Una historia más de sobre-medicación: del seroxat al “California Rocket Fuel”

En una sociedad que tiende a medicalizar los problemas sociales, es normal que una buena parte de los que nos rodean hayan “catado” algún que otro psicofármaco. Habitualmente, algún antidepresivo o ansiolítico. Soluciones psico-individuales ante problemas político-sociales. Entre estos últimos: la precariedad y estrés laborales, los malabares para conjugar las vidas familiar – social – laboral, la impotencia ante lo que se nos presentan como problemas políticos que escapan a nuestro control directo (por ende, “delegamos”, regocijándonos en nuestra sensación de impotencia política). Hoy no toca desarrollar este tema. No.

Aquí os invito a reparar sobre la existencia de un montoncito de la población con el que los psiquiatras se frotan las manos. No sé si de gusto por la experimentación o por los beneficios económicos de farmacéuticas que les financian sus trabajillos (investigaciones, por mencionar una actividad legal, que no por ello legítima)… Porque, a estas alturas, creo que son una minoría de psiquiatras los que dispensan recetas por convicción en su eficacia y beneficio sobre la salud del paciente.

Yo soy una más de ese montoncito de locos. Tengo el privilegio de poder hacer una autobiografía de mi historia psicofarmacológica. No solo eso. Además, he tenido el derecho a probar medicaciones prescritas para sintomatologías o trastornos que no tengo. ¿No sentís envidia?, ¿ni un poquito? Perdonad la pregunta. Es que me siento bastante confusa… con el rollo este de que no sé identificar mis emociones, no sé si sentirme orgullosa o más bien como un ratón de laboratorio. Juzgad vosotros mismos.

En el siguiente cuadro ordeno los psicofármacos que he consumido, pero no por orden cronológico, sino en función de su clasificación farmacológica:

Antidepresivos Seroxat

Paroxetina (nombre que recibió después el seroxat)

Fluoxetina (Prozac)

Venlafaxina

Mirtazapina

Ansiolíticos Tranxilium

Trankimazim

Diazepam

Lorazepam

Rivotril

Antipsicóticos Quetiapina

Zyprexa (Olanzapina)

“Estabilizador del ánimo” Topiramato

La cronología de estos medicamentos en mi vida está detallada en otra entrada (pinchar aquí, aunque allí no figuran los añadidos desde mi último ingreso). En esta ocasión quiero centrarme únicamente en el trocito de mi biografía que se corresponde con la institucionalización y oficialización de mi malestar: con la hospitalización en la UCI y agudos, la entrada en el Hospital de Día, el diagnóstico, el CAID… En definitiva, mi contacto intensivo con el sistema sanitario de salud mental, desde el 17 de abril de 2016 hasta la actualidad.

Para ubicarnos: antes del 2016 yo había consumido psicofármacos desde los 16 años, si bien de manera intermitente, y siempre prescritos por psiquiatra de zona o médico de cabecera. Los medicamentos de esta etapa son: seroxat, paroxetina, tranxilium, trankimazin, diazepam, lorazepam, fluoxetina.

El 17 de abril de 2016 tengo un intento grave de suicidio y acabo en la UCI. Con este acontecimiento se inicia mi aventura con los “profesionales de la salud”: psicólogas, trabajadora social, terapeutas ocupacionales, enfermeras, auxiliares de enfermería, celadores… pero, sobre todo, psiquiatras. Durante los meses anteriores a mi intento de suicidio, había estado tomando fluoxetina (antidepresivo) y lorazepam (ansiolítico). Me los había recetado el médico de cabecera, quien, a pesar de advertirle de mis fuertes ideaciones suicidas, no consideró derivarme al especialista (psiquiatra o psicólogo). “Una más con depresión, más de lo mismo”, imagino que pensó. No me derivó, no. Pero sí que se permitió el lujo de regalarme más de una hora de su preciado tiempo de consulta con todo tipo de consejos “do it yourself” sobre cómo combatir la ansiedad y superar depresiones (“Yo voy a natación, hago teatro… Cuando se murió mi abuela y al mes se murió mi hermano no cogí la baja… Te exiges mucho con la tesis…”). Esta es una de las personas a las que yo “recetaría” mi texto Instrucciones para “cuerdos”: tu sentido común no me ayuda.

Una vez que me trasladaron de la UCI a la planta de Psiquiatría, me dieron una nueva medicación. Adiós a la fluoxetina y al lorazepam. No perdí mucho porque no me habían hecho demasiado efecto, a pesar de que llevaba ya meses con ellos. En el ingreso me dieron una nueva pastilla. Venlafaxina. Solo tomaba una pastilla, por la mañana. Era la única paciente que no tomaba medicación por la noche. No la necesitaba, yo nunca había tenido problemas serios para dormir. Cuando repartían las pastillas de la noche, yo estaba orgullosa de tomar mi vasito de zumo y ser la única sin medicación. El orgullo me duró un par de días. Al segundo o tercer día comprendí que era imposible dormir allí encerrada sin medicación, por lo que tuve que solicitarla. Me dieron lorazepam. Al día siguiente a mi alta de agudos me ingresaron en el Hospital de Día. Continué con la misma medicación, venlafaxina y lorazepam, durante un tiempo.

