“No me pasa nada”, pero… necesito un diagnóstico.

Relatar mi experiencia con el diagnóstico me resulta muy complicado. No por vergüenza, que la perdí hace tiempo. Sino porque requiere exponer muchas partes de mi biografía, pero separando nítidamente unas de otras. Desordenar mi vida para concluir reordenando mi compleja relación con el diagnóstico.

Nota informativa para quien no tenga la suerte de estar loco y no lo sepa. Existen dos manuales utilizados para diagnosticar:

DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) de la APA (American Psychiatric Association).

CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades), de la OMS (Organización Mundial de la Salud).

Cada cierto tiempo se revisan y las enfermedades se crean, se destruyen o se modifican… Se usa uno u otro… en función de las preferencias del psiquiatra. Dependiendo del profesional con el que topes, tu sufrimiento psíquico puede ser diagnosticado o no. O bien te informará detalladamente sobre el trastorno, o bien lo “omitirá” salvo que realices una petición expresa. La claridad brilla por su ausencia entre los propios profesionales. Dicho lo imprescindible, vamos al turrón…

Os confieso que no sé por dónde empezar, ni cómo transmitiros el batiburrillo mental que he vivido desde mi pubertad-adolescencia hasta… hoy. Si le doy más vueltas no escribo nada. Para empezar, os resumo las facetas vitales que más han liado “mi relación con el diagnóstico”: las variadas vivencias de malestar psíquico, mi confusión sobre mí misma, mis encuentros con profesionales de la salud mental, con los psicofármacos, mi formación académica en Filosofía y en Antropología, y el gran acontecimiento que marca un antes y un después: la entrada en el mundo de los locos en mi primer ingreso. Imagino que este punto de partida, de momento, os deja fríos. Os parecerá cachondeo, pero es lo más difícil que intento escribir en mi vida.

 

CONTEXTO: MI HISTORIA CLÍNICA 

2002. Psiquiatra 1 (infanto-juvenil). 3-4 citas. Alta. infanto-juvenil. Seroxat (antidepresivo)
2007-julio y sept. Psiquiatra 2. Dos sesiones (julio y septiembre), alta. Paroxetina (antidepresivo), es igual que seroxat.
2007-mayo. Intento suicidio Urgencias.

No ingreso en Psiquiatría.

Continúo con Paroxetina.

Tranxilium (ansiolítico) temporalmente.

2008-marzo. Psiquiatra 2. Una sesión (marzo), anulo segunda sesión y abandono. No es partidario de medicación. No recuerdo nada más.
Fecha desconocida. Psiquiatra 3 (cambio de psiquiatra a petición propia). Trankimazin (ansiolítico).

Y que pasee cuando tenga ansiedad.

-regularmente hasta febrero 2016. Médico de cabecera. Trankimazin si lo solicito.

Diazepam (ansiolítico).

 

Fluoxetina (antidepresivo)

Lorazepam (ansiolítico).

2016.

Febrero-abril

Psicoanalista: cree conveniente otro tipo de terapia, me deriva a Psicóloga. Psicoanalista se alerta por mis ideas suicidas.

Psicóloga: tratamiento terapéutico intensivo, bueno, interrumpido por mi ingreso.

2016.

17 abril-13 mayo.

UCI + Unidad de Agudos.

Psiquiatra 4.

Venlafaxina (antidepresivo).

Lorazepam (ansiolítico).

Diagnóstico: Trastorno Esquizoide de la Personalidad. (DSM)

Mayo 2016- febrero 2018. Hospital de día.

Equipo terapéutico.

Por circunstancias ajenas (jubilación, convocatoria de nueva plaza por Comunidad de Madrid), me llevan tres psiquiatras individualmente:

 

Psiquiatra 5 (mayo-diciembre 2016).

 

Psiquiatra 6 (enero-diciembre 2017).

 

Psiquiatra 7 (enero-febrero 2018).

Psiquiatra 5:

-Venlafaxina.

-Lorazepam.

-Quetiapina.

Diagnóstico: Trastorno Límite de la Personalidad (DSM).

 

Psiquiatra 6:

-Venlafaxina.

