Historia de una “poli-suicida”: mi vínculo con la muerte (y la vida)

Hace un par de semanas compartí con vosotros la experiencia de uno de mis intentos suicidas. En aquél momento desconocía que el día de ayer (10 de septiembre) tenía como nombre propio el de “Día Mundial de la Prevención del Suicidio”. Me enteré a través de las redes sociales, principalmente a través de Twitter. No solo porque la gente hablaba de ello, sino también debido a que me encontré enlaces a mi blog en tweets de otras personas u organizaciones (como @FlipasGAM). También, tal vez por casualidad, alguien compartió mi entrada inaugural, la nota de despedida suicida que iba a dejar a mi psiquiatra con la intención real de dejar definitivamente este mundo.

Mientras la gente hablaba en las redes sociales de lo que “tocaba” hablar, yo iba a mi aire. Intentando moldear y expresar la idea de “burócratas del malestar psíquico”. Este desfase entre “mi mundo” y “el mundo” me ocurre con relativa frecuencia. Uno y otro no siempre coinciden; hay algunos días o fases de mi vida en los que sus respectivos ritmos no están sincronizados. No es que esté orgullosa de ello. Todo lo contrario. Es una de las maneras “no destructivas” que he encontrado para mantenerme con vida…

Y es que, para mí, hablar del suicidio está vinculado a su envés: los diversos modos de mantenerme viva, a pesar del sufrimiento psíquico. Suelo referirme a este arduo trabajo como “hacer malabares para continuar viviendo”. Por ello, el día de ayer me ha motivado a escribir sobre mis vínculos con el suicidio. Porque este no existe en los medios de comunicación. A excepción de suicidios “mediáticamente rentables”, como los cometidos por personas socialmente (re)conocidas. Pero sabemos que la gente se suicida. Aunque quizá alguien desconozca que los intentos (fallidos o exitosos) son más frecuentes de lo que se suele imaginar. No es de extrañar. Siendo mediáticamente invisibles, no queda otra que imaginar… Pero hay donde rascar: gracias a que el diez de septiembre tiene nombre propio, se han publicado estadísticas: consultar aquí.

Ruego encarecidamente que intentéis, si es posible, refrenar pensamientos estereotipados sobre los intentos de suicidio del tipo “Quien realmente quiere, lo consigue”, o “son solo llamadas de atención”. He sufrido tanto que no me molesto en discutir estas tonterías, que suelen pensar o decir quienes nunca han vivido esto en primera persona. Si quienes comparten estos pensamientos no se preocupan de suspender el juicio frente a lo que desconocen (¡aunque algunos piensen que han vivido algo similar!, de traca…), desde luego yo ya no tengo ni tiempo ni interés en convencer a nadie de mi propio sufrimiento y mis vínculos con la muerte. Aunque este escrito lo haga público, pido a quienes piensan de aquella manera que no sigan leyendo. No quiero compartir mis experiencias con vosotros. Dicho queda. Si continuáis leyendo a pesar de mi petición, lo tomaré como una falta de respeto hacia mí. Sin más.

Agradezco a aquellos que sean respetuosos y decidan continuar la lectura. A mí, con uno me vale, no tengo ningún tipo de aspiración ególatra oculta. Escribo en público por motivos que no vienen al caso, pero sé que alguno de mis escritos ha ayudado de algún modo a otras personas. Este blog continúa existiendo por ello, gracias a esas personas que me han hecho saber que algo mío les ha ayudado de algún modo. O, simplemente, que les gusta leerme. Esto último me importa menos aunque, desgraciadamente (me odio por ser así), mi inseguridad necesita nutrirse de la valoración externa en algunas ocasiones. Pero no soy tan altruista ni siempre tan insegura. También me empeño en mantener un blog porque necesito obligarme a escribir.

Os he soltado este rollo sobre el blog porque, precisamente, guarda relación con aquello de hacer malabares para sobrevivir. Debo escribir (y leer, esto me resulta más complicado) porque quiero recuperarme para reincorporarme a mi trabajo y terminar mi tesis doctoral. Y despedirme, con ella, del tóxico (y hoy día socialmente inútil) mundo académico para adentrarme de nuevo en el abismo, en el vacío, en el vértigo existencial en el que prefiero no detenerme a explicar porque nadie (ni profesionales, ni amigos, ni otros pacientes) entiende realmente. Nadie llega a comprenderme, hasta ahora nadie parece ser capaz de ayudarme hasta el momento (no necesito que venga nadie a decirme que soy yo la única que puede ayudarme o que no necesito ayuda profesional, POR FAVOR). Y esto contribuye a que las ideaciones suicidas retornen periódicamente. Hago un paréntesis para aclarar que no he perdido la esperanza en recuperarme, y en modo alguno escribo como una víctima. Si me leéis como si me hiciera la víctima, aprended a leer mejor. Porque cuando una habla de sufrimiento, habla de emociones negativas. Y esto no es hacerse la víctima.

