Mi vida: reír por no llorar

He perdido la noción de la normalidad. No sé cómo ha sucedido, ni si tiene sentido, si es una percepción mía o se confirma desde fuera. Desde hace un tiempo mi vida se ha vuelto surrealista. No importa si rememoro mi biografía linealmente o troceada, el resultado suele ser el mismo. Yo pensaba que mi vida no daba mucho de sí, que era normal y corriente. Y tal vez lo siga siendo. Probablemente soy yo la que ha modificado el sentido de mi pasado, presente y futuro. Reitero, desconozco cómo ha ocurrido, pero me tropiezo con el absurdo, una y otra vez… Mi vida es absurda, tanto si la pienso para mí misma como si la comparto con alguien. ¡Sobre todo si hablo de ella con otras personas!, aunque a veces me ría yo sola.

Sospecho que la clave radica en que no comprendo nada de nada. ¿Cómo he acabado así?, ¿en qué momento emergió esta nueva versión de mi vida?, ¿por qué me parece que todo tiene menos sentido cuanto más me “conozco”? Muy a menudo me detengo a admirar la curiosa atmósfera enrarecida que me envuelve, o bien me sonrío por la fugaz sensación de estar en una película. ¡Qué paradoja! El absurdo, el surrealismo, la apariencia de irrealidad brotaron cuando, por fin, encontré mi lugar: entre los locos. Hasta entonces, siempre me había acompañado una extraña sensación de estar “fuera de lugar” en casi todas partes, con casi todas las personas.

Pero bueno, ¿qué más da? Todo es muy raro; aunque, simultáneamente, relativamente normal. Cuando todavía vivía al margen de la locura, y sentía el peso de lo cotidiano tanto como de lo no tan cotidiano, ya entonces intuía de algún modo que la vida (mi vida) no podía ser “aquello”. No podía saberlo, ni siquiera imaginaba este desenlace, pero no me parecía descabellado que un drástico giro de los acontecimientos pusiera mi existencia patas arriba. No sabría explicaros el motivo, pero algo no acababa de cuajar… No creáis que mi historia ha terminado. Hoy mismo considero todavía que mi vida no puede ser “esto”, espero (ya no intuyo) un futuro más amable, estable y tranquilo. Quizá para entonces haya perdido la capacidad de reír de “aquello”, esa vida que hoy percibo como surrealista. Tal vez mañana mi perspectiva cambie. Por eso quiero y necesito escribir hoy. Mañana tal vez sea demasiado tarde.

Soy consciente del abismo existente entre leer una historia petrificada en un papel (o una pantalla) y escucharla cara a cara. El surrealismo que yo percibo en mi historia “casi corriente” únicamente lo han llegado a vislumbrar muy pocas personas. Las cervezas o la cocaína han ayudado bastante. La narración de mi ordinaria biografía es dispersa, troceada. La ocasional y eventual linealidad cronológica tan solo responde a cierta obligación de inteligibilidad. Pero no esperéis demasiado de ella.  Ni una divertida comedia, cuyo monopolio me pertenece por el grandísimo sufrimiento vivido. Ni un apasionante drama, alejado de la tonalidad de mis vivencias. Os contaré algo casi divertido, casi dramático. Probablemente el color de vuestra lectura dependa de vuestras propias experiencias biográficas y de vuestra sensibilidad. No puedo influir en ello. Sin embargo, espero resultar lo menos dramática posible porque se aleja de mi visión actual. Si se os escapa alguna risa, mucho mejor, aunque tampoco será premeditadamente intencionada. Escribo con sinceridad, crudeza, algo de ironía. Y desde una intermitente perplejidad frente a mi gran interrogante: ¿cómo mi vida (casi) corriente se ha vuelto (tan) surrealista?

 

Nacer por segunda vez: el comienzo del sinsentido

El diecisiete de abril del 2016 me intenté suicidar. No, no fue una “llamada de atención”. Los psiquiatras lo califican como “intento grave autolítico” sobre el papel y de manera informal lo consideran un “intento de suicidio brutal”. Vaya, que podía haberla palmado. Posteriormente, he tenido que detenerme un poco a reflexionar sobre muchos aspectos de mi personalidad, de mi biografía… Es lo que tienen las terapias: mucha reflexión… en mi caso, poca solución. Pero al reconstruir mi vida desde este ángulo me descubro a mí misma como una persona suicida, o también una poli-suicida.

