¿Mi trastorno? Se etiqueta como TLP, tú llámalo como quieras, yo no entiendo nada

Hace unos cuantos meses, una buena amiga (y excepcional persona) padeció un episodio disociativo (concretamente, una despersonalización) en el Hospital de Día. Mientras otras personas hablan durante una sesión grupal, veo cómo su cara se transforma totalmente. El inmenso saber, su buena argumentación, la ironía de su humor y la luz que desprende se evaporan en un instante. En silencio, por su mirada y su expresión entiendo que se acaba de convertir en una niña perdida en un lugar percibido como extraño, donde no reconoce a (casi) nadie y no sabe de qué habla. Yo sé que se está despersonalizando, no solo porque somos ya más que conocidas, sino porque ya he visto esa mutación facial en alguna ocasión anterior. Mira sorprendida en varias direcciones, imagino que buscando alguna pista que alivie su sensación de inseguridad y desorientación. Hasta que la entrenada mirada de una de las terapeutas se da cuenta e interrumpe la terapia para confirmar lo que yo también sabía. Inicialmente, mi amiga recibe como un rescate la sugerencia de salir de la sala. Pero cuando se levanta el MIR que se dispone a acompañarle en su salida, se muestra temerosa. Como niña advertida del peligro de irse con extraños, se niega tímidamente: “Es que no le conozco…” (su voz también se vuelve aniñada). Finalmente sale con el joven psiquiatra, quien sabe perfectamente cómo manejar la situación y hacerle sentir cómoda.

En la siguiente sesión, las terapeutas ocupacionales proponen trabajar sobre la “identidad”. Primero identificamos colectivamente los diversos componentes que la configuran, para después reconstruirlas individualmente. Mi amiga, todavía disociada, entra en la sala con una de las terapeutas. Le pregunta si reconoce a los que estamos allí dentro. Mira por encima y niega con la cabeza (“Solo a ti”, dirigiéndose a la terapeuta). Al instante me mira y una sonrisa ilumina de forma preciosa su rostro: “¡Y a ella!”. “¿A nadie más?”, ella niega. Así que se sienta a mi lado. ¡Estoy tan feliz de que me haya reconocido a mí! No es que yo sea especial entre los pacientes. Es que nuestra relación no empezó en el Hospital de Día, sino que coincidimos en mi último ingreso en Psiquiatría (en febrero-marzo de 2017). Allí pudimos hablar mucho. Además, fue mi compañera de habitación durante mis últimos días. Y, como ella misma  ha comentado entre risas otras veces: “¡Cómo une compartir cuarto de baño!”. Conozco muchos detalles de su vida, sé cómo es ella, sus gustos, nombres de sus familiares y de su mascota… incluso la ideología política de uno de sus hermanos. Con todo esto, le ayudo a realizar el ejercicio sobre nuestra identidad. “¿Te acuerdas de que tienes esta mascota?”. Una chispa de memoria en su cerebro, un “¡Síiiiiiiiii!” con una ilusión que parece desproporcionada. Pero no recuerda el nombre, así que deja un espacio en blanco donde escribe lo que le ayudo a recordar. Se me ocurre preguntarle si sabe quién soy yo. La respuesta me descuadró totalmente: “No sé exactamente quién eres, ni de qué te conozco. Pero sé que te conozco y que no vas a hacerme daño”. Reconozco que me entristeció un poquito, pero lo olvidé enseguida al tener que acompañarla al servicio del Hospital porque no sabía dónde estaba (a tres metros aproximadamente… como si te pierdes en tu casa).

Siempre falto a terapia ocupacional. Antes de que mi amiga entrara, me preguntaba fastidiada “¿por qué me habré quedado justo hoy?”. Me encanta señalar las múltiples dimensiones de la identidad y, como antropóloga, me fascina el tema de la construcción de subjetividad(es). Y menos mal que, al ayudar a mi amiga a reconstruir su identidad disociada, me escaqueo de hacer lo propio conmigo. Porque me angustia tremendamente pensar sobre mí, sobre mi “identidad” y sus ramificaciones. Porque este asunto es, precisamente, el que más me inmoviliza, me bloquea, menos sé explicar… Y el que no alcanzan a ver ni saben tratar mis terapeutas. Mi “patología estructural”, diría yo. Y nadie se da cuenta, y yo no sé cómo verbalizarlo. Es más, solo después de irme del Hospital de Día pude empezar a entenderlo, a ponerle palabras. Leyendo por mi cuenta, desesperada por la impotencia terapéutica de aquellos a quienes había tenido en tan alta estima. Entonces me daría cuenta de que me pasaba lo mismo que le pasa a mi amiga cuando se disocia. Desde luego, a diferente nivel (que no menos problemático), camuflado, invisible bajo una piel que representa normalidad. Siento la misma angustia, desorientación, inseguridad y desprotección que mi amiga. Aunque no episódicamente, sino crónicamente. Menos efectista pero no menos real. Incomprensible completamente si no estás dentro de mí, si no sientes como yo. Inefable… hasta que por fin topé con varios textos en los que me leía a mí misma. ¡Por fin podía verbalizar mi angustia estructural! Gracias Dolores Mosquera, experta de referencia en TLP (Trastorno Límite de Personalidad). Tiene gracia: ese es precisamente “mi trastorno”.

