Un modo de traumatización vinculado a un abuso sexual infantil

Como “usuaria” del sistema de salud mental, he podido ver una clara relación entre el abuso sexual infantil y los trastornos psíquicos. No me hace falta echar mano de estadísticas. En el Hospital de Día, donde la mayoría de pacientes éramos mujeres (¿casualidad?), las historias de vida frecuentemente referían algún tipo de abuso en la infancia. Al margen de este denominador común, hay una variedad de vivencias, sentimientos y posicionamientos frente al propio abuso. No solo es que los abusos sean de distinto tipo (en función del nivel de agresividad, las edades de víctima-abusador, la duración temporal…), sino que no todas son capaces de hablar de ello en público. Y no siempre se vive como un hecho doloroso o como fuente de sufrimiento. Este es mi caso. Sin embargo, como trataré de explicar en este escrito, eso no significa que no opere como un evento traumático en mi vida. He dedicado tiempo a analizarlo, y me gustaría compartir con vosotras la manera particular en la que mi caso concreto ha influido en mi “trastorno”.

Antes de hablar de mi caso, me gustaría realizar dos menciones. Porque el abuso sexual infantil se encuentra todavía muy invisibilizado. De ahí que merezca la pena el reconocimiento de quienes se encargan de arrojar luz, ya sea como víctima, ya sea como terapeuta:

  • Ámbar IL. Activa en facebook y con página web. No solo visibiliza continuamente su abuso en primera persona. También señala los intereses que existen en la invisibilización de los abusos. Establece una relación entre los abusos infantiles y la trama de la prostitución (este artículo habla de ello).
  • Javier Erro (psicólogo). Contribuye a esclarecer varios mecanismos de invisibilización con su artículo “Guardar el secreto. Abuso sexual infantil y Salud mental” (se puede leer aquí). Es un texto recomendable para cualquier lector. Pero, especialmente por lo que les concierne, debería ser casi de lectura obligada para cualquier psicoterapeuta que quiera tomarse en serio su trabajo.

Con mi historia pretendo continuar la senda de visibilización que otras han iniciado. Pero también explicar cómo las particularidades de mi caso concreto han condicionado mis limitaciones psíquicas específicas (derivadas en trastorno). Porque considero que el sufrimiento y las dificultades personales (relacionales, emocionales, sociales) de la víctima varían en función de cómo fue el abuso y las circunstancias que lo envolvieron.

Desde que nací, todos los años veraneaba con mi familia: abuelos, tíos, primos, padres y hermano. Habitualmente alquilábamos varios apartamentos en la playa. Sin embargo, en una de nuestras vacaciones nos alojamos en el hotel en el que mi tío trabajaba (en la animación, cada noche veíamos sus “shows”). Aquél verano dormía con mis dos primos, el mayor y su hermana, en una habitación del hotel. Estábamos, por tanto, más aislados que en los apartamentos de otros años. Yo tenía nueve años (casi recién cumplidos) y él trece. Una de las noches se acercó a mi cama. Me tocó y “exploró” mi órgano sexual, se llevó los dedos a la nariz para olerlo, me colocó su pene en mi mano… No quisiera (ni podría) detallar mucho más. Yo me hice la dormida. No fue el único día. El segundo día (y no recuerdo si hubo un tercero, un cuarto…), me coloqué en la cama boca abajo, pero él me dio la vuelta para ponerme boca arriba y volver a maniobrar. De nuevo volví a hacerme la dormida.

Lo que quiero que quede claro es que mi caso es el de un abuso entre dos menores de edad, sin violencia física y sin penetración (que yo recuerde). Sin embargo, no por ello deja de ser un acontecimiento traumático en mi biografía. Y, como tal, me ha regalado sus correspondientes secuelas. Considero que es importante que esto quede claro, que se reconozcan como abusos también estos que parecieran percibirse como más “light” que otros que, en comparación, son evidentemente más brutales. Pero es necesario que se integren en el repertorio categorial de lo que entendemos como abusos infantiles. Porque yo pude ser una persona distinta a la que soy actualmente. Una persona sin Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). Reconozco, sin embargo, que el abuso no es el único factor que influyó en el origen trastorno. Este deriva de la combinación de aquél con un componente genético de impulsividad, así como con un específico modo de socialización familiar y una retroalimentación posterior biográfica. Pero el abuso ha sido definitorio. Intentaré justificar por qué.

