Sobre normas no escritas en la planta de Psiquiatría

Mi amigo F. estaba sentado en una silla en una mesa de dos personas. Nadie más le acompañaba, pues las enfermeras y auxiliares le regañaban continuamente porque no dejaba de hablar durante las comidas. Esta es una de las normas durante las comidas: hablar lo mínimo posible con tus compañeras de mesa. No te puedes entretener porque quieren recoger lo más rápido posible el carrito con las bandejas utilizadas. Y si hablas cuatro palabras de más, te llaman la atención. Guardar silencio durante las comidas es una de esas normas no escritas de la unidad de agudos de Psiquiatría. Además, está rotundamente prohibido intercambiar alimentos entre compañeros. Si te ha tocado una manzana imposible de comer ni con dientes de hierro y al compañero le sobra una mandarina, no puedes cogerla si te la ofrecen. Por supuesto, tampoco se permite llevar alimentos a las habitaciones.

Todas estas normas las vas aprendiendo sobre la marcha. Recién ingresada no te leen una lista de todas ellas. Al entrar aprendes, si eres mujer, que no puedes llevar sujetador con aros. Y tampoco pinzas de depilar, botes de cristal, cuchillas, cuadernos con anillas, sacapuntas… En la zona del Control figura un cartel con los objetos permitidos dentro de la planta. Se reducen a unos pocos. Reloj, radio, objetos de aseo básicos: cepillo de dientes, crema, peine… No se te ocurra llevar un desodorante de piedra de alumbre. Aunque es el que yo uso a diario, preferí no complicarme la vida por si me ponían pegas. Hice bien, pues a los pocos días descubrí que un hombre lo usaba y los profesionales sanitarios lo miraban y remiraban, no creían que fuera un desodorante. “¿Pero cómo se usa?, ¿cómo va a ser esto un desodorante?”. Nos partimos de risa de lo cómico del objeto introducido no identificado.

Finalmente se convencieron de que fuera un desodorante. Sin embargo, esa duda sobre si era o no un desodorante esconde, en realidad, una pregunta más trascendente para el personal sanitario. En tanto objeto no identificado, cuestionan su inclusión o exclusión entre las cosas permitidas. Sospechan si eso que tú dices que es un desodorante puedes utilizarlo como un medio para autolesionarte, por ejemplo. Y, en realidad, si rompes la piedra podrías herirte con ella. O bien no se les ocurrió, o bien omitieron esta posibilidad para este paciente (era alcohólico y no se autolesionaba). Al igual que a mí, al hacerme un electro en el último ingreso, me vieron el piercing del pezón y me dijeron que “ya sabía que eso estaba prohibido”. Les dije que ya sabían ellas que yo era una buena paciente y que en los anteriores ingresos me lo habían permitido. Sin hacerlo explícito, hicieron como que se les había olvidado o hicieron la vista gorda y no volvieron a hacer mención, así que no tuve que quitármelo.

Lo cierto es que cada vez que escucho a las profesionales eso de “ya sabes que esto no está permitido” me quedo algo perpleja. ¿Cómo que “ya lo sé”?, ¿y cuándo me lo habéis dicho? La escueta lista de objetos personales únicamente es complementada por un cartel, dirigido a las reglas que deben cumplir las visitas. Una muy importante es no utilizar los teléfonos móviles. Algo que, sinceramente, casi todas hemos incumplido en algún momento. Incluso las propias profesionales, que se supone que tampoco pueden utilizarlos. Pero, a excepción del cartel de los objetos permitidos y de las reglas para visitas, las demás normas son implícitas y se van aprendiendo sobre la marcha.

Así aprendí yo que no podía intercambiar el zumo de manzana (que odio) por el zumo de piña que le ha tocado a alguna otra compañera. Te toca uno u otro aleatoriamente, pero ni aún así puedes hacer el trueque. Así que al final, o te resignas, o lo cambias sin que te vean. Y sin pedir permiso, porque la probabilidad de la respuesta negativa es alta. Igualmente, yo dejaba el pan el un lado de la bandeja para que mi amiga M. se lo comiera. Porque, seguramente debido a la medicación, no le saciaban totalmente las comidas. Yo no solía comer pan, pero lo pedía a la hora de escoger el menú para el día siguiente exclusivamente para dárselo a mi amiga. Nadie se enteraba. Nadie murió ni se volvió obesa. No hago caso a las normas sin sentido. Distinto sería si mi compañera fuera diabética, en cuyo caso no le habría dado ni una miga de pan. Ahí la norma sí tiene sentido. Ni siquiera me hace falta que exista la norma para cumplirla.

“Ya sabes que no está permitido, son las normas” fue lo que me dijo una enfermera cuando me lié con un chico en mi último ingreso. “¿Cómo voy a saber que es una norma? ¡Si nunca lo había hecho y nunca me han dicho que no se podía!” le respondí yo. Y añadí “A ver si me hacéis un día una lista con todas las normas porque si no, no me entero. Cada vez descubro una nueva”. Está prohibido entrar en las habitaciones de las compañeras, es obligatoria la ducha diaria, no se pueden tener relaciones amorosas. De esto ya hablé un poco en Vínculos en la planta de Psiquiatría.

Con este panorama de normas implícitas y objetos no identificados se propuso jugar aquél día F. sentado solo en una mesa del comedor. Aquella misma mañana me había mostrado un pequeño aparato (algo más pequeño que una cajetilla de tabaco). Se trataba, según me dijo, de un contador digital. Tenía varias funciones. Dijo que era también como un rosario digital. Pero servía, básicamente, para contar. F. y yo compartimos humor y un mismo sentido de lo que es vivir en la planta de agudos. Llega un punto que te aburres y quieres darle un toque de diversión a tu estancia. Me comentó que el aparato era ideal para un manicomio. Me reí muchísimo porque era cierto. En aquella planta podías entretenerte contando los pasos que das al día, por ejemplo.

Por eso, cuando le vi sentado en el comedor y colocando el aparatito en la mesa, ya empecé a sonreírme. En cuanto hubo un silencio absoluto, me miró y mientras me guiñaba un ojo dijo en voz alta “Esto es un aparato ideal para un manicomio”. Las enfermeras y auxiliares enseguida rodearon su mesa. Ahí ya mi sonrisa se convirtió en risas. “¿Pero esto qué es”?. Miraban el aparato, lo tocaban, le preguntaban… era otro objeto no identificado. ¡Cortocirtuito!, ¿está permitido o no? Esto me hace mucha gracia, cuando algo les perturba porque no saben si entraría dentro de lo prohibido o no. Dudaban, por eso le interrogaron y, después de explicarles qué era, una preguntó “¿Pero para qué quieres un contador aquí?”. No sé si se me saltó alguna lágrima de risa… “¡Precisamente aquí es donde tiene más sentido!”. No se va a poner a contar uno los pasos por la calle con el aparato electrónico, parecería un loco… ¿o no?

 

 

 

 



Categorías:Narraciones

Etiquetas:, ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: