Queridas compañeras de sufrimiento: así me habría gustado despedirme de vosotras

Mi alta en el Hospital de Día fue distinta a la de las demás pacientes. Fue abrupta, una lucha. Mi alta fue un logro, mas no por mi recuperación, sino por su desesperación frente a mi condición “imposible” (los motivos los encontraréis aquí). Mientras otras compañeras sabían desde hacía meses la fecha de su alta, lo mío fue un “aquí te pillo aquí te mato”. Resultó un alivio. Pero nunca pude despedirme de mis compañeras como tenía previsto. Mientras el resto de compañeras suele preparar un grandilocuente o más humilde discurso pero siempre focalizado en el personal sanitario, agracediendo su labor, yo tenía previsto otro tipo de destinatario de mi mensaje. Mis agradecimientos iban dirigidos a mis compañeras. Sé que casi ninguna de ellas llegará a leer esta carta, que escribí hace ya más de medio año, cuando tenía previsto irme del Hospital de Día. Sin embargo, me gustaría dejarla aquí plasmada. Por si alguna de ellas topa con ella. Por si alguna de vosotras también se siente aludida. Y por las compañeras que vendrán que no dudo que me continuarán ayudando. Eso sí, espero que fuera del sistema psiquiátrico institucionalizado: más bien, en un GAM.

 

Je est un autre (Rimbaud)

Vosotras alumbráis mi auto-ceguera: únicamente al encontrarme con vosotras puedo empezar a pensar. Mi situación es privilegiada porque quiero y necesito ser atravesada por vuestras angustias, “rumiaciones”, sufrimientos. Porque agradezco sentirme partícipe de vuestros miedos, deseos, estilos relacionales. Y porque siento tanto el desquicio colectivo como la alegría cuando tomamos las riendas de la terapia y nos ayudamos mutuamente a analizarnos. Eso que el jefe denomina “mente colectiva, expresión que me parece tramposa. Apodado “Gran Hermeneuta” por mí misma para su regocijo, el jefe parece existencia. Imagino que él también construye sus inseguridades con su fe en la supuesta mente colectiva. Se entiende qué quiere decir, mas no cuaja. Al menos no lo hace la mayoría de las veces o no del modo adecuado u oportuno.

Compañeras, quiero que vuestros problemas me lleguen a doler. Necesito que actuéis como mi perro-guía. Yo no me veo, pues acabo de comenzar a abrir los ojos. Pero con más fuerza deseo que mostréis vuestras potencialidades: no mantengáis la mirada entreabierta. Dejemos el pesimista “egoísmo sintomático” de lado para que vuestras cualidades, habilidades, inteligencias diversas consigan brotar. Si nos resulta imposible contemplar las propias, señalemos las que nos parecen evidentes en las demás. ¿Nos atrevemos a romper la monotonía del malestar? ¿A escapar de nuestros angustiosos monotemas?

Ha sido un largo y pesado recorrido. Pero ahora puedo reconocer, con total sinceridad, que no puedo avanzar si no me impregno de vuestras diversidades. Con todo, también admito cierto hastío terapéutico. Estamos hartas: de nosotras mismas, de las demás, de escuchar las mismas cosas sentadas, de frente, de espaldas, haciendo el pino… Estamos cansadas de nuestra vida, de escuchar la vida de las demás, de volver mil veces sobre las mismas cosas (traumas, “tonterías”, obsesiones, miserias emocionales, voces…). Sin embargo, agudizando el oído se percibe el movimiento, el cambio de lo que parecía siempre “el mismo rollo”. Evolucionamos en la terapia, nuestras vidas cambian, nuestros intercambios varían… en fin: ni siempre es lo mismo ni debemos percibirlo como tal. También aquí (¿cómo no?) las apariencias engañan…

Existen momentos de saturación. Incluso estos pueden aprovecharse como más oportunidades para aprender. ¿Me satura la carga emocional, el cansancio mental, los cambios vitales? Indaguemos qué tipo de grietas (personales, idiosincráticas) entorpecen nuestro camino. Y recordemos siempre la sencilla pero imprescindible pregunta del Gran Hermeneuta: ¿qué es lo que hace que nos “rompamos?, ¿por dónde nos rompemos cada uno? Y… ¿cómo es que hemos llegado a rompernos de esta manera? Me permito cambiar la metáfora. ¿Cómo es que nos hemos permitido atrapar por una telaraña? ¿Y de qué están hechas estas telarañas que nos mantienen enredados en nuestras particulares angustias? ¿Cómo podemos desenredarnos? ¿Cómo podremos transformarnos para lograr romper la telaraña?

Vuestras diversidades alimentan mi pensamiento. Es más, lo modulan: abren y cierran posibilidades. Confesaré mi escepticismo inicial en la terapia grupal, mi incapacidad para percibir “de qué iba la copla”, y mis (¡múltiples!) resistencias a vislumbrar mi necesidad de vosotras. Me ha llevado veinte meses largos asumir que os necesito. Y que os necesito no más pero tampoco menos que al Gran Hermeneuta y sus “secuaces”. Una necesidad rara, no dependiente pero crucial para poder avanzar.

Finalmente, debo reconocer que el concepto antropológico “estrella” (vinculado al de “cultura”), a saber, el de diversidad, constituye una de las cuerdas para salir del pozo. Mi pozo todavía requiere algunas cuerdas más para conseguir salir de él. Para alcanzar algunas os seguiré necesitando: a vosotras u a otras compañeras distintas. Pero sé que otras las deberé construir yo misma fuera de este espacio. No sé si lo conseguiré en el futuro, pero no dejaré de intentar (mientras mi estabilidad lo permita) aferrarme a las “otras-diversas” (trastornadas o no, ¿qué más da), a las que me enganchen intensamente pero sin olvidar a las que pretenderán pasar más desapercibidas. Únicamente así podré desenredar una de las telarañas que me oprimen: el no saber “engancharme” a la superficialidad, a liberarme de las cadenas que me impiden gozar de ser, meramente, una más. Y sentir, al fin, una relativa tranquilidad.



Categorías:Auto-reflexión

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2 respuestas

  1. hermosa despedida, estimada autoetnógrafa! y muy interesante el “descubrimiento de la superficialidad”, no para quedarse en ella, sino para descansar del buceo constante, por decirlo de alguna manera. Y además me parece cada vez más que la reflexión profunda es a menudo un territorio limítrofe con la comicidad (la risa es distancia de la normalidad y sus proporciones). Y también parece ser que la piel es nuestro mayor “órgano”, etc etc…

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  2. Lo sentí, pero yo también tuve que salir de mi ingreso una noche sobre las 00:15h.

    No podía más. Literalmente.

    Me siento muy identificada con tus palabras.

    Así que gracias.

    Aquí sigue estando mi mano.

    C.C

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