacia ese cambio (pido que los que saben más que yo en esto me corrijan si estoy equivocada). Y, además, considero que la orientación de esa transformación social no puede estar desvinculada del cambio económico. Pero la clase trabajadora dispone de conceptos, de discurso, de ciertas herramientas teóricas. ¿Nosotros, los locos, podemos decir lo mismo? No me da esa sensación… Al menos, no parece que haya sido incorporada. Igual es que no se pretende, que también puede ser.

Más bien parece que la tendencia es la que el sentido común ciudadanista impone. Reivindicaciones de derechos. Sin duda importantes, ¡no lo niego! Pero igualmente destinados a permanecer en la “cómoda” neutralidad de los Derechos Humanos y Servicios Públicos, dejando intacto el conflicto estructural.

Debido a la estructura de dominación de la Psiquiatría, el discurso de Derechos Humanos resulta el más conveniente. Porque es inocuo, porque no posee potencial transformador. Así, es comprensible que el discurso de Derechos Humanos sea incorporado por psiquiatras que, presumiblemente, se suben al barco de la transformación de la Psiquiatría. Igual que aquellas psiquiatrizadas que han sido institucionalizadas de una u otra manera. Asumir ese discurso y presentarlo como una forma de activismo se está extendiendo actualmente de forma considerable. Habría que preguntarse el por qué…

 

3.Cuando las sumas implican restar: ¿cuantos más mejor?

El activismo y discurso en primera persona se encuentra todavía en pañales. Su surgimiento es reciente, no dispone de un discurso unificado y consolidado y su trayectoria política todavía carece de experiencia suficiente para organizar al trastornariado hacia la transformación social. Sin embargo, el  movimiento en primera persona existe. Y resulta bastante molesto para el sistema psiquiátrico. Porque las personas psiquiatrizadas y politizadas quieren conducir ellas mismas el activismo en salud mental. Un activismo hasta hace poco copado por asociaciones de familiares y profesionales, siendo secundarizados los propios afectados. Como si fueran menores de edad, como si no tuvieran capacidad de razonar.

¡Sorpresa! Las locas quieren hablar por sí mismas, defender sus propias reivindicaciones, luchar contra la estructura de dominación. El movimiento en primera persona no es ninguna tontería, supone una potencial amenaza para la Psiquiatría y sus personajes institucionalizados (sean profesionales de la salud mental o sean psiquiatrizados institucionalizados). La amenaza radica en que las locas estamos demandando una transformación social, y no un simple lavado de cara de la Psiquiatría. Y la perspectiva de Derechos Humanos únicamente es capaz de humanizar el trato (y el tratamiento) psiquiátrico. Pero las trastornadas, las que quieren militar en activismo loco, aspiran a algo más: a una transformación social. Las más moderadas se centran en el cambio del sistema psiquiátrico, las más radicales (por ir a la raíz) aspiran a combatir la opresión psiquiátrica a la par que la dominación económico política.

Estamos empezando a descubrir que la verdadera recuperación pasa por la creación de GAM (Grupos de Apoyo Mutuo). Grupos entre iguales regidos por la horizontalidad, la autogestión y la des-psiquiatrización. En contraposición a un modelo de sistema psiquiátrico cuya idea de recuperación parece consistir en producir sujetos competitivos reinsertables en el mercado de trabajo. En reinsertar al paciente en una sociedad capitalista. La recuperación parece sinónimo de reinserción laboral, mientras que la cronificación consiste en sujetos no rentables al sistema. Pensionistas, incapacitados para trabajar. Las locas queremos trabajar, pero también deseamos un modelo social que no nos haga “enfermar” o, más bien, enloquecer. De ahí nuestra apuesta por la autogestión, la conciencia del vínculo entre la locura y la sociedad.

Las personas institucionalizadas tienden a incorporar el discurso de Derechos Humanos y lo presentan como transformador, como revolucionario. Como si humanizar el trato al paciente fuera el objetivo diana de la lucha del trastornariado o del activismo en primera persona. Resulta que no. Desde luego, necesitamos un trato cuidadoso y amable por parte de los trabajadores de las unidades de psiquiatría, ¿cómo vamos a negarnos a una reivindicación tan primaria? La diferencia entre “activismo profesional” y activismo en primera persona es que ellos no van más allá de la humanización de la Psiquiatría mientras que nosotras apuntamos a un cambio radical, una transformación que necesariamente implica la desinstitucionalización de la Psiquiatría. Una modificación de tal envergadura que prácticamente conlleva la desaparición de la propia disciplina. Porque lo que combatimos son las relaciones de poder inherentes a la Psiquiatría.