Ni víctima, ni valiente “luchadora”. Obligada a vivir a pesar de mi voluntad. Bueno, lo de “mi voluntad” es relativo… (después explicaré esto). A mí me parece muy bien todo esto de trabajar por la “prevención del suicidio”, pero algunas personas también querríamos poder decidir sobre nuestra propia vida. También he escuchado y leído muchas veces el mítico “quienes se quieren suicidar realmente no quieren morir, sino una vida diferente”. Yo tolero perfectamente la diversidad de posiciones, pero discrepo. Claro… claro que quiero una vida diferente, siempre que llegar a ella no implique un prolongadísimo período de sufrimiento, de hacer malabares para sobrevivir, de lucha constante contra una misma, de incomprensión por parte de la mayor parte de tu entorno. Incomprensión inocente y sé que llega a ser realmente insufrible para los más próximos. Pero igualmente dañina (y mucho) para la que es, por cierto, la “protagonista”. Protagonismo también relativo. Algo que también intentaré aclarar cuando sea preciso.

Entre personas “poli-suicidas” podemos hablar de cosas horrorosas como, por ejemplo, de nuestros respectivos primeros intentos (fallidos, a la vista está). Únicamente puedo reírme de este tipo de cosas con quien ha realizado tentativas graves de suicidio, con la plena convicción de matarse. Y ha cogido el mismo “cariño” que yo a los “héroes” de Urgencias y UCIs por “salvarte la vida”. Gracias, aunque no os lo habíamos pedido… Vamos a ver, ¿estas personas no eran “matasanos”? No hay quien se aclare… no se acierta ni con motes. En fin. A lo que iba… Únicamente he conocido a una persona, actual amiga, con quien me he podido reír a carcajada limpia recordando “el primer intento”. Ese “mítico” en el que haces el ridículo pensando que morirás simplemente con unas cuantas pastillas, mezcladas con alcohol… o similar. Cuánto me he reído con este humor negro, que quizá solo podamos disfrutar nosotras. También compartes, entre risas, lo que yo me mojaría en denominar “cultura del suicida”. Qué métodos funcionan y cuáles no, qué tonterías ha hecho cada una, las estrategias para intentar conseguir ser realmente efectiva… ¡y la dificultad de matarse, a pesar de todo! Aunque improbable, tal vez alguno de vosotros también haya desarrollado este humor negro. Porque sufres tanto y no es tan fácil como parece… Que una cosa es que quieras matarte y otra bien distinta que seas capaz de hacerlo de cualquier manera. Existe el miedo al dolor previo, a posibles secuelas graves… y también requiere algo de investigación para hacer las cosas bien. ¿Hay alguien ahí que comparta la “cultura del suicida”? Si sois capaces en este momento, por favor, ¡reíd! No queda otra… todo se vuelve muy surrealista, tu vida parece una ficción. Me asombro a mí misma de que un mismo tema pueda provocarme emociones tan polarizadas: unos días muchísimo dolor, otros días mucha diversión.

Venga, reíd, ¿no pensáis a veces que nuestras biografías rayan el surrealismo (o que incluso lo superan? Hay que reír… para poder sobrevivir. Mira, otra estrategia para sobrevivir. Reírse de algo por lo que no pocas personas te pueden estar juzgando. “¡Qué egoísta!”, “¡es pecado!”, “¡en algunos países es delito!” (bueno, en alguno está legalizado de forma controlada), “¡solo quieres llamar la atención!”, “¡morir es la vía más fácil!”, “¡qué débil eres!”. Me río de mí y de vuestros juicios. ¡Anda ya! Aquí dentro de mi piel te quiero ver yo…