Yo, con nueve años, no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. A pesar de que estaba despierta, me hice la dormida porque no sabía qué hacer y temía la reacción por su parte. Sentía una mezcla entre miedo y vergüenza. Pero, principalmente, no sabía cómo debía sentirme ni cómo posicionarme frente a lo que estaba sucediendo. De los primos, él era el mayor y yo la segunda en edad. Él era mi primo, al que todos los sábados veía en las reuniones familiares, y compartíamos muy buenos momentos. Teníamos una relación de primos, una relación normal. No nos llevábamos mal. Yo no sabía qué era el sexo. ¿Cómo podía imaginar que una persona que me quería me estaba haciendo algo malo? Mi confusión era máxima. Pero la mayor confusión estaba aún por llegar… y es esa otra, la segunda confusión, la que más trauma me provocó.

Es un trauma que recibe el nombre de “trauma de apego”. El trauma aquí radica en que yo, después de lo que me había ocurrido, no podía disponer de mis cuidadores principales (mis padres). No podía porque no sabía si estaba bien o mal, si yo tenía la culpa o no, si me iban a regañar o no, si me iban a echar en cara el no haber reaccionado y haberme hecho la dormida. Por tanto, a la situación de confusión emocional vivida durante el propio abuso en sí mismo, se añade posteriormente otro proceso de confusión emocional en torno a las relaciones de apego con mis padres. En torno al hecho de hablar o guardar silencio. Recuerdo con perfecta claridad una imagen de mí misma en el baño en casa de mis padres, dudando si contárselo o no a mi padre, a quien tenía enfrente. Finalmente decidí guardar silencio. El recuerdo quedó en mi memoria como una imagen flotante, no categorizada como abuso durante años (incluso, durante la adolescencia, llegué a olvidarlo). Hasta que hace algunos años resurgió el recuerdo. Pero esta vez, ya adulta y con un criterio claro de aquello que se puede considerar abuso, el recuerdo llegó en forma de pregunta: “¿He sido víctima de abuso?”.

Bueno, pues resulta que sí, he sido abusada. Pero lo que importa, sobre todo, es que he sido traumatizada, “doblemente” aunque a raíz del mismo acontecimiento. Imaginad una niña de nueve años cuya personalidad se está formando y que este proceso se “interrumpe” por un evento traumático. Y que este desencadena una tremenda confusión sobre cómo debe sentirse, sobre qué está bien o mal y no verbaliza esas emociones por la incertidumbre de la reacción de sus padres. Uno de los rasgos del TLP es la dificultad para regular las emociones. Además, uno de mis problemas específicos es que me resulta complicado identificar muchas de mis emociones (lo que se denomina “alexitimia”). De hecho, a menudo necesito que la emoción sea muy intensa para poder sentirla. De lo contrario, es mi cuerpo el que me indica (a través de ansiedad, o cansancio o…. vete tú a saber cómo) que yo “siento” una emoción pero subjetivamente no la estoy viviendo. Es decir, que no registro subjetivamente la emoción aunque mi cuerpo me indica que está ahí, latente. De hecho, cuando se produce una acumulación o sobrecarga emocional, me desbordo.

Otro de los rasgos del TLP consiste en el miedo a la soledad o al abandono. A mis nueve años, mis padres estaban ahí, a mi lado. Físicamente estaban ahí. Pero emocionalmente no estaban disponibles para mí. Yo no lo sentía así. De ahí que me sintiera abandonada, de ahí que el abuso haya contribuido también a convertirme en una persona temerosa frente a la vida en general (me siento como una niña en un mundo de adultos, todavía lo siento así) y frente a la soledad en particular.

Yo cumplo prácticamente todos los criterios diagnósticos del DSM para el TLP. No es cuestión de enumerar aquí uno por uno y establecer el posible vínculo con el abuso. Pero sí me gustaría incidir en algo que, si bien desborda las estrecheces de miras conductuales de los criterios del DSM, marca mi personalidad trastornada. Y que guarda una clara conexión con el abuso.

Padezco lo que se denomina una “disociación estructural de la personalidad”. A excepción del episodio disociativo que me llevó a suicidarme sin darme cuenta con final de UCI en febrero de 2017, no suelo tener episodios disociativos (como el de mi amiga B., uno de los cuales se puede leer al comienzo de esta entrada). Sin embargo, sufro una especie de disociación entre distintas partes de mi personalidad.