¿Cómo es que tiene que ser así? Identificar con claridad y entender mi “síntoma estrella”  por mi cuenta, por mis propios medios, sin terapia. Después de 20-21 meses recibiendo tratamiento terapéutico diario (individual y grupal) de lunes a viernes en un Hospital de Día. Tratamiento con un pésimo final, absolutamente atípico, abrupto, desagradable, y siendo yo considerada como “inabordable”. Tal como auguraba, sin haberlo leído en ese momento, la obra maestra que desarrolla la teoría que me explica, que me entiende, que deben conocer ellos y no ser descubierta por mí. Sí, yo pertenecía a ese grupo de pacientes que describe el libro en la primera página, aquellos que “No es de extrañar que [estos pacientes] hayan visto a varios terapeutas con escasos resultados o ninguno, y que no pocos hayan sido tachados de intratables o de resistentes”. (Van der Hart, Nijenhuis, Steele. El Yo atormentado. La disociación estructural y el tratamiento de la traumatización crónica). No di con este libro al azar, sino gracias a un crucial artículo de Mosquera, González y el propio Van der Hart (“Trastorno límite de personalidad, trauma en la infancia y disociación estructural de la personalidad”).  Que completa lo que había aprendido del libro “estrella” de Dolores, Diamantes en bruto (I).

¡Disociación estructural de la personalidad! Mi sentimiento de vacío, mi angustia, mi vértigo existencial, mi desorientación vital… en definitiva, mi gran problema: la identidad. No sé cómo soy, quién soy, qué me gustaría ser, cómo moverme en el mundo… en el mundo “de los mayores”. Soy una niña cuyo proceso de individuación fue interrumpido. Sé que es difícil de entender, que no lo parece desde fuera (ni a los más cercanos). Porque he llegado a ser cosas y a hacer cosas: he sido buena estudiante, he sacado buenas notas, tengo dos licenciaturas, un máster y un contrato predoctoral por el que me pagan por realizar mi tesis doctoral en Antropología. Todo ello no significa que yo haya sabido qué quería. Siempre había dicho que mi trayectoria vital es inercial, como si no hubiera sido decidida por mí. Claro, yo he decidido emprender y continuar ese camino que finalmente apuntaba a la profesión de docente e investigadora universitaria (mi contrato es FPU: Formación de Profesorado Universitario). De acuerdo, ¡lo reconozco, señores terapeutas!, ¡tengo agencia y he tomado yo las decisiones! La clave para poder ayudarme, si me permitís un ligero inciso, es aprender a reparar y detenerse en el “como si no hubiera decidido por mí”. En trabajar lo que se pasó por alto: lo que yo vivía extrañada como inercial. Y solo pude nombrar así en aquél momento, ya que carecía de otras palabras que expresaran mejor mi problema. Así que sí, fue mi culpa: no tenía entonces un conocimiento más profundo sobre TLP, desconocía la disociación estructural de la personalidad… No tenía manera de explicar mi gran problema. Por tanto, no era importante… Mejor trabajar sobre otros problemillas que los señores terapeutas son capaces de “abordar”. Y reconozco que me han ayudado a identificarlos y, con ello, a sembrar la predisposición para cambiarlos. Sí… un repasito rápido:

• Un jaleo emocional que ni te cuento:

-Problemas para identificar algunas de mis emociones (sí, sí… ¡ya hablaremos de esto!). Lo que a veces se transforma en síntomas físicos (dolor de cabeza, náuseas, palpitaciones….). Y relacionado con ello:

Disociación entre razón y emoción. No de forma absoluta (menos mal…), sino en ciertos asuntos. Varios…

-Parece ser que tiendo a reconocer únicamente emociones que son muy intensas (positivas o negativas).