A ese “tierno” (permitidme, por favor, la ironía) primer intento iniciático me hace gracia bautizarlo como “paripé autolítico(autolisis es la denominación médico-técnica del suicidio). Pero en mi caso resultó ser mi tercer intento (no soy rara, toda mi vida puede leerse en clave humorística y surrealista; puede que sea incluso más sano). Fue a los veintiún años. Pastillas, alcohol, unos cortes en una muñeca que podrían confundirse con unas inocentes caricias felinas. Me estaba desmayando de forma intermitente. Repentinamente, me asusté y llamé por teléfono a mi ex pareja. Tenía claro que quería hacerlo, pero no sé por qué me entró ese miedo. Quizá aquél paripé autolítico fuera la única manera en la que supe “pedir ayuda” aquél día. Pues sí… esos actos que otros llaman “llamar la atención” resultan ser mucho mejor interpretados, comprendidos y menos estigmatizantes si se ven como el único modo en que la persona sabe pedir ayuda. ¡Basta ya con el rollo de que la persona es manipuladora, pretende llamar la atención! Manipuladores serán los que chantajean emocionalmente a alguien para que no haga sufrir a sus familiares por querer morirse. Y los que llaman la atención son los que sobre-dramatizan la vida o la muerte. Que, por cierto, sois quienes parecéis tener más derecho a hablar sobre el suicidio. Claro… porque lo que para vosotros es algo ajeno, para otros es algo que les convierte en personas vulnerables si cuentan su “secreto”. Una compañera de mi primer ingreso me advirtió sobre el riesgo al que me exponía por contar a cualquiera “mis cosas”, mi suicidio, mi vida… Que me podían hacer mucho daño porque yo no me callaba nada. A día de hoy estoy esperando ese supuesto daño por ser transparente… (del que otros me han querido prevenir también de forma más reciente). No imagino qué es lo que tanto daño me puede hacer, pero seguro que podré soportarlo. No os preocupéis por mí. Yo nunca supe qué “secreto” llevó a aquella chica a tropezar allí conmigo. Si ella no lo quiere contar, no me interesa. Respeto, no soy cotilla aunque me guste compartir vivencias con otras personas. Pero no conviertas tu tabú, lo que te a ti avergüenza en mi tabú. Yo no me avergüenzo ni me arrepiento de nada de lo que he hecho, incluso con todo el dolor causado (a mí misma y colateralmente). ¿Por qué tendría que hacerlo?

En aquél paripé autolítico iniciático no ingresé en agudos ni en la UCI. No pasé de Urgencias: lavado de estómago con carbono activo, continuos vómitos del color más negro que puedas imaginar, mucho dolor de estómago. Aunque, en teoría, no está permitido, dejaron que mi madre me acompañara en el box de Urgencias toda la noche. Imagino que por lástima y por la levedad de mi acto. Recuerdo perfectamente qué canción me puse de fondo para (creía que) morir, así como no poder cortarme en la muñeca porque me quedaba dormida… y el cuchillo improvisadamente escogido fue el que menos cortaba de todos. Y ya está. No soy capaz de reconstruir cómo era mi vida en aquél momento. Sé que no estaba con aquella pareja, pues tuve que preguntarlo a mi madre para tratar de reconstruir contextualmente aquél episodio. A petición de una psicóloga (previa a los dos intentos graves). No soy capaz de recordar el contexto. Como ella decía, necesito de los demás para construir mi recuerdo.

¡Y tanto que lo necesito! Después del penúltimo intento, durante una terapia familiar, mi padre me regaló otro dato biográfico que mi memoria había decidido borrar. Resulta que el que yo creía que fue mi primer intento, no fue el primero. Esto ya sí que me resultó bastante extraño, ¿cómo es posible? Siempre creí que mi primera tentativa fue a los quince años en casa de una amiga mía, tratando de tirarme por el balcón. Lo impidieron los tirones de mi amiga, después ayudada por su madre. Mi memoria vuelve a fallarme en la contextualización: ni idea de qué ocurrió, de por qué quise hacerlo… Sólo sé que era una fiesta de cumpleaños.

Toda mi vida creí que aquella fue mi primera vez, hasta hace año y pico. En una de las primeras terapias de familia mi madre y yo escuchamos, con cierta perplejidad, el relato de mi padre contanto que mi “estreno” fue un poco antes, a los catorce años. Por lo visto, al verme sentada en la ventana del séptimo piso de casa de mis padres, dispuesta a lanzarme al vacío, él lo impidió. Tuvo que “inmovilizarme en el suelo” (literal). Después de este extraño descubrimiento, no tengo ningún miedo a mi amnesia disociativa. Estoy abierta a cualquier sorpresa que pueda recomponer mi memoria. Esto del suicidio en mi vida empieza a adquirir un toque surrealista, ¿o es cosa mía? De contextualizar este primer intento ya nos olvidamos. No sé si mi padre lo hizo o no en esa terapia. ¿Por qué no se lo pregunto? Bueno… resulta que a mí me da bastante igual el contexto de aquél episodio y, sin embargo, para él resulta muy doloroso recordar cómo fue aquello. ¿Qué más da? Bastante daño he producido ya a mi familia, no necesitan (si no quieren) recordar esos acontecimientos.

