¿Alexitimia? Yo y mis emociones… mis emociones y yo.

Tienes alexitimia“. Con este juicio de mi psiquiatra del ingreso del 2016 se puso en cuestión mi capacidad para identificar y expresar mis propias emociones. Desde entonces, dudo constantemente de lo que siento. Incluso en momentos puntuales he llegado a desconfiar de mi capacidad de sentir. Puede decirse que acabé por ser la personificación del efecto labeling: la tendencia a representar los síntomas asociados a la etiqueta-diagnóstico hasta el punto de devenir una parodia de mí misma. A pesar de ello, puedo reconocerme en los siguientes rasgos:

1. Una lógica emocional diferente en función del tipo de contexto:

a)En un entorno cercano-íntimo (familia y personas significativas) soy impulsiva, relativamente irritable. En un instante puedo ponerme furiosa, ante lo cual suelo reaccionar marchándome para contener mi agresivididad. Ello no es incompatible con un frecuente carácter cariñoso y tranquilo. >>> En este entorno íntimo, soy emocionalmente transparente.

b)En mis relaciones con personas menos significativas (aún cuando tengo cierta confianza con ellas), mis emociones suelen ser anuladas. Difícilmente puedo expresar enfado, aunque interior o posteriormente esté enfadada. Puedo comportarme de forma cariñosa, aunque raramente siento afectividad. Me siento, más bien, intelectualmente atraída por personas de manera excepcional. No soy impulsiva ni irascible.  >>> En este entorno, soy emocionalmente anulada o invalidada.

2. Tengo una memoria emocinal pobre y no recuerdo los sentimientos que no estoy experimentando de forma inmediata. Encuentro difícil imaginar o rememorar cómo me he sentido en el pasado. En ocasiones, necesito que otras personas me indiquen cuál ha sido mi estado de ánimo.

3. Mis estados de ánimo suelen ser cambiantes, pero me confunden mis sentimientos concretos. Con todo, intuyo una persistencia de las texturas emocionales que llevaban meses (años, seguramente) atacándome antes del ingreso que quebró mi vida en 2016: desmotivación, desinterés, sensación de ser cada vez más torpe intelectualmente, percepción de inutilidad (¿por qué no soy capaz de hacer varias cosas a la vez, como los demás?), impresión de estar sobrevalorada por otras personas. Angustias, aburrimiento existencial y circunstancial. Inseguridad. Pérdida de inteligencia, pérdida de velocidad.

En aquella época, hace ya más de de dos años, mi pareja me insistía en que yo no era capaz de “razonar sobre mis emociones”. Cuando le pedía una explicación, me indicaba que mi pensamiento era dicotómico (todo o nada).

Ni entendía a mi pareja de entonces ni comprendía a mi psiquiatra. Todo aquello sobre cómo yo no era capaz de identificar mis emociones, de razonar sobre ellas, y de moverme en un pensamiento polarizado… me resultaba francamente extraño. De adolescente canalizaba mis emociones escribiendo. Después de mi “paripé autolítico” a los 21 años dejé la escritura y comencé a utilizar canales más perjudiciales (no necesariamente tóxicos en sí mismos). El abandono de la vía de escape literaria implicó un olvido de mí misma. Fui dejando de reflexionar sobre mí misma cada vez más. Mis escritos introspectivos fueron sustituidos por una vida (o unas vidas) crecientemente “extrospectivas”, descentradas de mí misma. Incluso en mi brutal período de aislamiento social.  Recupero aquí uno de ellos… que es, como las cicatrices, estrategia salvavidas ante momentos de angustia intensa:

Y la vista nublada, en la frontera entre la vida y la muerte. Huele a putrefacción, la carne quemada de ejercer vitalidad. Autoritarias neuronas que exigen parálisis permanente. Una dictadura visceral, la razonabilidad dependiendo de lógicas trascendentes, absurdas, similares a una taquicardia.

No soy capaz de transitar el camino hacia el irreversible estado inerte. Temo al sufrimiento, no puedo imaginar mis pulmones mezclados con agua, ni mi cuello estrangulado. Me da miedo el suicidio físico. Tan solo busco la “descerebración” del alma. (14/09/06)



Categorías:Auto-reflexión

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