-Lorazepam.

-Quetiapina (antipsicótico).

-Rivotril (ansiolítico).

Diagnóstico: Trastorno de inestabilidad emocional de la personalidad, subtipo límite (CIE)

 

Psiquiatra 7:

-Venlafaxina.

-Aumenta dosis quetiapina.

-Aumenta dosis rivotril.

-Cambia lorazepam (rescate) por zyprexa (antipsicótico).

-Sugiere recetarme topiramato (estabilizador de ánimo). Lo rechazo.

Diagnóstico: Trastorno de inestabilidad emocional de la personalidad, subtipo impulsivo (CIE).

Febrero-abril 2017. UCI + Unidad de Agudos

Psiquiatra 8.

No cambios medicación de Hospital de Día (Venlafaxina, quetiapina, lorazepam).
Mayo 2018. Psiquiatra 9 (de zona).

 

Acudo a una única sesión, le suelto mi rollo, desconoce la teoría de la disociación estructural de la personalidad, no es especialista en Trastornos de Personalidad, me da las gracias por hablarle de esa teoría. Me dice que intentará ayudarme pero que es limitado.

 

No vuelvo.

 

Continúo con misma medicación. Mis padres cogen las recetas del médico, yo no salgo de casa desde hace meses.

Esta es la manera más rápida que he encontrado para visualizar mi recorrido clínico sin irme por las ramas o mezclarlo con otros aspectos. Pues, como indiqué, necesito ir por partes. Ya os digo que esto es muy difícil para mí… Habréis observado que no he incluido los síntomas en el cuadro. Tengo problemas de memoria, estos dos últimos años he tenido que tirar de la memoria de mi familia (sobre todo de mi madre) para ordenar muchas partes de mi biografía. Además, no intento explicar qué cosa me llevó a cada consulta. Mi objetivo, (n)os lo recuerdo, es el diagnóstico. No lo pierdo de vista.  Precisamente por eso he resumido lo máximo posible mi itinerario clínico.

 

CONTEXTO: FORMACIÓN ACADÉMICA

Si os fijáis, no tengo un diagnóstico de trastorno de personalidad hasta el 2016, es decir, a los 30 años. Previamente me he dedicado a estudiar:

-Licenciatura en Filosofía.

-Licenciatura en Antropología Social.

-Máster en Estudios Avanzados de Antropología Social.

-Comienzo el Doctorado en 2013. Opto a un contrato pre-doctoral (FPU, Formación de Profesorado Universitario), un sueño: cuatro años cobrando (y cotizando) por realizar tu tesis doctoral (sí, ¡es un trabajo!). Tras un período similar a un embarazo, el sueño se hace realidad.  Me conceden la FPU. Lloro de alegría. Pero el sueño se convertiría en pesadilla… ¿cómo es posible?, ¿qué me pasa?, ¿por qué? Ahora entiendo mucho, claro… Un trastorno no identificado me iba a dar mucha guerra.

Ya tenemos dos piezas del pequeño puzzle que necesito armar. La formación académica que poseo, de la que me arrepiento en parte (pero esto ya es otra película…). Antes de explicitar la relación de estas piezas con el diagnóstico, necesito un tercer paso.

MIS SÍNTOMAS Y MI AUTO-ETIQUETA: “NO ME PASA NADA”

Actualmente, después de mucha terapia y auto-reflexión, puedo identificar como síntomas lo que en su día era incapaz de reconocer como tales. Repasándolos ya empiezo a explicar mis líos con el diagnóstico y no me limito a contextualizarlos. Por si no os ha quedado suficientemente claro, repito que componer este escrito no me resulta nada fácil. Justo en este instante siento náuseas, una de mis formas de experimentar ansiedad. Obviamente, está todo bajo control: tengo Zyprexa buco-dispensable 5mg en un cajón. También tengo valeriana y la opción de dejar de escribir si me siento desbordada. Vamos, todo menos ir a Urgencias, no vaya a ser que esté de guardia el Doctor X (aquí le podéis conocer) y me envíe a casa a “ponerme”. No es miedo, es pereza…