Recapitulando… uno a los catorce, otro a los quince, otro a los veintiún años. Suponiendo que no existan otros episodios de los que mi memoria quiera escapar. Porque mi mente ya me está preocupando… Pero no por no recordar aquella (quiero pensar) primera vez. Sino por cómo fue el último. Entre aquellas tiernas prácticas autolíticas y las dos últimas (en 2016 y 2017), aparentemente no existieron aproximaciones autolíticas  notorias. Pero vete tú a saber… Mi confianza en mi memoria ha sido manchada por mis recién descubiertas amnesias “disociativas”.

Prácticas suicidas no creo recordar, pero sí ideas y deseos de morir. A estas alturas, sospecho que esto no sorprenderá a nadie. Me han acompañado fielmente a lo largo de toda mi vida. Adoptando diversas formas: deseos de morir, a veces más activos y otras más pasivos; racionalizaciones sobre el derecho a decidir sobre la propia muerte; pensamientos suicidas intrusivos; o vivencias más cercanas a la frontera entre el deseo y la acción. Pero, como ya he comentado varias veces, durante estos períodos más alejados de la muerte una debe continuar sobreviviendo de alguna manera. A continuación comparto con vosotros algunas de estas formas de mantenerme viva a pesar de (¿o a través de?) mi “condición psíquica”.

La primera vez que descubrí que cortarme me aliviaba y calmaba, en realidad quería cortarme las venas. Inexperta y miedosa, me quedé a medias, pero conseguí otra estrategia de supervivencia. El dolor físico para desviar el pensamiento suicida.

Recuerdo también unas cuantas noches sentada en el tejado al que se podía subir a través de una ventana de la casa de un chico con el que salía. Él era cocainómano (o “pericómano”, como decía él) y nuestra relación duró prácticamente el tiempo que mantuve mi inicial idilio con la cocaína (medio año). Un consumo relativamente breve pero intenso, que inicié algunos meses después del “paripé autolítico”. Tras uno, dos o tres días consumiendo sin dormir, él no tenía problemas en conciliar el sueño. En cambio, yo sufría unos bajones tremendos (que, sin embargo, no eran nuevos para mí). Mientras él dormía, yo experimentaba mucha angustia, ansiedad, e intensas ganas de morirme. Subía a aquél tejado y permanecía sentada dudando “¿me tiro o no me tiro?”, entre lágrimas y un cielo probablemente digno de contemplación pero al que no hacía caso alguno.

Está claro que en aquella época, el recurso que parecía tener más a mano era saltar desde las alturas de un edificio. En aquél tejado permanecía inmóvil, o bien balanceándome nerviosamente. Sin comprender el contraste entre su plácido sueño y mi nerviosa vigilia. Con todo, sabiéndo que estaba destinada a “comer techo”, optaba por consumir. Lo hacíamos en entornos generalmente festivos: discotecas, bares o casas de “amigos” (conocidos o no) convertidas en after. Consumía a los mismos niveles que “ellos”, mi pareja y los demás. Se trataba de una red social que parecía infinita: nunca dejé de conocer gente nueva cada fin de semana. Mi pareja era nueve años mayor que yo y me solía reprochar mi forma de consumir: “¿Pero no ves que tú, que acabas de empezar, no puedes ponerte a los mismos niveles que nosotros, que llevamos diez años drogándonos?”. No veía nada anómalo, no entendía el motivo. Consumía como ellos pero acorde a cierto estilo que personas próximas o terapeutas me han señalado como característico en mí en algunas cosas que hago: llevándolas al límite.

Ese consumo abusivo también me ayudó a sobrevivir. A pesar del intenso malestar posterior, el malabarismo vital funcionaba. No intenté suicidarme. Se alineaban los astros: la cocaína me regalaba períodos de tiempo en los que mi estado anímico me resultaba tolerable y agradable; y, además, supongo que me aferré a ese mundo, esa “subcultura de cocainómanos” (politoxicómanos, más bien).  En fin, una nueva forma de perpetuar mi vida. Ya, ya sé que es autodestructivo. ¿Pero sobreviví o no?

Sin embargo, tras dejar la relación y la cocaína, mi vida fue convirtiéndose en sí misma en un modo de existencia autodestructivo. Desde fuera, mi familia no veía autodestrucción. Si acaso, alguna rareza mía que no les parecía demasiado saludable. Pero como es legal, no les hacía daño a ellos y mi sufrimiento se replegaba silenciosa e íntimamente sobre mí misma, nadie advirtió que se estaba gestando una tremenda burbuja que, cuando pinchó, pudo llevarme (esta vez sí) a la muerte. Después de algunos años casi “normales”, una fachada de normalidad que encubría mi perpetuo sufrimiento, angustia, ansiedad sin saber el por qué. Mi inestabilidad se “estabilizó”, dando excepcionalmente la cara hacia el exterior. Y mi vínculo con la muerte mutó en “meros” deseos silenciosos, periódicos, algo más tenues.

Durante este tiempo, si bien mantuve una relación de pareja muy duradera (soportó incluso los dos últimos intentos de suicidio), me aislé cada vez más del resto del mundo. Viviendo sola desde los veintiún años, centrándome cada vez más en los estudios, evitando las relaciones sociales hasta reducirlas a mi pareja y mi familia, se fue creando una tremenda burbuja. En aquél momento no era consciente de su carácter brutalmente autodestructivo. Pero actualmente, gracias a la reflexión terapéutica, sé que aquella forma de vida era una nueva estrategia de supervivencia. El funcionamiento era sencillo: el aislamiento social y la focalización de mi vida en los estudios me permitían sobrevivir porque de aquella manera evitaba exponerme. ¿Exponerme a qué? Al dolor, al mundo, a toda situación posible que me pudiera provocar “externamente” mayor malestar.

Aquella burbuja resultó útil durante un buen tiempo, pero era vitalmente insostenible a largo plazo. En algún momento la burbuja reventaría. Y lo hizo a lo grande. En el 2016 me intenté suicidar “brutalmente” (así lo califican algunos psiquiatras, y con razón). Aquella vez podría haber muerto. Había estado profundamente deprimida, con una angustia y ansiedad extremadamente agudizadas. Terminé en la UCI pero este trágico final de mi burbuja implicó el inicio de mi proceso de psiquiatrización, la validación institucional de mi malestar y una inserción más intensa en el circuito de la sanidad mental. De la UCI a la unidad de Agudos de Psiquiatría; y De Agudos directamente al Hospital de Día. En el cual recibí tratamiento durante casi dos años (hasta marzo de 2018).

El intento del 2017 fue aún más brutal que el del 2016, pues me acercó más a la muerte. Sin embargo, este último intento me dejó a mí misma fuera de juego. En 2016 llevaba mucho tiempo pasándolo realmente mal, avisando a médico de cabecera (que no me derivó al psiquiatra de zona, directamente al Prozac y ansiolíticos), un psicoanalista que en el tercer encuentro (aún no había empezado ni a cobrarme las sesiones) consideró más oportuno que realizara otro tipo de terapia . En aquél momento, pensaba que me rechazaba porque yo no era un caso o persona suficientemente interesante. Ahora, considerándolo con mayor perspectiva y tras un trabajado (aunque todavía insuficiente) autoanálisis, reconozco indicios de que le “asustó” un riesgo real de suicidio. Bueno, ¡al menos alguien advirtió el riesgo real!, aunque se deshiciera de mí. La psicóloga que él mismo me recomendó creo que no se alarmó excesivamente cuando le decía que me quería suicidar. No me extraña, la insensibilidad emocional con la que hablo de esas cosas no parece favorecer la comprensión del mensaje explícito. Digo que me quiero suicidar sin muestras externas de sufrimiento. A día de hoy, hablo con naturalidad y sin demasiado atisbo emocional sobre temas considerados de “gravedad”: te hablo igual si te cuento que acabo de poner la cafetera que si te cuento detalladamente cómo me intenté suicidar. Y sucede lo mismo si trato otros temas como puedan ser mi temprano abuso infantil, los cánceres que actualmente sufren dos de mis tíos, etc.

Este rasgo de mi personalidad (una disociación emocional), fue el responsable de mi propia sorpresa ante mi último intento de suicidio. El del 2016 fue el resultado final de un amplio período que viví con deseos diarios de morir y lo planifiqué para hacer del deseo una realidad. Esto es, dentro de los parámetros de locura-cordura, algo “normal”. Sin embargo, el intento del 2017 lo realicé sin tener conciencia de lo que estaba haciendo. No tuve pensamientos ni  planes suicidas en los días previos al acto, no me encontraba especialmente mal. Soy bastante (mucho más de lo que yo podría imaginar) inestable. Convivo con un sufrimiento continuado pero inestable desde que explotó mi burbuja en el 2016.

Antes de ello, me manejé con diversos modos de supervivencia. Algunos muy mal vistos desde fuera, como el uso intensivo-abusivo de sustancias tóxicas para anestesiarme o para regular mi dolor. Aunque otros muy bien recibidos, como mi continuada dedicación a colorear durante unos cuantos meses. Hasta que lo dejé totalmente y me desvié hacia prácticas peores vistas, juzgadas y alarmantes. Pero que a mí me ayudan a sobrevivir. A no sufrir mi dolor. Un dolor que, paradójicamente, no siento. Justo en este preciso instante, al plasmar esto último por escrito, me acabo de percatar de que eso es, precisamente, lo que hago continuamente. No siento mi dolor porque recurro a diversas prácticas que me evitan tomar contacto con mis emociones. Igual ya lo sabía, pero al escribirlo me acabo de dar cuenta de su posible relevancia. O igual no lleva a ninguna parte. Pero esto es más bien materia para mi trabajo terapéutico.

Me disperso… pero me reencuentro. En el 2017 desperté en la UCI tras pasar cinco días en coma inducido. Estaba intubada, “cableada”, aunque sin sonda urinaria porque, según me dijeron, yo misma me la había arrancado. No daba crédito cuando me contaron esto, ni lo recuerdo ni me lo explico. Pero ahí queda, como una anécdota más. Lo único que recuerdo de aquél intento fue una extraña vivencia. En algún momento, entre la consciencia y la inconsciencia, creí que estaba en una clínica veterinaria. Quería decirles que se habían equivocado de lugar, que me tenían que llevar a un hospital. Pero no podía hablar (no sé si porque me acercaba a la inconsciencia o si estaba intubada). Veía imágenes borrosas de personas a mi alrededor. No es que viera animales, no había indicio alguno de que aquello fuera una clínica veterinaria. Esto me resultó bastante extraño, por lo que se lo comenté a una simpática y muy agradable médica. Me explicó que es habitual que en ese tipo de experiencias, la persona crea estar en otro lugar. Puede que uno en el que haya estado recientemente. ¡Claro! Unos días antes yo acababa de castrar a mi gata. Todo cuadra. Bien. Al menos algo tiene lógica…

Cuando me despertaron del coma apenas tenía fuerzas para hablar, por supuesto no podía moverme, y tampoco comer ni beber. Cuando por fin me dieron (no sé qué día) un yogur, no era capaz de hacer que la cuchara y el yogur se encontraran. No podía coger el yogur con la cuchara. No era capaz de sincronizarlos en el espacio. Después de un buen rato, conseguí coger algo de yogur con la cuchara, pero también había que sincronizar la cuchara con la boca… Me parecía muy raro, pero estaba muy atontada y ni siquiera me sentí frustrada. Ni me planteé que pudiera quedarme así para siempre. Mi atención estaba concentrada en el triángulo yogur-cuchara-boca. Menos mal que una enfermera se dio cuenta de mi problema al cabo de un rato peleándome con la sincronización de los tres elementos. Me batió el yogur para que lo tomara bebido. Solucionado. Bueno, no del todo… tampoco atinaba para que el envase del yogur llegara a mi boca. Es una sensación rarísima… Pero más extraño y preocupante es que una se intente suicidar “sin querer”. De la UCI me bajaron a mi paraíso de Agudos, mi burbuja temporal.

Esta es una historia sobre mi relación con el suicidio. Finalmente, tras tomar conciencia del terrible sufrimiento por el que han pasado mis padres y mi hermano (sobre todo ellos), decidí cortar mi vínculo con la muerte. Decidí priorizar su bienestar a pesar de que ello implique que yo viva sufriendo. Aún existe la posibilidad de “recuperarme”. De encontrar un modo de aprender a vivir, en lugar de tener que estar esforzándome continuamente por sobrevivir. Intento hacerlo lo mejor que puedo. Pero comprended, tanto mi familia como aquellos que nos tachan a los suicidas de “egoístas”, que lo hago por vosotros. Porque no os merecéis sufrir tanto por mi culpa. Porque a veces veo algo de luz y empiezo a creer que no solo lo hago por vosotros, sino también por mí misma. Todos estamos sufriendo mucho. Pero ninguno de nosotros somos culpables de ello. Todavía quedan recursos por quemar, psiquiatras o psicólogos a los que “desquiciar”, demandas por negligencia para hacer justicia, reclamaciones que poner. Hoy no estoy bien, pero aún así entiendo que no soy un caso perdido. Tan solo necesitamos tiempo… Vosotros, yo… y los terapeutas no burocratizados.



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10 respuestas

  1. Otra frase que se escucha mucho en torno a suicidios consumados es: “no estaría bien de la cabeza”. O sea: para hacer algo tan “ilógico”, no se puede estar bien de la cabeza. Hay que estar “loco” o “trastornado”. Y sí, es cierto, pero a condición de que con “locura” o “trastorno” se entienda básicamente sufrimiento. Y ésta es, dicho a lo pedante, la “resignificación social” que es necesario hacer con las palabras “locura”, “trastorno” y demás. Nunca he visto muy claramente el asunto de la “reapropiación política” de las palabras socialmente malsonantes; mucho más urgente y necesario me parece dar a entender que el significado básico de “loco” es “ser sufriente: persona que sufre una barbaridad de modo continuado y cuyo sufrimiento es difícilmente manejable para ella misma y su entorno”. Creo que hay una labor pedagógica pendiente. Estaría bien empezar por las definiciones de los diccionarios; si el mundo lgtb… o trans puede influir en los diccionarios, ¿por qué no el mundo loco/trastornado? Y sí: para suicidarse hace falta estar loco, pero con la nueva propuesta de definición léxica presentada aquí, no hay nada de falso en ello, o eso es lo que me parece.
    La locura y la muerte están entrelazadas de distintas maneras. Una de las características del sufrimiento del loco es la sensación de ser un “muerto viviente” o “vivo medio muerto” (hablo de lo que me llega pero también de mi propia experiencia como trastornado o ex-sufridor con diagnóstico de Depresión Mayor Endógena). Pues bien, en algunas lenguas (y hablo ahora desde mi (de)formación filológico-lingüística) la palabra para “loco” es, etimológicamente o en origen, la misma que “muerto”; esto pasa con el italiano MATTO o con el euskera ERO. Como si los hablantes de esas lenguas hubieran sentido que el sufrimiento bárbaro es una de las caras de la muerte misma.
    Distingues, entre aquellos a quienes ayudas con tus escritos y aquellos a los que simplemente les gusta leerte. Bueno: quizá esa distinción no deba ser tan tajante. A mí, por ejemplo, me gusta leerte y creo que me ayudas… en muchas cosas; por ejemplo, a no perder de vista el infierno sobre el que está montado nuestro supuesto cielo, y a estar alerta para que no se formen en mí, sin yo darme cuenta, burbujas vitalmente insostenibles.
    Gracias. Animos. Luz.

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    • Me parece brillante tu reflexión sobre la resignificación de los términos. Efectivamente, el trastornado es alguien que sufre. Pero también es muchas otras cosas que tienen que ver con mecanismos sociales: es, ha sido o puede ser una “persona psiquiatrizada”, estigmatizada, marginada… No veo incompatible tu propuesta (que comparto) con lo que denominas “reapropiación política de palabras malsonantes”. Ahí tenemos el término “queer” como un ejemplo.
      No me parece tampoco que el sufrimiento psíquico (del loco o del que sufre una depresión en un momento puntual de su vida) sea totalmente ajeno a cuestiones políticas… De ahí que no solo no vea incompatibilidad, sino incluso me parece adecuado compatibilizar ambas.

      Por otro lado, gracias por los datos que nos aportas, son muy interesantes…

      Y, por último… tal y como explicas el modo en que crees que te ayuda leerme, ¡por supuesto que lo valoro como ayuda! No me refería a que únicamente los locos, seres sufrientes, sean los que puedan encontrar aquí algo de ayuda. Como tú mismo explicas, hay muchas maneras de ayudar. Y la que mencionas, por cierto, me parece muy valiosa. Te lo agradezco.

      Gracias, Iñaki.
      Besos.

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  2. El tema es tan tabú que aterra. O más bien creo que aterro yo a la gente cuando hablo respecto al suicidio con naturalidad. Es por ello que leer voces como las tuyas se agradece enormemente . Es una forma de darnos voz, de entendernos, de comprendernos. Y no por ello se nos puede demonizar. ¿Quizá hablamos de un ejercicio de empatía extremo? Puede ser, pero también, como dice Anne Thériault: cuando estás suicida, permanecer vivo es un acto de generosidad.