-Soy insensible para algunas cosas que deberían generarme emociones (muertes o enfermedades de familiares, mis propios intentos de suicidio, ruptura de pareja…), pero hipersensible ante “tonterías” (tener ganas de morirme por “poder” terminar de pintar un mueble, porque alguien importante anula una quedada que no es especialmente significativa…).

Inestabilidad emocional. Como decía mi ex: paso de cero a cien en un segundo. O como me recuerda mi madre: un martes llegabas contentísima porque el viernes ibas a quedar con no sé quién(es) y el viernes no salías porque “no te apetecía” (=no estaba bien).

-Y, como “buena TLP”, no tolero bien la frustración y en ocasiones me resulta complicado regular mis emociones. Los intentos de suicidio, las autolesiones (cortes), el consumo de tóxicos, alguna que otra nefasta explosión iracunda… Todas estas virtudes tienen mucho que ver con eso. Pensadlas como intentos de regular emociones que me desbordan. Yo misma sé que no son los modos más adecuados ni más sanos, ¡pero todavía tengo que aprender los buenos! ¿Sabéis cómo lo habéis aprendido vosotros? Pues eso… yo tengo que esforzarme por aprender lo que la mayoría de las personas desarrollaron sin darse cuenta.

-La sensación de vacío es una constante en mi vida: viene y va, siempre late pero nunca desaparece. Opino que se relaciona con “mi gran problema” (identitario), pero en todo caso es una pesadilla emocional que solo deseo a los “burócratas del malestar ajeno”, para que sufran en su propia carne lo que su (des)atención tiene entre manos.

• Con tanto batiburrillo emocional, ¿cómo no voy a tener lío con las mentes ajenas? Me da guerra no saber qué piensan o sienten “otros” cuando no sé interpretar su expresión facial. Como no soporto esa opacidad, yo construyo la transparencia… por supuesto, a mi manera: siempre suelo creer que esas personas piensan algo negativo de mí (que he dicho una tontería, que soy fea…) o no sienten “en positivo” conmigo (se aburren, no les intereso…). No es curiosidad. Esto me ha llegado a generar tanta ansiedad con el coordinador de las terapias grupales, que opté por sentarme estratégicamente en lugares que “impidieran” observarnos (por ejemplo, en paralelo a él, con algún compañero entremedias).

• Generalmente, soy sociable y extrovertida (aunque, como muchas personas no trastornadas, puedo ser lo opuesto en función del contexto social). Pero “no sé” mantener relaciones interpersonales a lo largo del tiempo. He conocido a bastantes personas, me he movido en diversos grupos (¡algunos muy distintos!)… pero nunca he sido capaz de consolidar las amistades. He pasado de períodos hipersociables a otros de casi total aislamiento y evitación social (construyendo “burbujas de seguridad”; ¡ya os hablaré mis “maravillosas” burbujas, mis escudos contra el mundo). Por suerte y para sorpresa mía, algunas personas con las que me relacioné guardan buen recuerdo de mí, incluso querrían retomar el contacto conmigo. En el 2018 me he reencontrado con personas a las que no veía (incluso ni hablaba) desde hace 8, 9, 10 años… El por qué de esta incapacidad se debe a que solo sé mantener (vivas) relaciones “intensas” (con mucha intimidad, de trato muy frecuente). No sé disfrutar de relaciones más superficiales y distantes. Combinado con mi inestabilidad emocional, el resultado es la soledad o la reducción de mi vida social a mi pareja (también mi familia, aunque con importantes matices).

• Las situaciones que no controlo me suelen generan ansiedad o malestar. No imagináis cuánto tiempo me llevó identificar y entender esto… No significa que sea una mandona. Sino que, por ejemplo, desistí de “esforzarme” por quedar con las amistades de mi ex-pareja porque nunca me podía asegurar cuántas personas ni quiénes en concreto iban a acudir.

• Como bromeaba un día uno de mis psiquiatras: “Eres un poquito de todo o nada”. Blanco o negro. Pensamiento dicotómico, como lo denominan los más refinados. También me pasa a veces con las personas, aunque solo con algunas (no sé cómo va esto todavía…): las sitúo en extremos, dependiendo del momento (de mi estado de ánimo, de su comportamiento conmigo… ¡vete a saber!). Amor/odio, estima/desestima, aprecio/desprecio, apego/desapego. El ejemplo más reciente, y por no meter más personajes en el cuento: el susodicho psiquiatra (el de la carta de suicidio). Días, semanas de idealización (admiración, alta estima…) daban luego paso a otros tantos días y semanas de devaluación (rechazo, enfado…). Y vuelta a empezar. ¡Y a veces ambas a la vez!