Como persona suicida dejo mucho que desear, a la vista está. Todos mis intentos han resultado fallidos. Hubo una época en que me intenté suicidar, después pasé una fase de latencia suicida (pensamientos pero no intentos) y, finalmente, el día señalado del 2016 mi práctica suicida cambió por completo mi vida. Nací por segunda vez: entré en una extraña espiral de ingresos, terapias, autoanálisis, reflexión… de la que no he conseguido escapar… todavía.

Llevaba toda mi vida recordando mi primer intento a los quince años, tratando de arrojarme desde el balcón de la casa de una amiga. Por supuesto, me lo impidieron, aunque no recuerdo el motivo de semejante arrebato. Después, a los veintiún años, traté de morir mezclando alcohol y pastillas. Esto es lo que yo denomino paripé autolítico: ese intento (que suele ser el primero) en el que crees que vas a morir con “nada”. Pastillas y alcohol, ¡vaya riesgo! A la larga, una vez vas adquiriendo cierta cultura del suicida, investigando y planeando seriamente tu muerte, te ríes de aquella chorrada. Visto así, no me extraña que se las considere “llamadas de atención”. Parece que no tienes intención de morirte, cuando en realidad lo que te ocurre es que no tienes ni idea de cómo hacerlo y, al mismo tiempo, miedo a fracasar y quedarte con secuelas. Tras aquellos sucesos, mi personalidad suicida no causó alarma en nadie porque vivía mis ideaciones de muerte en silencio. Lo más próximo fue dudar de si tirarme o no desde el tejado de la casa de un novio con el que salía, mientras él dormía y después de días consumiendo cocaína.

Hasta aquí todo normal… Esta temprana biografía de lo me gusta llamar tiernos intentos suicidas se va al traste en un instante. Resulta que el que yo consideraba mi intento iniciático, mi estreno, no fue el que yo recordaba. ¡Fue antes! Quizá penséis “Bueno, si eras demasiado pequeña es normal que no te acuerdes”. Pues no. Fue aproximadamente un año antes del balcón en casa de mi amiga. ¡Vete tú a saber por qué motivos mi mente había borrado uno y no otro acontecimiento! En una de las primeras terapias familiares en el Hospital de Día mi padre reveló que a los catorce años me pilló sentada en la ventana con intención (¿cómo no?) de tirarme. Un secreto que guardaba para sí mismo, ya que nunca se lo contó a mi madre y yo… ya os digo, fue como si hablara de otra persona. Relató cómo fue corriendo hacia mí para evitarlo y que “tuvo que inmovilizarme en el suelo”. Esta fue la carta de presentación de mis amnesias. Más tarde me familiaricé con mi mente amnésica, pero ningún episodio olvidado supera a este episodio. Que mi padre relataba con total naturalidad… la misma con la que yo hablé de mi (ahora sé que) segundo intento. Por lo visto, mi madre desconocía ambos. No daba crédito, aunque a estas alturas aquél remoto y tierno pasado era lo de menos. Los intentos graves son los que ellos han sufrido más. Y los que han trastocado mi existencia.

La verdad es que no me sorprendió mucho el trocito biográfico que me regaló mi padre en aquella sesión. Mi memoria lo agradece, por supuesto. Sin embargo, me hizo más gracia que otra cosa. Me resultaba un descubrimiento divertido, así como su énfasis en “tener que inmovilizarme en el suelo”. Sí, seguro que era yo. Todo cuadra: mi atracción hacia el lanzamiento desde las alturas (ventana, balcón, tejado), mis posteriores prácticas suicidas… además, ¿para qué iba a inventarse algo así mi padre? Sin duda era yo, pero lo escuché con frialdad, entre sonrisas mirando a una perpleja terapeuta y a la seriedad sin dramatismo de mi padre. Como si se estuviera hablando de otra persona. Me mosqueó un poco no acordarme de ello. ¡Mi primera vez, además! ¡Y no la recordaba! Por lo demás, la situación me parecía cómica.

Para colmo, los terapeutas de aquél Hospital de Día no se han interesado jamás en trabajar conmigo este tipo de amnesias. Esta es una de ellas. Pero hay más. Y, sobre todo, hay una que transcurrió durante mi estancia en el Hospital de Día que pasó sin pena ni gloria. Tuve que ser yo misma la que aprendió la relevancia de este tipo de amnesias, a base de leer e investigar por mi cuenta. Intentando realizar una especie de “auto-terapia”. Aquello que sucedió pero a lo que no se prestó atención ni se analizó ni les pareció digno de reflexión fue una peculiar “amnesia” de mi último intento de suicidio. Fue en febrero de 2017, e igualmente calificado de grave y “brutal”, como el del 2016. La diferencia es que en el 2017, con un buen rodaje terapéutico y sin una agudización de mi malestar, me suicidé sin ser consciente de que lo hacía. A esto lo llaman “disociación” (aunque el término engloba más conductas).