Por tanto, las voces institucionalizadas están muy interesadas en proclamar el mantra de la necesidad de la alianza entre “profesionales” y “pacientes”. Les interesa hacernos creer que nuestra lucha es la misma cuando no debería ser así. Si consiguen captar psiquiatrizadas y canalizar su movilización mediante la institucionalización de las locas, estas tenderán a desprenderse del carácter radical de su lucha para incorporar el discurso de la humanización y de los Derechos Humanos. Un discurso que neutraliza la radicalidad del movimiento en primera persona. De ahí que ellos insistan en que “cuantos más mejor”, en la necesidad de unir luchas y contar con “aliados” profesionales. Porque es la mejor manera de restar militantes revolucionarias, psiquiatrizadas en lucha. Y así frenar la amenaza del movimiento en primera persona. Que en modo alguno puede practicarse desde la institución.

La humanización del sistema psiquiátrico mediante el discurso de los Derechos Humanos tiene una función mistificadora. Oculta las contradicciones estructurales que conlleva la opresión psiquiátrica.

la sociedad llamada del bienestar y la abundancia ha descubierto que no puede  mostrar abiertamente su rostro de violencia sin ocasionar en el seno de sí misma el nacimiento de unas contradicciones demasiado evidentes, que terminarían por volverse contra ella. Por ello ha encontrado un nuevo sistema: extender la concesión del poder a los técnicos que lo ejercerán en su nombre, y seguirán creando – a través de otras formas de violencia: la violencia técnica-, nuevos excluidos.

La labor de estos intermediarios consistirá, pues en mistificar la violencia a través de la técnica, sin llegar a cambiar por ellos su propia naturaleza, de manera que el objeto de la violencia se adapte a la violencia de que es objeto, sin llegar nunca a tomar conciencia de ello, ni convertirse a su vez en sujeto de violencia real contra el que le violenta. Los nuevos concesionarios tendrían por finalidad extender los límites de la exclusión, descubriendo técnicamente nuevas formas de desviación, consideradas hasta hoy como pertenecientes a la norma.

El nuevo psiquiatra social, el psicoterapeuta, el asistente social, el psicólogo de empresas, el sociólogo industrial (por citar solo algunos), son únicamente los nuevos administradores de la violencia del poder, en la medida en que -suavizando asperezas, disolviendo resistencias, resolviendo conflictos engendrados por las instituciones-, se limitan a permitir, mediante su acción técnica aparentemente reparadora y no violenta, la perpetuación de la violencia global. Su tarea -que se denomina terapéutica orientadora-, consiste en preparar a los individuos para que acepten sus condiciones de objetos de violencia, dando por sentado que, más allá de las diversas modalidades de adaptación que puedan elegir, ser objeto de violencia es la única realidad que les está permitido.  (Basaglia, La institución negada).

La relación terapéutica ¿no actúa -de hecho- como una nueva violencia, como una relación política tendiente a la integración, desde el momento en que el psiquiatra -representante de la sociedad- tiene la misión de cuidar a los enfermos mediante actos terapéuticos cuya única significación es ayudarles a adaptarse a su condición de “objeto de violencia”? (Basaglia, La institución negada).



Categorías:Reflexión política

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8 respuestas

  1. Cada vez que te leo me da una alivio y una alegria que escribas…dan ganas de abrazarte para agradecerte por estos textos!!!!

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  2. No deberías citar a Basaglia, bajo ninguna circunstancia.

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  3. muy bien! me ha gustado mucho!

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  4. La política es el arte de lo posible.
    Si nos ponemos estupendos como haces tu,, que ademas haaces un análisis muy bueno desde el punto de vista intelectual, nos perdemos en teorías maaravillosas qur a la hora de la verdad no nos sirven para mucho.
    Los cambios son lentos.
    Debe ser así para que dean duraderos.
    Asi purs, te doy toda la razon teórica, pero
    en la práctica me inclino por la reducción de daños. Es lo que tenemos/tenéis más a mano.
    Marisa.

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    • Las teorías que dices que no sirven para mucho… son la base de una organización con objetivos claros. Siempre la realidad obliga a repensar la teoría, pero la teoría sirve para guiar la práctica.
      Creo que es necesario… Nunca siendo tan ingenuas como para creer que la práctica va a encarnar la teoría tal cual. Pero es necesaria esa base teórica si se pretende fundamentar sólidamente una posición política. Aunque solo sea para reflexionar y ser conscientes de qué implica una u otra perapectiva política.
      Si prescindimos de teorías… ¿quemamos los libros de grandes pensadores como Foucault?

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  5. Muy bueno el texto. Me recuerda al libro “Ciudadanismo” de Manuel Delgado, justo habla sobre el paso de la lucha de clases de masas a los activismos ciudadanos de colectivos y esa intención de neutralización.
    Saludos desde México.

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