Y desde que empieza mi entrada institucionalizada con el sistema “profundo” de la salud mental todo se vuelve surrealista. O así lo veo yo. Por un lado, se insiste en que lo principal es el tratamiento terapéutico. Y que la medicación es “condición de posibilidad” para realizar la terapia. Para que estemos equilibradillos, vaya, para que no se nos pire mucho la pinza. En teoría, lo lógico es que haya una disminución de la medicación a medida que vas avanzando en la terapia. O, si acaso, un aumento puntual en crisis puntuales. Una dosificación en espiral, si acaso. Pero en mi caso ha habido un aumento de todo: de medicación, de síntomas… y paro de contar por si las moscas.

De la pastillita rosa que me daban en el desayuno por las mañanas en agudos (la venlafaxina) he pasado por los siguientes fases:

Mañana Mediodía Noche Pastilla Rescate
Venlafaxina 150mg Lorazepam 1mg Lorazepam 1mg
Venlafaxina 150mg Lorazepam 1mg

Quetiapina 25mg

Lorazepam 1mg
Venlafaxina 150mg

Rivotril 1 mg

 

Rivotril 1 mg Quetiapina 25 mg

Rivotril 1mg

Lorazepam 1mg
Venlafaxina 150 mg

Rivotril 1 mg

Quetiapina 25 mg

Rivotril 1 mg

Quetiapina 25 mg

Quetiapina 25 mg

Rivotril 1 mg

Quetiapina 25 mg

Zyprexa 5mg (bucodispensable)

Venlafaxina 225mg

Topiramato 25mg

Rivotril 1mg

Topiramato 25 mg

Rivotril 1mg

Mirtazapina 30 mg

Rivotril 1 mg

[Quetiapina 25 mg pero solo durante el último ingreso]

Zyprexa 25 mg

Desde que ingresé en el Hospital de día, el 13 de mayo de 2016, he tenido otro intento grave de suicidio en 2017 (también de UCI). Y, posteriormente, sobre todo en la segunda mitad del año 2017 y principios del 2018 hasta que conseguí  (porque fue una lucha conseguirla) mi alta, mis síntomas se agudizaron. Hasta el punto que acabé consumiendo de forma muy abusiva cocaína (con un patrón habitual de tres días consumiendo sin dormir y uno durmiendo). Finalmente ingresé de forma voluntaria en junio para desintoxicarme, ya que vi que no podía dejarlo por mi propia cuenta. Como siempre, abro temas de los que me gustaría seguir hablando. Pero tengo que volver a centrarme… porque hoy no procede hablar sobre la cuestión del consumo. Espero poder dedicar otra entrada a este tema.

El caso es que salí del ingreso en agudos de Psiquiatría con esa medicación… Es cierto que hay otras personas que han tomado mucha más  medicación que yo. Pero para mí, una persona con TLP, sin brotes psicóticos… y que ha estado dos años enteros en terapia… se me antoja excesiva. Ahora mismo, tengo que esperar tratamiento hasta el ocho de enero en otro Hospital de Día. Y solo tengo como recurso el CAID, en el que me ve una psicóloga, y hago pis en el vasito. Claro, eso si puedo. Los efectos secundarios estrella de la venlafaxina sobre mi cuerpo son las dificultades para hacer pis. Así que el incremento de la dosis de la venlafaxina (cuyo efecto es potenciado por la mirtazapina), no me ha venido muy bien para los controles de orina en el CAID. El enfermero me ha llegado a poner, el pobre, sonidos de cascaditas con su móvil. En otra ocasión me tuve que subir con la médico a otro baño para tener acceso a un grifo abierto para “animar” a mi vejiga. Una vez me dieron por imposible y me dejaron que me fuera sin hacer pis. Quienes me conocen saben el calvario que es, literalmente, “mear y no echar gota”, derrochando agua con la mano bajo el grifo… En fin. La cara B de los psicofármacos (espera, ¿es que hay una cara A?, bueno, ahí lo dejo…).

Sin embargo, hay dos cosas que me dejan ya fuera de juego. Ya no es el hecho de acabar sobre-medicada después de un largo proceso de tratamiento terapéutico. Que ni mi propia madre entiende: le preguntaba, desesperada, a mi psiquiatra: “¿Cómo puede ser que mi hija esté ahora peor que cuando entró?, ¿que antes saliera a caminar y ahora esté en casa encerrada y consumiendo cocaína?”. Ya no es eso. Si me ciño al tema en cuestión, el de los psicofármacos, necesito compartir con vosotros dos asuntos:

 

1)El uso polivalente de los fármacos.