Los dos últimos intentos acabaron con sus respectivos ingresos en la UCI y mi posterior traslado a la unidad de agudos de Psiquiatría. De mis tempranas tiernas prácticas suicidas pasé a las brutales conductas autolíticas. Que me podía haber muerto, vaya. En la última estuve cinco días en coma inducido y a mis padres les dijeron que no sabían el estado en el que podía salir, podría tener daños cerebrales. Por lo visto, soy inmune. Ni secuelas. Ni físicas ni emocionales. Lo de las emociones merece un desarrollo propio, ya os contaré el lío que tengo montado… Pero al despertar no me sorprendí. Simplemente me despertaron del coma, me dijeron que me había arrancado la sonda urinaria (¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?) y estaba tan atontada que ni se me pasaba por la cabeza pensar cómo había acabado allí. A duras penas podía hablar… las dos veces que me visitó el psiquiatra, que era médico residente (MIR), me cansaba tanto hablar como si estuviera corriendo una maratón.

El caso es que mis amnesias, disociaciones o como queráis llamarlas, pasaron desapercibidas en las terapias del Hospital de Día. La mayor atención que recibió aquél suicidio disociativo fue durante mi estancia en la unidad de agudos. El primer o segundo día en agudos, a mi psiquiatra del Hospital de Día le tocaba hacer guardia en el hospital. Me visitó y con una expresión entre sorprendida y molesta me dijo “Elena, ¡pero qué bruta!, ¿te das cuenta de que podías haber muerto?”. Mi contestación creo que estuvo a la altura: “Es que ese es el objetivo cuando una se intenta suicidar de verdad….”. Explicar a una psiquiatra que el suicida pretende, precisamente, matarse, me pareció muy cómico. Aquella psiquiatra me agradaba, me llevaba bien con ella, y aprendía durante las sesiones individuales con ella. No sé si es que hay demasiados “paripés autolíticos”, muchas visitas a Urgencias de pacientes “pseudosuicidas”… No qué se le pasó por la cabeza en el momento de hacerme ese comentario. En cierto modo me alegro de que lo hiciera, pues queda como una anécdota más.

Soy, por tanto, una poli-suicida. Espero no volver a serlo. Así que reformulo: he sido una poli-suicida, modo tierno o modo brutal. Y siendo así, desde siempre (y no recordaba uno, yo ya no descarto amnesias suicidas), fue en abril de 2016 cuando los superhéroes y superheroínas de la UCI me rescatan. Tiran de mí hacia la vida, cuando mi consciencia pretendía tirar hacia el lado opuesto. Ellos me rescatan, me salvan “biológicamente” la vida. Sin embargo, con este acontecimiento tiene lugar mi renacimiento. Mas no debido a ellos, sino por el mundo que empiezo a conocer desde mi entrada en Psiquiatría, que continuará en el Hospital de Día, y se prolongará a través de las redes sociales. El mundo de los locos. De los trastornados.

¿No os parece gracioso? Toda una vida insistiendo en suicidarme o deseando morir… y mi gran renacimiento acontece gracias a ese empeño mío. Una vida normal y corriente, sacando buenas notas en el colegio, después estudiando en la universidad con resultados cada vez mejores. Primero, licenciada en Filosofía y después en Antropología Social. Añade un Máster de Estudios Avanzados en Antropología Social. Este me lo habría ahorrado si no llega a ser requisito para acceder al Programa de Doctorado. ¡Yo quería dedicarme ya a mi propia investigación! Tras el trámite burocrático del Máster, comenzaba lo que yo creía que quería hacer. Investigar. ¿Mi tema? Uno relacionado con la Antropología Urbana. Parece ser que cierta persona pretendió zancadillear mi candidatura al contrato pre-doctoral FPU (Formación del Profesorado Universitario) financiado por el Ministerio de Educación. Un contrato al que ella también quería optar, pero a costa de excluir mi solicitud (debido a que nuestra directora era la misma y únicamente puede figurar en una candidatura). Se me ofrecieron inciertas futuras alternativas, como el contrato pre-doctoral de la propia universidad (¡que vete tú a saber cuándo saldría la convocatoria!).