Bueno, que empiece la fiesta. A los catorce años me intenté suicidar por primera vez. Yo me enteré hace poco cuando lo contó mi padre en una sesión de terapia familiar. No lo recordaba (amnesia). Otro día os cuento en primera persona cómo viví un suicidio, aquí únicamente menciono sin más. A los quince años intento suicidarme de nuevo. En esta época desaparece mi interés en las relaciones sociales. Aunque años antes ya solía negarme a ponerme al teléfono si llamaban mis amigas porque “no me apetecía”. No había motivos, simplemente perdí interés por la gente. Mi madre sufría, no lo veía normal. Esta apatía social viene de la mano de una especie de incapacidad general para disfrutar… No sentía motivaciones, ilusiones, ganas por nada. Creo que ni siquiera sentía tristeza. Simplemente, el motor vital estaba empezando a fallar. Y así acabo en el psiquiatra a los dieciséis años.

Desde entonces, durante la mitad de mi vida noto algo extraño en mí. Siento que algo no va bien, pero yo parezco “normal”. Aquí comienza una lucha interna conmigo misma: yo soy normal, no me pasa nada. No me sentía normal, algo me tenía que pasar. Pero no puede ser… No tengo alucinaciones, parece que no soy bipolar (lo único que veía que podía cuadrar). Ningún psiquiatra parece creer que “me pasa algo”. Algo más que ansiedad, depresión, apatía…

Algunas compañeras, incluso siendo TLP, me han definido como “montaña rusa”. La inestabilidad emocional es un rasgo típico de este trastorno, pero en mi caso parece especialmente acusado. Yo misma me he podido dar cuenta en los últimos años… Sin embargo, yo no me percataba de ello aunque ahora me doy cuenta de que me ha acompañado toda mi vida. Sentía depresión, acudía al psiquiatra. Aunque no me hubieran recetado antidepresivos, para la siguiente cita, meses después, se me había pasado el bajón. Estaba contenta y como “no me pasa nada”, ¿para qué iba a ir a ver al psiquiatra? Ha sido algo puntual, estoy bien. Continúo con bajadas y subidas, cambios bruscos alternando aislamiento social con períodos de muy buena sociabilidad. Mi madre lo retrata perfectamente: “Claro, hija… Ahora entiendo un poco mejor que llegabas un martes contentísima porque el viernes habías quedado y cuando llegaba el viernes decías que no te apetecía salir y te quedabas en casa”.

La inestabilidad emocional no era lo único. Debo destacar la fidelidad de mi ansiedad, que no me deja sola demasiado tiempo. Igual que la angustia. Durante casi un año estuve dándome atracones de comida por ansiedad (TCA dicen, Trastorno de Conducta Alimentaria). Intento suicida un poco miedica a los veintiún años. También empecé a hacerme cortes en las muñecas. Sí, reconozco que al principio quería llegar a la vena. Pero descubrí que el propio hecho de cortarme me aliviaba tremendamente mi sufrimiento psíquico. Enseguida dejé de cortarme. Una compañera de facultad, una noche de fiesta, los vio. Tras una charla breve pero profunda sobre nuestras respectivas vidas, me contó que era borderline (TLP, vaya) e insinuó que probablemente yo también lo fuera. Inmediatamente dejé de cortarme, no quise escuchar lo que me dijo. ¡Yo no tenía nada!, ¡a mí no me pasaba nada! Me dejo de cortar y ya está. ¿No? Está claro que a mí no me pasa nada. Ningún psiquiatra me ha dicho nada, solo son ansiedades, problemillas que todo el mundo tiene. Si todo el mundo va al psicólogo o psiquiatra, además… ¿verdad?

Como imagináis, mi sufrimiento no desapareció. A los pocos meses del intento a los veintiún años, comencé una relación con un chico cocainómano (politoxicómano diría yo). Después de insistir varios días, por fin me dejó probarla. Empezó un corto pero intenso período de consumo de cocaína que duró medio año. Yo tenía veintiún años, él y todo el submundo en el que me metí me sacaban mínimo nueve o diez años. No entendía por qué él me decía:  “¿Pero no ves que estás consumiendo a los mismos niveles de gente que llevamos diez años drogándonos?”. ¿Dónde está el problema? Esto último no es anecdótico, sino que habla de un rasgo odioso de mí: llevar al límite casi todo. Llevar al límite mi cuerpo consumiendo, las discusiones, las relaciones… no sé, seguro que cualquier cosa que se os pase por la cabeza la querría llevar al límite. La explicación que más me convence tiene que ver con mi forma de sentir: no siento nada si no son emociones muy intensas.