-El topiramato. En su prospecto figura como antiepiléptico. Así que si no te da por bucear un poco por internet, o no se te ocurre leerlo, o quizá has escuchado de oídas algo de él… realmente creerás que es un “regulador del estado de ánimo”. En internet puedes leer que se utiliza como regulador de estado de ánimo para personas con TLP. Pero en el prospecto, no hay mención. ¿Quizá no haya sido aprobado oficialmente para este uso?, ¿están probándolo con nosotros?

-Los antipsicóticos. Yo nunca he tenido un brote psicótico. Y tomo o he tomado antipsicóticos. Mi actual pastilla de rescate es un antipsicótico. Aquí la muletilla profesional es la de “En dosis bajas, los antipsicóticos sirven también para la ansiedad y además no generan dependencia como los ansiolíticos”. Que, por cierto, esta es otra… En cualquier prospecto de un ansiolítico indica que no consumas ansiolíticos durante períodos demasiados prolongados, y a nosotros, los locos, nos los dan como caramelos durante años y años y años… Claro, me tuvieron que cambiar el lorazepam como pastilla de rescate porque me las tomaba de seis en seis y no me hacían efecto. Y ya pasaron a un antipsicótico. Zyprexa (marca del principio activo, olanzapina… no quiero decir nada, y con la marca lo digo todo… ¿se me entiende?).

 

2)Y llegó la bomba… ¡EL CALIFORNIA ROCKET FUEL!

Durante último el ingreso (junio 2018, para desintoxicarme de la cocaína), la psiquiatra me comentó que me subiría la dosis de la venlafaxina (de 150 mg a 225 mg) y me añadiría otro antidepresivo, mirtazapina, que, además, aumenta los efectos de la venlafaxina. Lo dijo así, como de pasada. Pero yo, que tengo el defecto de que si no investigo las cosas por mi cuenta no descanso en paz, un día traté de encontrar algo de información sobre el tema. El resultado fue sorprendente. ¡La combinación de venlafaxina y mirtazapina tiene nombre propio! California Rocket Fuel (combustible californiano para cohetes, ¡ojito al nombre!). En castellano hay poco escrito sobre el asunto. Por lo que leído, esta combinación (a la que describen como muy potente) solo se debe recurrir en casos de depresiones severas que no responden a otros tratamientos antidepresivos. Visto así, tendría que convencerme a mí misma de que tengo una depresión severa y que han probado varios tratamientos antidepresivos posibles. Por cierto, otra de las condiciones que suelen indicar antes de que se lancen a recetar a la ligera el california rocket fuel, cosa que tampoco han hecho conmigo. En cualquier caso, si tengo depresión, que me lo diga alguien, que no me he enterado todavía. Como cuando me dijeron que tenía trastorno esquizoide de la personalidad… Igual que si miro el prospecto del topiramato sin saber que, de forma “extraoficial” se usa como regulador del ánimo. Pues me pensaría que soy epiléptica.

Por si alguien está interesado en el California Rocket Fuel, creo que este artículo es asequible y está bien sintetizado, aunque está en inglés.

Como conclusión, no sé si mi salud mental ha mejorado o empeorado desde que mi locura fue institucionalizada en el 2016. Lo que está claro es que mi biografía muestra un incremento de medicación. No puedo generalizar a partir de mi caso y decir que una vez que entras en el circuito de la salud mental hay una tendencia al alza en la medicación. Y que la decisión de dejarla es personal, y no profesional. Solo puedo hablar de mi caso particular. Porque es cierto que he sido una anomalía dentro del Hospital de Día: una paciente finalmente considerada “inabordable”, a la que le negaron el alta y que tuvo que luchar para que se la dieran, aunque en mi informe de alta haya mentiras en ese sentido (y en otros). De la que dijeron a otros compañeros que “me habían dado el alta” (cuando fui yo quien la exigió hasta que la consiguió) “para que me desintoxicara” de la cocaína. Lo cual tiene mucha gracia, porque ni siquiera me enviaron a un CAID, me dejaron en bragas, sin recursos, sin nada… Yo sola conmigo misma. Y mis noches en vela escribiendo y leyendo “bajo la nieve”. Solo después de unos meses, y tomar por mí misma la decisión de desintoxicarme, me han enviado desde agudos a un CAID. Y ahora estoy con la misma medicación, intentando hacer pis con el California Rocket Fuel y sonidos de cascaditas, e intentando volver a escribir y leer. Como hacía antes. Antes de ya no sé ni cuándo… ¿de cuando se institucionalizó mi trastorno? Mientras tanto, seguiré montada en mi cohete californiano.



Categorías:Narraciones, Reflexión política

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4 respuestas

  1. Me indigna que tu historia haya derivado en tantas dosis de fármacos. Los fármacos son dañinos y acortan la vida. Los efectos secundarios pueden llegar a ser peor que la sintomatología de los trastornos, no solo porque dificultan la existencia de las personas que toman los fármacos, sino porque no los pueden controlar como si se podrían controlar los propios síntomas por medio de terapias y autoconocimiento – uno puede darle una entidad nueva a un problema, pero no puede luchar contra la pérdida de memoria, la deformación del cuerpo, problemas de tensión, etcétera, como consecuencia de los fármacos mientras los estas tomando -. A la larga , como no haya atisbos de recuperación y reducción de fármacos, la tendencia es a cronificar la situación de la persona en tratamiento. Los fármacos pueden ser muy útiles en casos de crisis, pero muy perjudiciales si no se van reduciendo con el tiempo.

    Yo tomaba una dosis tan elevada que después de regresar del taller al el medio día y, de almorzar, me quedaba dormido sentado en el sofá hasta las ocho de la tarde y con esfuerzo para levantarme. A las diez o diez y media de la noche volvía a estar dormido hasta por la mañana. Es verdad que estaba en una crisis, pero se me llevó a cabo un proceso de reducción de fármacos en vez de lo que se supone – reajuste – y mi tendencia fue hacia la mejora. Me refugié en frasecitas de facebook y de otras páginas que yo me buscaba para salir del miedo y del odio que sentía y que me estaban causando las molestias a través de síntomas. Es por esto que, en el caso de mis trastorno esquizoide, no le encuentro mayor sentido a las pastillas que la cura de sueño, o en caso de sufrimiento severo. Aún así este sufrimiento puede llegar a ser al fin controlable por otros medios. Los síntomas no creo que deban ser abortados del todo con medicación, porque de esa manera no los afrontas de manera natural. En fin, de lo que se trata bajo mi punto de vista es de un cambio de paradigma, de mentalidad.

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    • Totalmente de acuerdo contigo, Rodolfo. En mi caso, el incremento de la medicación ha ido acompañado de un agotamiento de las posibilidades terapéuticas. Ya había dado de sí todo lo que podía darme la terapia y, ante la imposibilidad de más avance (porque ellos no tenían suficientes competencias pata seguir tratando terapéuticamente un caso como el mío), el recurso utilizado fue empastillarme más.
      La justificación del incremento final y la brutal California rocket fuel (además de topiramato y rivotril, y zyprexa de rescate), en modo alguno se puede justificar por el ingreso para desintoxicación por cocaína.
      Yo sé que mi memoria a corto plazo no es la que era. Por suerte, las dificultades para hacer pis se van atenuando (pero lo he pasado realmente mal con esto). Lo peor de todo es el miedo que da el día que decida desengancharme de esto. Porque es más fácil desengancharte de la coca que de todos estas drogas legales…

      Gracias, como siempre, por tu comentario. Un abrazo.

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  2. Elena, es cuestion de que tu te vayas encontrando a ti misma para que puedas reducir. Te conoces muy bien, aunque creo que vives una lucha constante, pero tambien, de todas formas, sin pastillas tambien las vas a tener quizas algo incrementadas. Yo he comprobado que mi problema en general es muy mental, es decir, teniendo el control sobre mi vida los farmacos no son realmente necesarios. En octubre realizo una nueva reduccion y pronto me quedare con una sola pastilla. Llevo reduciendo unos tres años y todo bien, bueno, mejor, bastante mejor. Que reduzcas es cuestion de que un dia te lo propongas. Siempre es bueno ir lentanente y disfrutando del paseo. No es conveniente pensar en el fin, sino ir viviendo el dia a dia. Siempre poco a poco, creo que necesitarias algunos años para limpiarte, puede parecer mucho, pero es lo mas conveniente. Yo comence con la benzodiacepina y despues con los neurolepticos,para mi es mas facil porque en esta ultima fase eranos tipos que tomaba. Yo reduzco cada seis meses, pero en un primer momento puedes ir retirando en dosis pequeñas cada tres meses, siempre observandote. La cuestion es que te sientas preparada para hacerlo. Cualquiera que me lea pensara, ¿este es psiquiatra a caso? No, no lo soy, ¿pero es que no vale la pena arriesgar? Cuentas que en tu caso no te han sabido solucionar el problema y, ademas, has acabo muy medicada. Creo que va siendo hora de que vayas tomando las riendas de tu vida en esta cuestion concreta y tan importante para ti.

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  1. La medicalización de la cocaína. ¿Drogodependencia o drogodependencias? – Diario de una Autoetnógrafa

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