En aquél momento yo era todavía demasiado ingenua como para pensar que mediante esta maniobra aquella chica conseguía sacarme de la “competición”. No me daba cuenta de que ya había comenzado el sucio juego que intoxica la academia, donde impera la ley de la selva. Yo era ajena a ello. ¿Qué hice yo? ¿Renunciar a solicitar una FPU, el único propósito al que aspiraba y por el que tanto había estudiado?, ¿o mantener como directora a la profesora que más admiraba intelectualmente a cambio de optar a las “migajas” inciertas del contrato de la universidad? Conseguir una FPU es difícil, era para mí un sueño improbable de alcanzar. A pesar de ello, no iba a renunciar siquiera a la posibilidad de presentar mi solicitud. ¡Lo que faltaba! Renuncié a que ella me dirigiera la tesis, me busqué otra directora y finalmente resulté seleccionada para el contrato. Lo único… que al cabo de un año y medio me intenté suicidar. Sigo contratada pero encadenando una baja laboral de veinte meses con otra desde el pasado mes de julio de este año 2018.

Mi eterna baja laboral es ya, de por sí, bastante atípica. En la Sección de Personal de la universidad no sabían muy bien qué hacer conmigo… Continuaron renovándome el contrato porque en las bases de mi convocatoria se contempla el derecho a la baja laboral. Sin embargo, para ellos he sido (soy) una anomalía burocrática. Ni ellos mismos sabían decirme si en tal fecha ya finalizaba por completo mi contrato. A final fueron renovándome el contrato con plazos extraños, a veces apañados con una adenda. Cuando agoté el período máximo de incapacidad laboral temporal y pasé por el correspondiente Tribunal Médico, recibí la carta con la resolución. Me daban de alta. Pero no por motivos de salud. La propia médica del Tribunal me dijo que yo no estaba para trabajar en absoluto. Y, ante la tardanza de la resolución, fui a informarme sobre mi situación a un organismo de la Seguridad Social. Mi caso debía acabar con una incapacidad permanente total, pero la resolución final no podía ser esa porque, como yo misma le indiqué, no cumplía con los años mínimos cotizados para la concesión de una incapacidad permanente. A pesar de todo, no tomé conciencia de ello hasta que me llamaron de la propia universidad para informarme de que había sido dada de alta. A ellos les llegó la carta antes que a mí. Pero lo realmente absurdo es que me entero de que me ya estaba de alta desde el nueve de enero, aunque la universidad y yo lo supimos dos semanas después, aproximadamente.

El motivo de mi alta era, en efecto, no alcanzar los años cotizados suficientes. Pero lo de avisarme con dos semanas de retraso… ¿es una broma? ¿Y cómo iba a hacer para trabajar tal y como me encontraba? Me aconsejaron ganar tiempo cogiendo las vacaciones acumuladas que me correspondían, cuarenta y cuatro días laborales. Y así lo hice. El INSS prohíbe coger la baja por recaída hasta que transcurran seis meses desde el alta. Otra persona de otra sección administrativa me recomendó ir al médico y coger la baja por cualquier otro motivo, algo que sí permite el INSS. Esto no lo hice. No encaja con mi forma de ser, no me parecía adecuado. Durante mis “vacaciones” yo continuaba con la terapia en el Hospital de Día, empecé a consumir cocaína. Este consumo me permitió escribir sin sufrir ansiedad. Una actividad esencial para mi trabajo como investigadora, pero que no podía realizar desde hacía casi dos años. La cocaína también me ayudaba a leer, también fundamental para retomar la tesis. Antes del consumo había podido leer alguna novela aunque me costaba mucho concentrarme. Después (pero antes del alta) había probado con ensayos teóricos. Sin embargo, sufría una gran inestabilidad que me llevaba a empezar un libro cuando me encontraba un poco mejor y a abandonarlo cuando empeoraba. Pero cuando volvía a estar mejor, empezaba otro libro distinto y reproducía la misma dinámica.