¿Veis? Al final me lío, una cosa me lleva a otra y no acabo. Síntomas, síntomas… Después de la coca, estuve algo estable hasta que perdí los papeles con alguna amistad. Ataques de ira… Hasta ese momento los sufría principalmente mi pobre padre. Pues no sé… le tendré manía (él pensaba algo parecido). No, no era eso. Era otro síntoma, episodios de ira o de descontrol emocional. ¿Sabéis? Otra perla del trastorno límite es la dificultad para regular emociones. Te desbordan emociones muy intensas, no sabes qué hacer con ellas… ¡y no has aprendido a regularlas!  Al final una hace lo que puede… Y cuando hoy comprendes que te sucede eso, cuando miras atrás se ven síntomas que en aquél momento no se veían. Re-significados como síntomas, se empieza a desmontar mi auto-diagnóstico: “no me pasa nada”. Hacerme cortes en brazos (¿pero qué problema hay?, si me están salvando la vida, ¿cómo no podéis entenderlo…?), provocar y llevar al límite discusiones con mi padre. Supongo que le escogí a él y no a mi madre porque él también es impulsivo y se calienta si sabes cómo pincharle, y te sigue dando pie a que siga echando leña al fuego. Ahora sé que eso era una manera de regular mis emociones, de descargar mi malestar. ¡No sabía otra forma! Cuando era muy pequeña y me ponía nerviosa, le mordía o provocaba de alguna manera que él me diera un azote. Solo entonces me calmaba y podía llorar mientras le decía “Te quiero mucho, papá”.

Desde la distancia, tal vez se vean muy claras las distintas manifestaciones de “mi trastorno”. Intentos o gestos suicidas, autolesiones, ansiedad, inestabilidad emocional, problemas para mantener relaciones sociales estables, atracones de comida, consumo abusivo de drogas, lo de mi padre… Esto no es todo, hay más: sensación constante de inferioridad, miedo a la vida en general, a no saber manejarme en la vida cotidiana, mucha preocupación por no ser suficientemente inteligente nunca (digan lo que digan, saques la nota que saques…), no saber qué hacer en la vida. Podría seguir, pero ya os hacéis una idea. Aunque no puedo dejar de mencionar el peor de todos: el sentimiento de vacío.

EL DIAGNÓSTICO Y YO. YO Y EL DIAGNÓSTICO.

Me pregunto si a ti, leyendo esto, te llega el caos mental  que me genera este asunto. Seguramente no sea mi mejor publicación, no me importa. No aspiro a ser escritora. No aspiro a nada. Solo quiero contaros qué papel puede jugar un “mero” diagnóstico en la vida de una persona. La relación de otras personas con sus diagnósticos pueden ser muy distintas. Porque sus vidas son distintas, y también los diagnósticos. He conocido a una persona a la que le pregunté por su diagnóstico y me digo que era “cluster”. Fue muy gracioso, porque es como contestar que eres “grupo”. Los trastornos de personalidad se dividen en tres “cluster”: A, B y C. Imaginad la diferencia entre el papel del diagnóstico en la vida de esa persona y en la mía… Le importaba tanto el diagnóstico que una vez le dijeron que entraba dentro del cluster (A, B o C, el que sea) y él solo se quedó con lo de cluster. ¡Si yo pudiera ser cluster! Pero no… y por eso tenía que contaros parte de mi vida, para que se entienda mi experiencia.

