Nacer por segunda vez: experiencia autolítica narrada en primera persona

ADVERTENCIA: ESTE TEXTO PUEDE RESULTAR SENSIBLE A CIERTAS PERSONAS, DEBIDO A QUE TRATA EL TEMA DEL SUICIDIO DESDE LA EXPERIENCIA EN PRIMERA PERSONA DE UNA SUPERVIVIENTE.

Decido compartir la experiencia de cómo viví mi intento autolítico del 2016 porque he sobrevivido a ella. Porque la primera vez que la expuse al “público” (vía mi muro personal en facebook), hubo quien me dio las gracias porque ello le había ayudado a comprender mejor a otros seres queridos, o bien para quitarse cierta sensación de culpa que otras personas arrastran (¿y si hubiera hecho esto para impedirlo…?). También quiero narrarla porque forma parte de mis experiencias, como muchas otras. Y contarla, como cuento otro tipo de experiencias, es asimismo un intento de normalizarla. De aligerar el peso que rodea a la palabra “suicidio”.  Soy consciente de que mucha gente no compartirá este punto de vista. Pero sí es el mío. Ahora bien. Es una experiencia más, pero también podría haber sido la última de mi vida. Durante mucho tiempo estuve enfadada porque los médicos se sintieran con derecho a salvarme de mis intentos suicidas. Hoy día celebro estar viva, y celebro poder sobrevivir, aunque no siempre tenga ganas de seguir viviendo. Pero no quiero volver a intentar suicidarme. No quiero hacer más daño a nadie más. Y cada vez me tomo las cosas de otra manera…

Aquí va mi experiencia [repito, no para todos los públicos]:

 

17 de abril de 2016. Domingo por la noche.

Cinco botellines de cerveza, cincuenta y pico pastillas de lorazepam, setenta y pico de fluoxetina, cinco “bolis” de insulina. Grifo de la bañera abierto. Objetivo: muerte por sumersión.

Para lograr morir ahogada, debía asegurarme producirme un estado de inconsciencia tal que reprimiera el instinto natural de salir del agua. Y ese era todo el material que disponía: algo de alcohol para combatir intencionadamente mi capacidad de razonamiento, psicofármacos e insulina (mi pareja de aquél momento era diabética). Era todo el material del que disponía. No estaba segura de la efectividad de la “muerte dulce” que supuestamente produce la intoxicación por insulina. Pero el estado de inconsciencia (“coma diabético”) producido anularía el acto reflejo de salir del agua. Tenía miedo sufrir algún tipo de malestar (físico o psíquico) que precediera a la inconsciencia. De ahí la sobreingesta de psicofármacos (todos los que tenía a mano en aquél momento). Y también, ¿por qué no decirlo?, por si acaso no era suficiente con la insulina.

Había pasado unas cuantas semanas (más bien, meses) buceando por internet leyendo y comparando informaciones diversas sobre distintas maneras de suicidio. Quien haya planificado realmente su muerte sabe que ya solo dos preocupaciones pueden frenar tu objetivo. Una es el sufrimiento previo a la muerte: una desea la muerte pero tiene miedo de que el estado que la precede sea doloroso. La otra preocupación es no lograr tu objetivo y, como añadido, el miedo a posibles secuelas derivadas del intento. No voy a recrearme aquí en las posibilidades que barajé y descarté. El caso es que finalmente me decanté por morir ahogada.

Estuve tomando cerveza durante un rato, pues el efecto del alcohol me envalentonaba aún más para realizar mi plan. Mientras bebía tranquilamente, me estuve escribiendo por whatsapp con mi hermano. Quería disculparme por haber sido tan mala hermana e intentar zanjar al menos una deuda pendiente. No debí haberlo hecho, pues mi hermano creyó durante un tiempo que un factor determinante en mi intento de suicidio fue que él no contestó al último mensaje que le envié. En absoluto fue así; además, tampoco había mucho más que hablar. Si mi se hubiera consumado mi suicidio, él habría convivido con un sentimiento de culpa. Y sé, por escuchar a personas cuyo ser querido realmente consiguió suicidarse, que es realmente complicado despojarse de ese sentimiento de culpa. Por mucho que te digan que no podrías haber hecho nada, resulta difícil evitar convivir con el “¿y si…?”. ¿Y si hubiéramos continuado escribiéndonos mensajes?, ¿habría podido evitar su muerte? Menos mal que estoy viva para explicar a mi (maravilloso) hermano que él no tuvo ninguna influencia ni en mi decisión ni en el intento. Y que, en su caso, él no podría haber evitado mi muerte.

Con los últimos tragos de cerveza ingerí las pastillas, un montoncito a cada trago e intentando hacerlo lo más rápido posible para que sus efectos no me impidieran proceder con el siguiente paso de mi plan. ¡Qué desagradable fue tragar con la cerveza cada montón de pastillas! Fui tan estúpida que no se me ocurrió la alternativa menos desagradable de machacar los psicofármacos y mezclarlos con, por ejemplo, un yogur. A día de hoy, el recuerdo de tomar las pastillas con cerveza todavía me produce nauseas.

Mis investigaciones sobre la insulina en el cuerpo me sirvieron para saber que esta no se detecta en los análisis médicos. Aunque la glucosa en sangre sí, obviamente. Pero era una buena cosa haber hecho este descubrimiento. Si algo fallaba y me hospitalizaban, esta desinformación médica contaba a mi favor. Cuanto menos sepan, mayores posibilidades de que no consigan rescatarme. Por eso, escondí los “bolis” de insulina después de inyectármelos. El escondite resultó ser muy bueno, pues mi familia y mi (ahora ex) pareja no lograron encontrarlos por la casa mientras yo, “rescatada”, ya me encontraba en el hospital. Finalmente, asumiendo que inevitablemente seguiría viva, revelé dónde creía que los había escondido. Digo “dónde creía” porque no conseguía recordar exactamente el lugar. La información exacta de cuánta insulina y cuánta de un tipo (rápida) y de otro (lenta) ayudaría a los médicos a “salvarme” de la “brutalidad” de mis propios actos.

En fin, el caso es que, bruta yo, aquella noche de domingo abrí el grifo y me metí en la bañera para continuar ahí el último paso, meterme la insulina en el cuerpo. Lo hice ya colocada en la bañera por si me desmayaba antes de terminar todo el proceso, que al menos me pillara ya en el lugar adecuado. Procedí entonces con las inyecciones de insulina. Fue un proceso algo tedioso porque esos “bolis” no se pueden vaciar de una sola vez. Únicamente sale la cantidad de insulina que hayas fijado en el regulador de la dosis. Y, obviamente, la dosis máxima no coincide con la cantidad total de insulina contenida en cada jeringa. Después de cada inyección tenía que volver a poner al máximo el contador para volver a pincharme. Repartí un poco los pinchazos entre piernas, brazos y tripa. Conseguí esconder los “bolis” y volver rápidamente a la bañera antes de desmayarme.

No recuerdo nada más. Solo sé que no sufrí y que me debí desmayar rápidamente. Antes de lo que yo imaginaba. Pero algo falló. La bañera no se llenó del todo. Cuando salí de la UCI estuve comiéndome la cabeza varios días pensando por qué fracasó lo que debía haber sido una muerte inmediata. Sin duda el problema fue que la bañera no pudo llenarse: pero, ¿fue porque se acabó el agua del calentador?, ¿o porque el tapón no funcionaba bien y había fugas de agua?, ¿qué otra cosa podría haber sido? Durante bastante tiempo me fustigué mentalmente por mi gran error: no haber esperado a que se llenara del todo la bañera para realizar mi plan. Nunca antes había utilizado la bañera, debí haberme asegurado, al menos, de que el tapón funcionaba bien. Esas cosas ni se te ocurren cuando estás “en faena”.

18 de abril de 2016. Lunes por la mañana.

Mi conserje aporrea la puerta, llama al timbre, grita con fuerza “¡Soy J., abre la puerta!”. Supongo que gracias a estos sonidos recupero paulatinamente la consciencia. En este momento ni siquiera me doy cuenta de lo que había hecho la noche anterior. Adormilada, escucho a mi conserje, pero no puedo hablar ni moverme. ¿Qué hago tumbada en la bañera? El agua no llega a cubrir ni la mitad de mi cuerpo. Mi mente no es capaz de asociar mi estado actual con lo que hice anoche. Está plenamente focalizada en el presente. Quiero levantarme y abrir la puerta. ¿Qué querrá mi conserje?

Quiero contestarle, pero mi boca no responde. Incapaz de hablar, mentalmente le contesto que ahora le abro. Tampoco reacciona mi cuerpo, inmóvil y mojado. ¿Qué está pasando? Al fin, no sé después de cuánto tiempo, me parece que puedo hablar. Pero emito más bien un murmullo incoherente que un habla bien articulada. Y, además, demasiado bajito como para que J. pueda escucharme.

Después del despertar de mi consciencia y mi “habla”, empiezo a sentir parte mi cuerpo. Subjetivamente, mi cuerpo pesa muchísimo, toneladas. Pues me resulta imposible moverlo hasta pasado un rato. La sensación de impotencia no puede ser mayor. En un momento dado, consigo incorporarme y abrazar con fuerza el borde de la bañera. Sé que si mis brazos flaquean, volveré a caerme en la bañera. No puedo permitirlo. Elevar los brazos hasta sostenerme de ese modo me ha costado muchísimo, no lo he conseguido a la primera. Cada vez que intentaba subir un brazo, este volvía a caer. Demasiado peso… ¿Os imagináis lo que es sentir que tu cuerpo pesa tanto que no puedes moverte?, ¿y sospechar que jamás podrás volver a mover las piernas?

Este es el último recuerdo nítido que conservo de este extraño episodio. Mi memoria se ha empeñado en borrar los detalles de lo que sucedió a continuación. Solo sé que al final pude sacar mi cuerpo de la bañera para pasar a estar tirada en el suelo. Gracias a la fuerza de mis brazos. Quizá ayudados por el ligero despertar de las piernas, que empezaban a recuperarse. No soy capaz de transmitir por escrito el brutal esfuerzo con el que realicé todo aquello. Me gustaría, pero no tengo la habilidad narrativa para hacerlo. En cualquier caso, repté por el suelo hasta la puerta. No sé cómo, pero abrí la puerta a mi conserje. ¡Y entonces estaba en pie! Inmediatamente después de abrirle, caí desmayada (provocándome un dolor de coxis que duró meses). Yo no lo recuerdo, pero me han contado que antes de caerme tuve el detalle de decirle a J.: “Los dulces que me regalaste estaban muy buenos”. (Mi conserje me traía, de vez en cuando, unos dulces riquísimos de su pueblo).

Todo lo que sucedió después solo puedo reconstruirlo por lo que me han contado otras personas. Sobre todo, mi madre, que llegó poco después con las llaves de casa. Siendo un lunes por la mañana, era muy improbable que apareciera nadie. A pesar de la fuerte depresión que yo sufría, cada día intentaba trabajar en mi tesis. Y mi madre nunca viene a casa sin avisar. Sin embargo, y excepcionalmente esa mañana había comprado algo que necesitaba para la casa y quiso subírmelo. Otras personas hablarían de destino, yo no lo interpreto en esa clave (en ese momento me pareció una nefasta casualidad; ahora, con el tiempo, me parece una preciosa casualidad). Al no contestar y escuchar el sonido de mi móvil en el interior, enseguida se fue su casa, donde tenía una copia de llaves de la mía. Por eso fue el conserje quien se quedó a cargo de la situación.