    Sobre el humor, a mí también me ayuda mucho para naturalizar y normalizar mi intento de suicidio.

    Y tú lo has dicho, sólo necesitamos tiempo y hay muchos recursos que quemar y salir adelante. ¡Mucho ánimo!

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    • Ni siquiera puedo imaginar cuánto sufrimiento vivido .,pero si es más fácil entender como todos tenemos un techo de dolor,un dolor tan insoportable que no nos permite “ver” ni sentir más allá .Pero me ha llamado la atención de mí misma que no he leído con horror,que no he llorado,ni me he angustiado.Durante años no podía dormir,ni comer,ni vivir,solo respirar lo necesario y vigilar y cruzar los dedos.Me aterraba y me rebelaba contra esa posibilidad…no era justo para él.No para mí,para él.
      Me gusta esa frase de “permanecer vivo es un acto de generosidad” ,pero me gusta más que esa generosidad sea primero para unx mismo.
      Es la primera vez que soy capaz de leer,bueno y acabarlo.Lo que no se ve no existe y esos trucos mentales.Gracias

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      • Muchas gracias por tus palabras, Aurelia.

        Me alegro de que lo hayas leído sin angustia y hayas podido acabarlo. No es mi itención provocar angustia a nadie. Pero entiendo que a las personas que también habéis sufrido mucho os cueste leer este tipo de cosas…

        También creo que la generosidad debería ser hacia una misma primero. Pero, por las circunstancias, en ocasiones el orden se altera… Luego tocará, si llega, hacerlo por una misma.

        Un abrazo.

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    • ¡Hola!

      Yo no vivo el tema como un tabú, ni creo aterrar a la gente al contarlo. Pero sí noto que mi (in)sensibilidad al respecto difiere mucho de las sensibilidades de otras personas.

      La única manera de romper el tabú es hablando sobre ello, tratando de visibilizarlo y normalizarlo. El suicidio genera mucho estigma, también creo que mucha vergüenza para la propia familia de cara al exterior. Creo que es una de las grandes tareas pendientes que tenemos (como sociedad): hablar del suiciio, pero dando voz a todas las distintas posiciones (no meramente a la prevención del suicidio, por ejemplo).

      No sé si contar mi historia ayuda a visibilizar, pero desde luego me encantaría que así fuera.

      Muchas gracias, compañera.
      Besos.

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  3. Mientras pretendia matarme por segunda y ultima vez me decia a mi mismo, ¡hay que ver que no vales ni para quitarte la vida! Cada persona es un mundo, yo no queria morir, eran mis voces las que me inducian. Es por esto que, cuando aprendes a vivir, uno tiene la sensacion de que merece la pena que le salven la vida. Pero hay que conocer para saber que todas las experiencias no son iguales. Hoy estaba leyendo sobre terapia, terapia orientada a la solucion, aunque ahora pienso que cual de ellas no lo esta, pues seria una contradiccion que una terapia no buscara soluciones, pero que decia algo interesante: seria bueno que el terapeuta preguntase al cliente que es lo que necesitaria para estar bien, para que en base a ello se comenzara a construir. Claro esto tiene tambien otra objecion, ¿ todos los que vamos a un terapeuta sabemos lo que necesitamos? Y si es asi ¿todo lo que se necesita se puede conseguir? En cualquier caso creo que esta serie de preguntas te pueden llevar a algo con sentido o, quizas, no. ¿Quien sabe? Segun la persona.
    Un abrazo, Elena, gracias por tu historia.

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    • Hola Rodolfo,

      Son muy buenas preguntas las que planteas. Y son buenas porque son complicadas. Al comenzar la terapia en el Hospital de Día en el 2016, yo estaba absolutamente perdida. No sabía qué quería, únicamente tenía claro lo que no quería: vivir. Después de casi dos años de terapia, de mucho análisis, tengo alguna idea más clara de lo que necesito “resolver” para poder vivir más tranquila. O al menos eso creo. Pero, paradójicamente, aquello que necesito es saber qué necesito o qué quiero y por qué no puedo algunas Con estas cuestiones se avanza, pero cuando no encuentras el modo de orientarte (ni por ti misma ni con ayuda), acabas como yo sigo a día de hoy… Todavía mal. Pero espero cambiar, la vida fluye y trataré de fluir con ella para vivir con la mejor calidad de vida posible.

      Otro abrazo, gracias a ti también por abrirte aquí y por tu comentario.

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