Yo me lié, ellos se liaron, yo me volví a liar, ellos me liaron sin querer y luego ya empecé a entender algo. Aunque la cosa luego siempre se sigue liando, la vida es así y una es así de boba… Pero, agarraos que vienen curvas: puedo hablar de un ANTES y un DESPUÉS en mi vida. No puedo evitar reírme sola escribiendo estas líneas (¿acaso a alguien le importará?, bueno aquí queda, a mí me está ayudando un poco). Me río porque repaso mi vida, veo lo que ha pasado, lo que he hecho, lo que no… Me río porque los que no me conocéis no sabéis que mi vida de pronto está TOTALMENTE PATAS ARRIBA. Me río, me sigo riendo. Porque empiezo a enterarme de qué iba a mi vida. Y me entra la risa tonta. Quiero que sepáis con qué ánimo y con qué humor voy a escribir lo que viene abajo. No es especialmente cómico, ni revelador. Pero a mí me hace muchísima gracia (Rebe, preciosa, si estás leyendo esto, ríete conmigo, que sé es contagioso). A ver si soy capaz… Voy a empezar a enumerar para poner límites, orden y a ver si consigo sintetizar lo máximo posible.

1.Durante la mayor parte de mi vida, mi relación con mi diagnóstico es inexistente. Sufría, fui algunas veces al psiquiatra, tomé alguna que otra pastilla, me sentía un poco rara y diferente, no sabía bien por qué algo no me terminaba de cuadrar. Pero, oye: NO ME PASA NADA. Varios psiquiatras me han visto, nadie parece darle demasiada importancia a lo que me pasa. De hecho, yo misma no sé bien qué me pasa. Sea lo que sea, no tiene importancia. Estos señores no indagan mucho en mi vida, no me dicen nada. Ni siquiera sé por qué voy. El caso es que al final tengo que volver. Bueno, es la sociedad… que estamos todos muy mal. No me pasa nada, todo el mundo está más o menos como yo. Lo que pasa es que no tiene ninguna importancia. Y me dan pastillas, desde los dieciséis años. Pues no estoy muy a favor de la medicación, la verdad. Todavía no ha empezado mi “despertar” en relación a la Psiquiatría, diagnósticos, etiquetas y demás. Me tomo lo que me den. Si al final me gusta probar drogas. Eso me permite sentir realmente. Eso me da intensidad, que es mi alimento. Pues, ¡hala!, viva la psicofarmacología.

2.¿Qué eres “border qué”? ¿Qué? ¿Yo? Me fascina tu historia, tu vida, y tú como persona. Siempre me han fascinado los problemas psiquiátricos. ¿Pero yooooo? Si no me dijeron nada ni cuando acabé en Urgencias vomitando carbono activo del lavado de estómago. ¿Cómo voy a tener yo un trastorno he visto a algún psiquiatra desde los dieciséis años y no me han dicho nada? Jo, eso explicaría algunas cosas, pero no es posible. Lo de los cortes se quita, fue de casualidad… y lo dejo de hacer porque a mí no me pasa nada. Tema zanjado.

3.Paso unos cuantos años medicada, sin medicar, apareciendo y desapareciendo de consultas… Cada vez veo más obvio que no estoy bien, yo creo que la gente es algo distinta, no sé. Me parece que algo no va bien, pero supongo que dentro de la normalidad. Mientras vivo como puedo… con mis cosas, con lo que desde fuera algunas personas percibían como rarezas (¡pero normales!). Lo raro me interesa mucho. No sé, hay algo que me atrae… Y cada vez más. La gente rara, diferente… no sé. Será porque llevo un tiempo convencida de que no me pasa nada pero que me miro a mí misma y me siento rara. ¡Vaya películas me monto! Esto me pasa por meterme a estudiar Filosofía… que aquí hay cada zumbao… y fuera soy un imán para gente “peculiar”. Uno de mis últimos trabajos de la licenciatura en Filosofía es sobre la transexualidad. Creo que esa es mi primera toma de contacto con el DSM, quizá antes lo conocía de oídas. Uy, uy, uy… ¡pero qué interesante es todo esto! Qué interesante es esto de la transexualidad, el feminismo (que no era nuevo)… Ahora que he acabado la carrera, y soy incapaz de salir al mundo “real”, ¿qué hago? Me parece que lo que me pasa es que voy un poco más despacio que los demás: necesito más tiempo, maduro más despacio. Solo necesito un par de años y seguro que se pasa todo este miedo.

4.La gente de Filosofía es demasiado inteligente, necesito estudiar más. Si vuelvo a Filosofía en un futuro, necesito estudiar algo más, algo empírico. ¡Antropología sociocultural!, ¡lo que necesito! Ahí se estudia a gente rara, diferente… Y además, necesito bajar un poco al mundo empírico. Intuición, necesidad. Pero hay que bajar. Desde los últimos años de Filosofía ya empecé a desarrollar una posición crítica frente a la Psicología, Psiquiatría, la medicación y los trastornos… El segundo año de Antropología me posicioné más definitivamente. En contra, ¿lo dudabais? Una asignatura espectacular y un profesor que me dejó mucha huella y valoro muchísimo, me hicieron ver la luz. Antropología de la Salud y la Enfermedad. Espectacular. Y me lo iba a perder… Aprendí mucho, me cargué de herramientas teóricas y argumentos para sostener mi perspectiva crítica sobre los diagnósticos. El trastorno que escogí para realizar un trabajo grupal fue el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Una anécdota: en esa asignatura cada grupo hacía una exposición sobre el tema que hubiera elegido. Uno de ellos habló sobre unas personas que padecían un trastorno y se centraron creo que casi completamente en cómo estas personas se autolesionaban. Me quedé perpleja, el TLP de nuevo. Ese fue uno de los momentos más surrealistas que he vivido. La gente se hace cortes, se quema, se autolesiona… por placer, por alivio… A todo el mundo parecía llamarle la atención, incluso al profesor. Yo me palpaba las cicatrices de mi muñeca, escuchaba… No entiendo nada. Me siento muy rara. Llegué a plantearme si yo era como esas otras personas. La duda duró poco, y en la asignatura de Trabajo de Campo trabajé con chicos transexuales. De nuevo me peleé yo sola con el DSM, con la construcción social de los trastornos y de la propia normalidad. Al mismo tiempo, durante todo el curso conocí y trabajé con los chicos transexuales. Se trataba de intentar a ellos sin invalidar su experiencia. Tuve que admitir que mi crítica a los diagnósticos como productos sociales no era suya. Ellos únicamente querían paz, necesitaban un informe psiquiátrico con el diagnóstico para poder comenzar el proceso de cambio físico (hormonación, operación pectoral…). Un simple papel con un diagnóstico para reconocer su condición transexual. No podía empeñarme a imponer mi posición teórica. Yo continué con mi posición crítica, no renegué de ella. Sin embargo, ellos luchaban por sobrevivir, por reducir su malestar, por el reconocimiento social de su identidad como chicos y que pasaba por el reconocimiento clínico de su condición como un trastorno. Aunque se luche por despatologizar la transexualidad, esa no era la prioridad de este grupo en conjunto.