Antes de que llegara mi madre, J. me tumbó en la cama y puso el calefactor. Yo estaba en ropa interior y mi cuerpo mojado y frío. Finalmente llegó mi madre, y parece ser que yo le pedí que me hiciera café, que solo necesitaba eso. Mi memoria no registra eso, ni tampoco el momento en el que me vistió (¡supuestamente con mi ayuda!). No sé en qué extraño estado de consciencia me encontraba en esos momentos… ¿cómo no lo recuerdo?

Para evitar miradas ajenas, me bajaron a la planta del garaje (donde, curiosamente, nunca he estado despierta) y desde allí salió la ambulancia directa a Urgencias.

Es curioso. Durante el trayecto en ambulancia desde casa hasta Urgencias nunca he estado consciente. Aunque mis gestos autolíticos han sido más numerosos, tres veces han desenlazado con una hospitalización. Y no guardo ningún recuerdo ni de mi traslado de casa a la ambulancia, ni del trayecto hasta el hospital. Es extraño, es como si no hubiera estado nunca en una ambulancia. No sé cómo es por dentro, si han tenido que encender la sirena, ni cómo suena desde dentro (en caso de utilizarla). Tampoco sé quién/es me acompañan, ni cómo me sacan de ella hasta el box de Urgencias. Pero forman parte de mi vida. Aunque seguramente son más reales para las personas que, desgraciadamente, lo han vivido desde fuera, conscientemente.

No sabría cómo explicar la rarísima experiencia de eventuales “flashes” de consciencia durante un estado general de inconsciencia. En este sentido, los momentos de consciencia del intento de suicidio de 2017 son más divertidos. Creía que estaba en una clínica veterinaria, y quería decirles que se habían equivocado, que debían llevarme a un hospital, pero no podía hablar porque estaba intubada. Tal vez alguna vez escriba sobre este (espero que último) intento suicida.

No puedo decir cuánto tiempo permanecí inconsciente. Muchas horas, seguro. En el box de Urgencias un médico se encargaba de hacer emerger mi consciencia. Lo hacía repitiendo, a grito pelado, “¡No te duermas!, ¡no te duermas!”. Pensé que estaba enfadado y que me estaba regañando. Pero su voz intentaba tirar de mí hacia la realidad. Dudando entre aparecer o desaparecer, mi consciencia iba y venía. Del box guardo dos únicos recuerdos; eso sí, borrosos. Uno es el de dos chicas frente a un aparato electrónico (no sabría ni identificarlo si lo viera). Mencionando algo sobre una arritmia (que, efectivamente, sufrí), una de las chicas se quiso quedar con el papel del electro que lo mostraba. Creo que estaba contenta y quería el papel a modo de recuerdo, aunque esto me parece tan absurdo que supongo que habrá sido una producción fantasiosa de mi mente.

El otro “flash” solo duró un instante (literalmente). Es la imagen de mi padre y mi madre junto a mí, emocionados, entre el llanto y la sonrisa. Por lo visto, solo dejaban pasar al box a los familiares de uno en uno, y aquél (¡casualmente!) fue el único momento en que se las arreglaron para entrar a verme juntos un par de minutos. Al menos esa entrañable excepción ha quedado registrada en mi memoria. Mi padre y mi madre fueron las únicas personas que me vieron en el box. Mi hermano y mi (ex) pareja no quisieron verme. No sé el motivo, posiblemente miedo (¿qué otra cosa podría ser?). Les pido perdón a todos ellos por lo que tuvieron que vivir.

Desde Urgencias me trasladaron a la UCI, mientras mi consciencia se entretenía jugando a ser o no ser. Varias personas me transportaron en una camilla, me cogieron una muestra de saliva y otra del ano. Recuerdo vagamente que me quitaron las braguitas y me introdujeron una sonda en la vejiga. Rápido y sin dolor. De todas las personas que había, solo recuerdo a un hombre que me trataba con mucho cariño, dándome pellizquitos en la mejilla que me hacían sentir tratada con algo de calor humano. No sé su nombre, pero le volví a ver la última noche que pasé en la UCI. Serían las cuatro o cinco de la madrugada y me estaban haciendo algún control. Él, que supongo que sería un celador, estaba también presente. Me preguntó cómo estaba y le contesté que bien. Sonrió, añadiendo que se alegraba mucho. Recibí el último cálido pellizquito en la mejilla. Pero eso fue en la madrugada del miércoles al jueves. Volvamos a la noche del lunes.

Me han contado que la primera vez que recobré la consciencia en la UCI lo primero que comenté fue mi preocupación por no haber asistido a la cita que tenía con mi psicóloga ese lunes por la tarde. Insistía. Al no haber aparecido, ella llamó a mi móvil y mi madre le explicó lo sucedido. Bueno, eso pareció consolarme. Aunque las visitas tenían sus horarios, excepcionalmente permitieron quedarse un rato a mi padre (no sé cuánto tiempo). Le recuerdo junto a mí, preguntándome si de verdad me había puesto insulina (debí de revelar mi “secreto” en algún momento de semi-consciencia), porque habían estado buscando en casa y no daban con ella. Me dijo más cosas, entre lágrimas. De las que mi memoria solo ha registrado un comentario sobre mi madre, que estaba viniendo y no sabía si le dejarían entrar. Yo creo que mi madre estaba tan mal que no podía más, que ya era incapaz de verme en ese estado. Quizá me equivoque. Estos no son momentos que hayan querido rememorar. Supongo que ni falta que hace. Por ellos, más que por mí. No sé cuándo se fue mi padre, ni si me despidió despierta o dormida.

Estuve en esa habitación de la UCI desde el lunes hasta media mañana del jueves, que me ingresaron en Psiquiatría. Aquella primera noche, el encargado de hacerme los controles fue B. Le pregunté el nombre al final, siempre me gustaba preguntar los nombres de todos. B. llevaba una mascarilla, lo cual aderezaba mi primera noche con un amargo ambiente. Nunca más vi a nadie utilizar mascarilla. Como me gustaba hablar con el personal (¡era tan aburrido estar allí!), unos días después me enteré que lo de la mascarilla era una rareza suya (incluso le habían apodado “the mask” sus compañeros). La usaba porque había tenido un problema de infección con algún paciente. Detrás de su mascarilla, B. me regañaba frecuentemente: “Tienes que contestarme y abrir los ojos cuando te hable para que sepa que estás despierta”. Y es que cuando la inconsciencia tiraba de mí, no podía hablar ni abrir los ojos. No recuerdo su cara, solo la mascarilla. Pero ese hombre se encargó de que la inconsciencia no se apoderara de mí.

Finalmente, dormí. Y estuve adormilada durante casi todo el día siguiente. Cuando desperté me encontré completamente desnuda bajo las sábanas y sentí con algo de incomodidad la sonda urinaria. Mi cuerpo estaba controlado: los cables del electro que estaban pegados por toda la parte superior de mi tronco, una vía en cada brazo, y mi brazo izquierdo tenía un brazalete para medir la tensión (que se activaba automáticamente cada quince minutos). Flumazenil para revertir los efectos de los antidepresivos y las benzodiacepinas, glucosa, potasio, suero… no sé qué más. Una pantalla registraba numéricamente mi “vitalidad”: pulso, saturación de oxígeno, respiraciones por minuto y de nuevo las pulsaciones (pero medidas con otro aparato). Me hacían controles de glucosa cada dos por tres, me tomaban la temperatura. Dos días me pincharon en la tripa, me sacaban sangre para análisis.