Soy una persona aparentemente insensible (indolente) para algunas cosas. Especialmente aquellas que deberían provocarme mayor emoción. Y, en cambio, soy hipersensible para otras cosas que, aparentemente, parecen no tener tanta importancia. Por ejemplo, no fui capaz de sentir dolor ante la muerte de mi abuelo, ni tampoco lo soy ante los cánceres respectivos de dos de mis tíos. Así como tampoco he sufrido la ruptura de ocho años y medio con mi ex-pareja. En cambio, en una ocasión, un amigo iba a venir a mi casa después de comer con sus primos. Me llamó para anularlo porque estaba cansado y necesitaba echarse la siesta. Tardó menos de quince minutos en volver a llamarme para decirme que había cambiado de opinión y que sí vendría. Pero en ese intervalo de tiempo, mi mente había sido invadida por pensamientos intrusivos que me llevaban a querer rajarme la tripa, hacerme daño… Le envié mensajes diciéndole que nuestra amistad se había terminado… Cuando me llamó le advertí de aquellos mensajes, que aún no había leído. Pero él también tiene TLP y decidió hacer caso omiso de los mensajes hasta llegar aquí. Este es solo un ejemplo, pero podría poner muchos otros. También tengo un problema cuando los gestos faciales de algunas personas no me resultan transparentes, cuando no sé interpretarlos. Entonces, tiendo a rellenar sus mentes, porque no soporto su opacidad. Necesito saber lo que piensa y siente la otra persona, ya sea algo bueno o algo malo. En las terapias grupales del Hospital de Día, esto me ha llevado a colocarme estratégicamente en un lugar desde el cual no pueda observar (a no ser que fuerce la postura) al coordinador de la terapia. Porque en muchas ocasiones, su expresión me generaba ansiedad. No entendía, no sabía leer sus gestos, y “leía su mente”, siempre pensando que me consideraba estúpida, que había dicho una tontería o algo por el estilo…

Soy una persona disociada. Pero la mayoría de los psicoterapeutas no están entrenados para percibir mi disociación. Únicamente me han insistido en mi incapacidad para identificar mis emociones, o bien me han señalado mi escisión entre mi razón y mi emoción. Pero no han llegado a “tocar hueso”. No han dado con lo que, considero, es la base fundamental de mi problemática. No es la única, claro está, pero el resto de mis dificultades las he podido trabajar (actualmente no me hago cortes en los brazos, regulo mejor mis emociones, he aprendido cómo funciono en mis relaciones sociales y el arma de doble filo que supone que la intensidad sea mi “alimento” relacional…).

 

UNA APROXIMACIÓN A LA DISOCIACIÓN ESTRUCTURAL DE LA PERSONALIDAD

Finalizo con una cita que considero necesaria extraída del libro El Yo Atormentado, para que se entienda un poco mejor la disociación a la que me refiero. La teoría en sí es mucho más amplia. Invito, sobre todo a los profesionales interesados en ayudar a personas traumatizadas, a que continúen la lectura de esta obra. Aquí dejo únicamente la noción básica de disociación, para abrir boca y cerrar la entrada.

Sin ser consciente de ello, me esforzaba por mantener separados mis dos mundos. Sin saber jamás por qué, me aseguraba siempre que podía de que no hubiera el menor contacto dentro de la compartimentación que yo misma había creado entre la niña de día y la niña de noche. [Marilyn Van Derbur].

la disociación implica una determinada organización de los sistemas psicofísicos que constituyen la personalidad. En nuestra opinión, dicha organización no es arbitraria ni casual, sino que en la traumatización probablemente sigue unas “líneas de fractura” [“fault lines”, en el sentido de grietas, hendiduras, escisiones] evolutivas metafóricas bastante definidas dentro de la estructura de la personalidad. Sobre la base de esta concepción de la personalidad, nos hemos decidido a utilizar la expresión disociación estructural de la personalidad. (…) Las divisiones disociativas no sólo acontecen entre las acciones mentales, tales como la experiencia de distintas sensaciones o afectos, sino que tienen lugar principalmente entre las dos grandes categorías de sistemas psicobiológicos que configuran la personalidad (…). Una de las categorías incluye los sistemas asociados principalmente a la aproximación a estímulos atractivos a la vida cotidiana, tales como la comida y la compañía. La otra categoría de sistemas incluye la evitación o la huida de estímulos aversivos, por ejemplo, diferentes tipos de amenazas. El objetivo de estos sistemas es ayudarnos a distinguir entre las experiencias útiles y las dañinas, y generar las mejores respuestas adaptativas a las circunstancias actuales.

(…)

La falta de coherencia y de integración de la personalidad se manifiesta de la forma más evidente en la alternancia y la coexistencia de la vivencia reiterada de los acontecimientos traumáticos (e.g., la “niña de noche”) y la evitación de los recuerdos de la experiencia traumática con la atención centrada en desenvolverse en la vida cotidiana (e.g., la “niña de día). (…) Esta división constituye la forma elemental de la división estructural de la personalidad. La disociación estructural relacionada con las experiencias traumáticas supone, pues, una deficiencia en la cohesión y la flexibilidad de la estructura de la personalidad (Resch, 2004). Esta deficiencia no significa que la personalidad esté completamente escindida en diferentes “sistemas de ideas y de funciones”, sino más bien que existe una falta de cohesión y de coordinación entre estos sistemas que comprenden la personalidad de la vida traumatizada.

O. Van Der Hart, E. R. S. Nijenhuis y K. Steele, El Yo Atormentado. La disociación estructural y el tratamiento de la traumatización crónica.



Categorías:Auto-reflexión, Narraciones

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1 respuesta

  1. Lo primero muchas gracias por esta entrada, todas las anteriores y el blog en general. Me han gustado mucho todas pero esta es en la primera que me he animado a comentar.

    Yo tuve una de esas experiencias que se pueden considerar light, aunque la inocencia del niño o niña de 9 años es igualmente robada, más o menos brutalmente. Fue solo una tarde, me llevó a un campo en el que hacía tiro al plato, en los caminos me dijo que si quería conducir, ¡claro encantado!, me sube encima y se empalma (o ya lo estaba) y se mueve y entiendo que goza. Yo a mis 9 años disfrutando de la conducción de un camino bacheado pero notando “eso”· que no me cuadra aunque tampoco lo entendía de la forma que lo hice mucho más tarde. Llegamos al sitio y aparca lejos de todos los coches en una cuestita, no recuerdo las palabras ni los tiempos pero me empieza a tocar encima de la ropa y después lo deja al aire y me sigue tocando. Como dices, al no saber qué pasaba y qué podía pasar mi reacción fue cerrar los ojos y quedarme paralizado esperando que acabara y no fuera a más, ahora creo que él lo pudo entender como que me gustaba, a saber qué entendería ese cafre. Al rato pasa alguien cerca del coche se asusta, me tapa, arranca y nos vamos. Vamos a otro sitio más despoblado aún, un trozo campo a través, solos él y yo, sin posibilidad de que alguien nos viera o pudiera pedir ayuda. Ya me había notado en trayecto hasta ahí que estaba espantado y horrorizado. Ahí directamente se sacó su pene erecto y me dijo algo así como: “Mira, esta si que es una buena” (Claro, con 45-50 vas a hacer comparaciones de penes con la de un niño de 9 sin pelo y a 3 o 4 años de la pubertad). El caso es que era una prueba para ver mi reacción e “ir a más” si yo de alguna forma aceptaba o no me parecía mal probar. Mi reacción fue temblar y mirar de frente fijamente con el miedo saliéndome por todas partes. Él como era vecino de confianza de mis padres se echó atrás y volvimos a casa. En la vuelta me repitió varias veces que le dijera a mi madre que habíamos ido no me acuerdo adonde pero dentro de la ciudad y que no tenía nada que ver con el otro sitio. Imagino que para no recordar y que me pudiera hacer más preguntas y yo saltar.

    Aún así siempre digo que lo peor fue lo de los años siguientes. Y luego claro, petar a los 18 con crisis psicóticas y un montón de movidas. Y sí, también habría más razones como beber compulsivamente desde los 13 o currar en un sitio con mucha presión. Pero otras vinieron directamente de tener mi primer encuentro sexual a una edad que no tiene que pasar, con un hombre de 45 años. Las consecuencias son la culpa, el miedo a contarlo o a que no te crean, joder a su mujer y dos hijos que eran (y son) maravillosos, romper la paz del barrio o bloque, que todo el bario supiera que había sido abusado y la jodidísima y tormentosa situación (para un niño de esa edad) de estar debatiéndote entre decirlo o dejar que le pudiera pasar a otros, que tuvo nietos y venían por mi casa, que a mis colegas del barrio les pudiera pasar, que mi cobardía fuera cómplice de futuros abusos. Me intentaba engañar con que como conmigo no fue a más, no lo iba a hacer y a sus nietos por serlo tampoco. También cruzarmele por las escaleras, solo o no, que mis padres siguieran teniendo la misma relación y cuarenta movidas más dando vueltas fuerte a mis 9-13 años, luego nos cambiamos pero ahí había quedado toda la dinamita que estalló poco después. Además entré en la pubertad con esa referencia, lo que me hizo paralizarme al ligar (casi siempre era ligado por las chicas) y miedo a llegar a algo más. Lo que provocó problemas de identidad sexual (parece que es muy común en estos casos). Por ejemplo cuando aprendí más de sexo (eso fue en el 90, lo más que había visto era revistas porno de los mayores del barrio en los descampados o casas abandonadas en las que estábamos) me preguntaba por qué me había empalmado si era un hombre y este tipo de cosas. La verdad que ahora sé (en ese momento también porque me pasaba) que en la época pre-pubertad los niños se empalman a todas horas y con cualquier roce, pero claro, ojalá un DeLorean para ir a explicarle a mi yo del 90 un montón de cosas que cambiarían su (y mi) futuro. O mejor un poco antes para coger un tronco de aquel aparcamiento del campo y abrirle la cabeza a ese animal.

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