Entre el ser y el no ser: un minuto en un box de Urgencias

Mi madre y mi padre se agarran con fuerza la mano. Me miran. Sus ojos silencian un llanto contenido. Su agridulce sonrisa expresa temor y esperanza. Mis padres. El recuerdo visual de los pocos segundos en los que recobré la conciencia en el box de Urgencias. Antes y después de esa imagen permanecí semi-inconsciente.

Antes de ver a mis padres, un médico no dejaba de gritarme con una dureza que parecía gratuita. “¡Adriana!, ¡Adriana!, ¡No te duermas!”. Sentía que me estaba regañando por no lograr traspasar correctamente la barrera entre la consciencia y la inconsciencia. Quería hablar, pero mi boca no acataba las órdenes de mi deseo. Quería ver, pero mis párpados pesaban toneladas. Quería contestar al médico gritón, levantarme y demostrar que no había motivo para su regañina. Pero mi cuerpo parecía pegado a la camilla, ni siquiera podía hacer esfuerzo para moverme. No sentía mi cuerpo. Únicamente escuchaba.

Percibía un ambiente alborotado, con médicos y enfermeras merodeando un espacio que de momento solo existía en mis oídos, ni siquiera llegaba a mi imaginación. Escuché la voz de dos mujeres hablando de una arritmia. ¿La de la arritmia era yo? Más y más gritos del doctor. Alguien dijo que estaban calentando mi cuerpo para evitar una hipotermia. El ruido de la salita se asemejaba al de un mercado, pero en lugar de pescados o carnes se hablaba de ritmo cardíaco o analíticas. Sabía por qué estaba allí pero no entendía cómo estaba allí.

Una fuerza que pretendía hundirme en la inconsciencia peleaba contra otra fuerza que apostaba por la consciencia. Yo no estaba segura de qué parte prefería que venciera. La inercia de mi mente me llevaba a la nada, al vacío. Los gritos del médico tiraban de mí hacia el ser, hacia la vida. “¡Adriana, despierta!, ¡no puedes dormirte!, ¡Adriana!”. Creo que la rabia que me provocaba aquella regañina hizo que pudiera abrir los ojos. Y por unos segundos palpé con la vista aquél lugar. No pude fijarme demasiado en la sala. Mis padres estaban en primer plano, observándome, diciéndome cosas que oía pero no entendía. Fue un regalo que ellos estuvieran a mi lado los únicos segundos que recuperé el sentido de la vista. Me alegraba de que estuvieran a mi lado. Pero me sentía fracasada por haber acabado en Urgencias. ¿Debía sentirme culpable?, ¿triste?, ¿alegre? ¿Acaso se suponía que tenía que sentir algo? La presencia y la mirada de mis padres me lanzaban diversos mensajes. Culpable, por haber tratado de matarme. Alegre, por no haber conseguido materializarlo. Triste, por lo que mis padres estaban sufriendo.

No. Ni culpabilidad, ni alegría, ni tristeza. Creo, o quiero creer, que sonreí a mis padres. Y que ellos supieron leer en mis ojos lo que mi boca no era capaz de articular en palabras. De repente, la invisible cuerda que tiraba de mí hacia la inconsciencia me privó de nuevo de la visión. Escuché que les decían que no podían estar más tiempo ahí.

Tras marcharse mis padres, mis oídos comenzaron a disminuir paulatinamente el volumen de los gritos del médico. Mi mente fue quedándose en blanco. Mi cuerpo abandonó la lucha hacia el ser. Me sumergí en el extraño sueño de la inconsciencia, que está desierto de imágenes y su duración es indefinida.

Ahogada en el vacío.

La vida en stand by.

Experimentar la nada.

La insoportable levedad del no-ser.



Categorías:Relatos

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