Mi psiquiatra me propuso que, cuando pudiera leer, retomara uno de los libros empezados y que no se me ocurriera empezar otro. Me pareció razonable, y me pidió “¡Decide ahora mismo cuál!, ¿cuál retomarás?”. Qué agobio, ¿no? ¿Yo qué sé qué me apetecerá leer cuando esté bien? Le dije un título. Al cabo de unos cuantos minutos, lo cambié por otro. ¡Acordado! Al final me decanté por una novela porque a un “amigo” le recordaba muchísimo a mí. Ante esta explicación del cambio de libro (además, uno nuevo), mi psiquiatra se negó en rotundo. El motivo no eran ni la distinta elección ni el libro sin empezar.  Se oponía por  mi razón para escoger aquella novela, pues reproducía una de mis problemáticas dinámicas psíquicas. No necesitamos dialogar para entendernos. Simplemente me respondió “¡No! ¿No ves que estás otra vez detrás de la zanahoria…?”. Sí, pero es que me moría de curiosidad por saber qué había en aquella novela que tanto le recordaba a mí. Yo necesito saber cómo me conciben los demás. Tal vez penséis, ¿y quién no quiere saberlo? La diferencia entre la inmensa mayoría de vosotros y yo es que en mí es un rasgo de personalidad que me limita. No tengo una mera curiosidad ni un intenso deseo por saberlo. ¡Ya me gustaría! En mi caso es una necesidad. ¿Qué necesito y que creo encontrar en cómo me ven otras personas? Nada más y nada menos que saber cómo soy. Sé que es algo muy complicado de entender, ya me he cansado de intentar explicarlo a muchas personas (profesionales, familiares, amigos…). Sistemáticamente ocurre que inicialmente parecen entenderlo y finalmente me doy cuenta perfectamente de que no han llegado a captarlo. Y yo ya no sé cómo hacerme entender… No les culpo a ellos, desde luego. Siempre recordaré la agudeza de una compañera del Hospital de Día corrigiendo a otro compañero que se dice “No me expreso bien” y no que “No me entendéis”. ¡Qué maravilloso momento y con qué luz quedó impregnado en mi mente! Apropiándome de sus palabras, no diré que los demás no me entienden, sino que yo no consigo expresarme mejor. A mí misma me ha costado mucho comprender este aspecto de mi funcionamiento psíquico, así que no me extraña que no consiga transmitirlo a otras personas que no lo han experimentado (o, más bien, sufrido). En resumidas cuentas: que algo no va bien en mí y persigo cuantas zanahorias me ofrezcan.

El libro me lo leí, y vi perfectamente mi reflejo en él. Excepto el final. Pues la historia acaba como tiene que acabar: con el suicidio de la sufriente. Yo no me suicidaré. Me agarro a esa decisión aunque la sienta forzada. Pero la tomé por todo el daño que he causado a mi alrededor. Sobre todo a mis padres y a mi hermano. Así que la polisuicida “por naturaleza” se ha convertido en una chica que hace malabares con la vida para sobrevivir. Suelo utilizar esta expresión, creo que evoca bastante bien mi modo de “vivir”. Espero tener que dejar de hacer malabares algún día. Y más pronto que tarde, porque desde mi renacimiento mi condición psíquica ha ido empeorando cada vez más.

¿No llama un poco la atención esto último? La chica con su vida casi ordinaria murió y otra persona nació allí dentro. En aquella Unidad de Agudos de Psiquiatría, donde sentí que vivía plenamente, que encajaba al fin con otras personas, estaba cómoda y protegida de aquella anterior vida, que se había convertido en una cárcel. Paradójicamente, sentí cierta liberación estando encerrada. Por desgracia, esa inicial sensación no se prolongó más allá del tiempo que duró el internamiento psiquiátrico. Después fui diariamente a un Hospital de Día durante casi dos años, con un final bastante peor que infeliz. Entre medias el intento de suicidio “disociada”, mucha inestabilidad emocional, y, para no decepcionar a nadie, terminé con una tremenda agudización de mi malestar y de la forma de manejarlo.

Dicho esto, no me arrepiento de casi nada de lo que he hecho en mi vida. No, ni siquiera de los intentos de suicidio. Y tampoco de aquél período de consumo, a pesar de que con la cocaína se creó un bucle brutal. Consumo intensivo durante tres días, un día  durmiendo, otros dos o tres días consumiendo y sin dormir. Tampoco comía demasiado. Lo que sí hacía, y mucho, era leer. Mi final en el Hospital de Día fue así, drogándome y leyendo. Pero iba a las terapias aunque no hubiera dormido. Y no se me notaba… Participaba con un discurso racional y coherente, mi aspecto no daba pistas de nada. ¡No me salían ojeras! Algo que yo deseaba en realidad. Porque parece que escuchar de mi boca que estoy consumiendo mucha cocaína no es creíble. Quería unas grandes ojeras en mi cara para que me creyeran, para que me tomaran en serio, para que me ayudaran.

Surrealismos de la vida… que solo creo que entiendo yo.

Propongo, en cambio, otra frase:

La vida no tiene sentido, sino que consiste en construirlo.



Categorías:Narraciones

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1 respuesta

  1. Muy revelador y muy penetrante. Y, por tanto, muy de agradecer. Espero no se tome como adulación. Y espero también que esta luz que revela cosas sea también para ti luz que facilite la vida. Con sentido o sin sentido, pero vida: algo que, modestamente, merezca ser vivida.

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