• Miedo e intolerancia a la soledad y al rechazo. Que sí, que a todos os pasa… Me ahorro ya la explicación entre tu forma “sana” de conllevar el miedo a la soledad y mi forma “patológica” de sobrevivir a ella. Sí, nos da miedo lo mismo. ¿Cuántas veces has acabado tú en Urgencias o en la UCI?, ¿o con cortes en los brazos? ¿Está clara la diferencia? A quien no la entienda, que vuelva a leer arriba lo del problema para regular las emociones. O que me lo diga e intentaré explicarme mejor (no es ironía, quiero que se entienda de verdad).

• Amnesias “significativas” (ahora puedo, con rigor, llamarlas amnesias disociativas). Un ejemplo como otro cualquiera: no recordar que a los catorce años me intenté tirar por la ventana, teniendo mi padre que impedirlo e inmovilizarme en el suelo. O, uno menos trágico, no recordar haber insultado a mi (por aquél entonces) pareja en un ataque de ira que terminó en Urgencias por los cortes que me hice en la mano al romper el cristal de la puerta de mi cocina. Un mensaje para mis seres queridos: ¡estas cosas ya no me pasan!, no os preocupéis. Tengo bastante controlado eso que me dicen que también me caracteriza:

• Impulsividad. Yo no me veía muy impulsiva, pero he de reconocer que algo hay…

Podría mencionar alguna limitación más, pero prefiero no extenderme más. Sé que mucha gente padece de “fobia” a los textos largos… Por cierto, esta sí me parece digna de un diagnóstico “psi”. Si yo hiciera los manuales diagnósticos (tipo DSM o CIE), identificaría primero el “síntoma social” (aceleración de la vida cotidiana, preferencia de lo pasivo-visual a lo activo-lectura, priorización del ocio-satisfacción personal sobre lo político-bienestar social, tendencia a la individualización y dispersión social frente a la menguante politización y cohesión social), después rastrearía los “síntomas individuales” (por ejemplo, fobia a leer escritos extensos) y, en mi idealizado manual, “des-psiquiatrizaría” el tratamiento con una explicación social (económico política, sociológica, antropológica…) de la patología. Luego añadiría el imprescindible reconocimiento a la “probable influencia de factores genéticos y ambientales” que la investigación científica todavía no ha podido demostrar, pero que ya existe el psicofármaco con el que combatirlo. Está en tu mano: ¿medicación o politización?

Me gustaría continuar mi explicación sobre “mi gran problema”, pero no quiero porque no he querido minimizar todos los problemas que los señores terapeutas me han ayudado a reconocer. ¡Muchas gracias!

 ¿PERO AHORA QUÉ HAGO CON MI GRAN PROBLEMA?

El que la lectura de la ejemplar terapeuta Dolores Mosquera, principalmente, me ha ayudado a entender. Esa que mi último psiquiatra no quiso que yo leyera. Esa cuya lectura, le comenté ilusionada, me estaba ayudando por fin a entender mi “problema estructural”. Por lo que él consideró “sin mediar explicación por mi parte” que yo me había SOBREIDENTIFICADO. ¡Si leyera las cosas que yo escribía a los 18-20 años!, ¡si me hubiera dejado convencerle de su error! Yo ya estaba seleccionando fragmentos de esos escritos para ayudarle a entenderme… a gritarle por escrito mediante esa recopilación: ¡que no me sobreidentifico!, ¡que por fin alguien quiere entenderme! Menos mal que me fui de allí antes de darme cuenta de que su interés en entenderme y ayudarme era “escaso”, rayando la incompetencia. ¿Negligencia…? Espero que alguna respuesta sincera por su parte, si esto le llega, me quite esta idea de la cabeza: por favor, una respuesta… Solo pido eso.

Gracias por la parcial ayuda, terapeutas. Abrió el camino, a pesar del desenlace.

Muchísimas gracias a los que habéis leído hasta aquí, esquivando la mencionada fobia.

Y un infinito agradecimiento a Dolores Mosquera: eres imprescindible. ¿Lo sabes?



Categorías:Auto-reflexión, Narraciones

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4 respuestas

  1. Mola mazo tu exploración del continuo locura cordura de “ser” TLP, MEDICACIÓN O POLITIZACIÓN NO HACE FALTA RESPONDER NO . SALUD

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    • Gracias, me alegro de que te guste. Dices que no hace falta responder, pero ya sabes lo que es más fácil en la realidad. Y lo que cuesta escoger otro camino. Aunque a veces no tienen por qué excluirse (algunos hemos llegado a un punto que… la medicación… “no vienr mal”). Un abrazo y gracias por tu comentario.

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