Asco y miedo en “Las Loqueras”. Volando sobre la burocracia psiquiátrica.

Qué asco me da todavía no ser yo mismo.
Cuántas veces tendré que escupirme aún en el espejo.
Ya estoy hasta los “güevos”
de seguir aguantándome a mí mismo.
Quiera la luna y quiera el silencio
que choque contra la ridícula costumbre,
aunque en ello se queden desparramados
mis preciosos sesos.
Y salga el sol por donde salga
y la luna se esconda apenas sin sentirlo,
he de seguir luchando pa’ morirme
con la tenue sonrisa de mí mismo.
[“Buscándome”. Manolo Chinato]

Que no soy “yo misma”. Que no entiendo qué aspectos de mí misma debo re-subjetivar para recuperarme. Porque insisten en que nosotras no nos curamos, que prefieren hablar de recuperación. Curación, palabra convertida en tabú para nosotras, las trastornadas.

Que me doy asco…

Que durante mi paso de casi dos años en el Hospital de Día me daba asco a mí misma escribir, sobre todo si la temática era auto-referencial (lo habitual). Pero, ¿por qué durante ese largo tiempo ninguna terapeuta reparó ni indagó en el motivo de mi angustia cuando debía enfrentarme a mí misma sobre el papel en blanco?

Me refiero a una actividad cuyo efecto terapéutico nunca me resultó claro: el taller de escritura. La mayoría de las compañeras escribían un par de frases y no existía retroalimentación alguna por parte de los profesionales, ni tampoco se daba pie al comentario de las compañeras. Eso sí, el día de tu alta del Hospital te devolvían tus escritos. ¿Servirán como recuerdo?, ¿alguien los volverá a leer?, ¿se reirán?, ¿notarán “algo” al releerlos después de meses, años…? Si el objetivo fuera la auto-reflexión, tengo la sensación de que algo no estaba del todo bien planteado. El escrito era apresurado y, una vez leídos uno tras otro sin pausa, daba la impresión de caer en saco roto.

Reconozco que soy defectuosa de fábrica: necesito entender el sentido de lo que se hace. Me desquiciaba que el potencial de la escritura como actividad reflexiva no fuera aprovechado. Después de la última sesión grupal, se lanzaba una pregunta que solía estar relacionada con lo que habíamos trabajado en terapia. Algunos interrogantes eran muy potentes. Yo no podía escribir, pero los anoté para intentar aprovecharlas en un futuro, cuando la ansiedad y el asco no me paralizaran frente al papel. Dejo aquí algunas de estas preguntas-reto, pues quizá alguien las recoja como sugerencias para la auto-reflexión:

  • ¿En qué momento de mi vida estoy?
  • ¿Qué haría yo si fuera el cuidador (en lugar de la persona cuidada)?
  • ¿Cómo me siento cuando me critican?
  • ¿Qué cosas y qué personas nos hacen sentir dependientes y por qué?
  • ¿Qué cosas de mí se ponen en marcha cuando me relaciono con otros?
  • ¿Qué deseo tengo que me asusta?
  • ¿Cuál es la ambivalencia que más me hace sufrir?
  • ¿Con qué imagen de mí misma fantaseo yo?

Únicamente fui capaz de escribir en dos ocasiones. Una de ellas fue al principio, recién llegada y en estado aún eufórico tras mi feliz ingreso-burbuja como Catwoman al lado de Magneto y Fénix (para leer sobre ellos, pinchar aquí y aquí). La segunda vez que escribí en el taller sufrí mucha ansiedad (mientras la escribía pero no al leerla). Y, al llegar a casa, me daba a mí misma mucho asco, lo cual me angustiaba. Después de tan nefasta experiencia, nunca volví a intentarlo. Por desgracia, lo que me permitió escribir sin ansiedad, asco ni angustia fue mi consumo abusivo de cocaína. Gracias a ello, e inmersa en un bucle autodestructivo, existe este blog. El precio fue caro. Mucho dinero desperdiciado, muchos daños colaterales, mucha inestabilidad… En fin. Esta es una historia que no corresponde desarrollar aquí.

El caso es que expresé en reiteradas ocasiones la emoción que me envolvía, me frenaba, me revolvía: asco. Asco, acompañado de ansiedad, angustia.

Dedicamos muchísimas terapias grupales a reflexionar minuciosamente sobre todo tipo de emociones (a identificarlas, contextualizarlas, analizarlas, darles sentido). Las emociones… mi alexitimia… vuestra fijación, mi perdición. Pero entonces, ¿por qué…?, ¿cómo es que obviasteis mi “asco”? Un rechazo frente al papel, sí. Pero porque ese papel era mi espejo… que no me devolvía una imagen de mí misma si no resultaba atravesada por el asco. Aquello quedó sin analizar, nunca supe por qué… A ningún profesional le pareció importar.