El martes permanecí tumbada y adormilada la mayor parte del día. El miércoles me dejaron sentarme en un sillón, al lado de la cama. Estaba muy mareada, no podía caminar. De todas formas, tampoco podría haberlo hecho: la sonda hacía las veces de cadenas. Todas las mañanas me aseaban tumbada en la cama, con agua y una esponja que genera jabón. El aseo era todo un “ritual”. Me lavaban por partes, cada una secada inmediatamente para pasar a la siguiente. Primero brazos y axilas, luego piernas, después genitales (no consigo recordar qué lugar en ese orden ocupaba la cara; el pelo no lo lavaban). Por último, debía girarme hacia un lado y me lavaban la espalda y el culo, mientras la otra enfermera cambiaba las sábanas. Luego debía girar al otro lado, pero ya no para lavarme. Al final debía subir las rodillas para que ellas me colocaran más arriba. Maniobras para cambiar las sábanas conmigo dentro de la cama. Todo ello en una habitación que era transparente, pues solo un cristal la delimitaba frente al exterior. Aunque nadie mirara, sabías que eras visible desde fuera (un poco como sucede en el Panóptico que Foucault recupera y analiza tan bien). Aquél ritual resultaba muy extraño “desde dentro”. Incluso parece humillante. Pero, ¿qué queréis que os diga? En ese momento ya ni vergüenza sientes…



Categorías:Narraciones, Suicidio

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8 respuestas

  1. MUY VALIENTE MI QUERIDA ELENA, MI QUERIDA PRIMA/SOBRINA.
    UN ABRAZO FUERTE … MUY FUERTE.

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  2. Elena, me has hecho llorar literalmente. Tu historia me parece conmovedora. Creo que denota tu lindura como persona, una persona que no entendía aquello que le pasaba, ni tan siquiera lo que hacía y, sin embargo, por salir de ese sufrimiento que la envolvía trató de matarse. Inocencia, belleza, sensibilidad, locura, profunda humildad es lo que me transmite tu texto. Con lo de tu hermano y lo de tus padres me has matado, no he podido evitar emocionarme, ya que yo también lo he experimentado en primera persona, aunque fueran circunstancias diferentes. Creo que esto puede hacer reflexionar a mucha gente y me resulta necesaria tu publicación. Un abrazo. No sabes cuanto me alegro de que estés entre nosotras.

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    • Gracias Rodolfo. En la página de facebook he abierto un debate para conocer la opinión de la gente sobre el hecho demhablar de las experiencias de suicidio. Pues no todo el mundo lo ve como tú. Y me gustaría conocer las opiniones de todas las posiciones posibles.

      Tua palabras también me han conmovido a mí, pues son preciosas… y me siguen llegando mucho. Las personas que lo habéis experimentado, sabéis apreciar mejor cómo de difícil resulta narrar esta experiencia. Y ya no por dolorosa, sino por la confusión y por la dificultad de memorizar. Yo pude narrarlo porque tomé notas nada más ingresar en agudos desde la UCI. Si no, todo habría quedado borrado de mi memoria. Sin esos apuntes de los días posteriores, ese primer borrador atropellado, este texto nunca habría existido.

      Yo también me alegro de seguir en este loco mundo de locas.
      Un abrazo.

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  3. Que valiente poder explicar todo esto.
    He estado leyendo y cada frase me hacía tener flashbacks de mi experiencia. Hay frases que parece que las este escribiendo yo.. en fin, que bien que lo expliques, que bien que estés siguiendo con tu vida. Siempre vas a poder seguir luchando, porque eres más fuerte, y a cada caída vas a aprender algo que ya le gustaría a más de uno poder aprender y poder sentir. Un abrazo.

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  4. Tu comentario está pendiente de moderación.
    Enhorabuena por saltarte el estigma, el tabú, y compartir esta experiencia. Estudio periodismo y me preocupa el silencio que hay sobre este tema que sesga la vida de tantos jóvenes, prometedores universitarios y médicos.
    Es importante el como se trata el tema para evitar el efecto llamada. Es una opción más complicada que la libertad y tiene que relacionarse con otros aspectos sociales, la medicina es el campo que más ha investigado sobre el suicidio y aportan su punto de vista médico.
    En mi página de Twitter comparto algunas noticias interesantes sobre el tema https://twitter.com/sonriv

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