¿Por qué escribir sin “feedback” alguno? ¿Por qué no os parecía terapéutico reparar en las emociones que me impedían escribir? Desde el principio expresé, indiqué, señalé incluso con preocupación esa emoción: me daba  asco escribir sobre mí misma. La angustia era un derivado, la compañera “transitiva” del asco. Asco, asco… No me cansaré de repetirlo, pues mi trabajo estaba –está… si consigo mantenerlo tras tanta baja laboral– basado en la escritura.

Tampoco comprendí nunca cómo es que no abordasteis, ni siquiera dedicasteis un rato de terapia a un caso relativamente análogo. ¿Por qué no os podéis percatar de que mi amiga B., compañera y paciente, elimina irreversiblemente un manuscrito aceptado por una prestigiosa editorial? ¿Un capricho?, ¿no visteis nada que analizar en aquella maniobra incomprensible a ojos externos? En cambio, dedicamos horas y horas a analizar la ansiedad que a otra compañera le producía hacer una maleta. Ansiedad, que, por cierto, también sufría mi amiga B., pero no la consideraba demasiado relevante como para tratarla en terapia. Hacer desaparecer una (conociéndola, seguro) obra maestra literaria… Ansiedad frente a la maleta… Sus motivos tendrán para detenerse en un problema y omitir otros (el de mi amiga, pero el mío también).

Este es solo un ejemplo por el que no desearía que vosotros, los expertos, continuéis operando como mis interlocutores. Pero al final resulta que hasta de vuestras cegueras puedo sacar algo de provecho…

Que yo también estoy hasta los ovarios de aguantarme a mí misma. Igual que vosotros de tener que aguantar a una paciente “inabordable” como yo. Sin embargo, a mí –a  nosotras– nos toca seguir luchando… Mas no para morir con una tenue sonrisa, sino para sostenernos muertas en vida.

Pero llega un momento en que una se hace una inocente pregunta, dado que algunos de estos profesionales parecen insensibles a nuestras grietas psíquicas. Una se pregunta algo inocente pero dolorosa:  ¿acaso les importa? Entonces creo entender su insensibilidad… A estos profesionales (que no son todos) les llamo “burócratas del sufrimiento psíquico“. Porque se encuentran embutidos en la “banalidad del mal“, expresión que Hannah Arendt atribuía a los burócratas nazis para referirse a la insensibilidad frente al sufrimiento del “otro” como resultado de una sobre-exposición excesiva al mismo y por constituir “meras” piezas de una más amplia maquinaria exterminadora. Holocausto judío; sufrimiento psíquico…

Burócratas del sufrimiento psíquico. Aquellos profesionales de la salud mental que se han vuelto impermeables a la aflicción de los pacientes. Pacientes confiados cuyas vidas dejan en las manos de estos burócratas, quienes las tratan como un “producto” inerte. Como se relaciona, por ejemplo, un reponedor con los productos que maneja. La diferencia, claro está, no radica únicamente en que los “productos” sean, en nuestro caso, vidas humanas. Sino en que existe una relación de poder que atraviesa el trato del profesional hacia la persona psiquiatrizada. Una relación de poder que no es meramente la del psiquiatra sobre la paciente. Sino que fluye a través de todas las ramificaciones de la Psiquiatría, bajo la inocua apariencia de “ciencia” o “medicina” neutral. Así, los profesionales de la salud mental operan, en ocasiones, como burócratas de esa poderosa Psiquiatría. Bajo cuya inocua apariencia se amparan y (quiero pensar que a menudo sin darse cuenta) llegan a insensibilizarse frente a sus “productos”, las vidas humanas. Las de las trastornadas que llegan a terapia confiando, a veces ciegamente, en sus terapeutas.

“¡Es que esta gente tiene mucho poder, tiene nuestras vidas en sus manos!”, me comentaba una compañera mientras tomábamos café en un descanso. Sí. Sí y no. Sí, si dejamos que así sea, si no cuestionamos la relación de poder, si nos entregamos a ciegas. Sí, si los profesionales se acaban convirtiendo en burócratas de nuestro malestar, en una peligrosa ramificación del poder psiquiátrico. Pero no, si tomamos conciencia de la relación de poder. Si los propios terapeutas se posicionan críticamente en su quehacer. Si evitan convertirse en burócratas insensibles a nuestros suicidios, ingresos en UCIs, llantos, autolesiones, adicciones, angustias… a nuestro malestar.

Esto ha sido una introducción, un aperitivo a la idea del burócrata del sufrimiento psíquico. Mi intención es  continuar desarrollándola en futuros escritos.

Para una visión más completa de mi perspectiva política sobre la locura, quien esté interesada en complementar esta entrada remito a otra antigua: “La dimensión revolucionaria de la locura“.

Continuará…



Categorías:Narraciones, Reflexión política

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  2. ¡Por fin veo el camino hacia mi recuperación! Psiquiatrizada en lucha, gracias a XarxaGAM. – Diario de una Autoetnógrafa

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