5.A pesar de mi fascinación por la antropología médica, y especialmente psiquiátrica, me despisté… Decidí que mi tema de estudio para el Trabajo de Fin de Máster y para mi tesis se ubicaría en la Antropología Urbana. Cambio radical de temática. Me obsesioné con el urbanismo… Sufría cada vez más hasta que exploté… y acabé en la UCI y después fui ingresada en agudos. Sé que la mayor parte de la gente vive los ingresos como un infierno. Yo lo viví justo al revés: me sentía cómoda, a gusto, contenta… como si hubiera encontrado mi hogar. Y mi psiquiatra durante el ingreso me iba a diagnosticar… ¡un trastorno de personalidad! Por fin alguien ve que me pasa algo de verdad. Sentía una necesidad de que me etiquetaran, diagnosticaran. Mi sufrimiento, mi vida… ya podría dejar de convencerme de que no me pasaba nada. El psiquiatra que me llevaba allí dentro me destrozó. Tuve mi diagnóstico, pero totalmente erróneo (estoy segura de que ni él se lo creía…): Trastorno Esquizoide de la Personalidad. Intenté convencerme, encajar en ese trastorno. Pero era imposible. No era mi etiqueta. Lloré mucho, me comí mucho la cabeza hasta que al poco tiempo de ingresar en el Hospital de Día (HD) reconocieron que yo no era esquizoide. Allí volví a intentar convencerme de que no me pasaba nada, no entendía qué hacía allí rodeada de gente etiquetada. Durante meses sufrí muchísimo a diario, no entendía nada. Si no tenía diagnóstico, si otra vez no me pasaba nada, ¿qué hacía allí? Viví meses desquiciada viviendo una contradicción entre mi rechazo teórico hacia el diagnóstico (es prescindible, la etiqueta puede ser contraproducente, los trastornos son construcciones sociales, etc.) y mi necesidad vital de que alguien me diagnosticara algo. Pero que no se equivocara… ¿Cómo he llegado a renegar de mi posición teórica y suplicar un diagnóstico?, ¿y por qué nadie me explica qué me pasa?, ¿por qué todos los compañeros de terapia tienen su/s diagnósticos y yo no? Colapso mental, angustia vital y desesperación. Pregunté mil veces, no recibía respuesta. Hacía terapia, al principio con una resistencia brutal. Pero poco a poco fui participando en la terapia, intenté olvidar la cuestión del diagnóstico. Me convencía a mí misma de que yo no necesito un diagnóstico, me recordaba mis ideas en torno al DSM y los trastornos. Aparqué el asunto… Hasta que en el segundo informe de mi primera psiquiatra para la Mutua leí Trastorno Límite de la Personalidad. Respiré. Sí. Es esto… ¿Por qué no me lo dicen y lo tengo que leer en un informe?, ¿es un paripé burocrático? ¿Es esto o no es esto? Sabía que no podía preguntar por mi diagnóstico porque solo obtenía evasivas como respuesta, énfasis en la particularidad de mis problemas y la importancia de la terapia sobre cualquier diagnóstico. Me cansé de pelearme por un diagnóstico. Me contenté con un TLP en un informe, pero todavía no sentía reconocido mi malestar. Es absurdo, a mí me avergüenza, pero en ese momento seguiría convencida de que no tenía sentido estar en el HD, de que no me pasaba nada y ellos lo sabían. Mi vida, el HD y yo misma… nada tenía sentido sin un diagnóstico-etiqueta. Si luego lo voy a querer desmontar y destrozarlo porque mi posición crítica seguirá. Si cuestiono todo, si soy una pesadilla porque, como me decía al final mi último psiquiatra, “yo era la única paciente que dice que no a todo, mientras que el resto de pacientes admiten sus interpretaciones”. No estoy de acuerdo. He aprendido muchísimo durante la terapia… pero no acepto todo lo que digáis. No es que no respete vuestras interpretaciones, simplemente sé que hay otras perspectivas, otras teorías. Y antes de tragar y pasar por el aro terapéutico porque tú eres la autoridad, tengo que pensarlo, valorarlo y convencerme yo.

En fin, que participé en la terapia, avancé (aunque luego retrocedí y acabé más hundida que nunca), me olvidé del diagnóstico. Y de verdad, reconocí que mi diagnóstico era TLP, posteriormente conseguí escucharlo de su boca y no leerlo en un papel. Aunque ahora utilizaran el CIE y no el DSM, y el nombre sea otro (Trastorno de inestabilidad emocional de la personalidad). Pero ya no avanzaba más en la terapia, ya no podían ayudarme más, y empeoré. Cada vez estaba peor, cada vez tenía más “síntomas”. Al final, me agarré a un clavo ardiendo, me agarré al diagnóstico y decidí investigar por mi cuenta. Leí sobre el TLP y cada vez lo tenía más claro: esa era mi etiqueta.

Me di cuenta de que únicamente centrándome en la etiqueta podía dar sentido a mi vida. Que ya no tengo claro mi posición teórica sobre trastornos y diagnósticos mentales. Porque ahora mismo solo intento sobrevivir, y cada vez que profundizo leyendo sobre el TLP me conozco mejor. También me doy cuenta de que lo que me pasa es mucho más duro y grave de lo que yo imaginaba. Nunca me habría dado cuenta de ello sin el diagnóstico. Necesitaba un diagnóstico (adecuado) para comprender por qué siempre he querido convencerme de que no me pasaba nada. A partir de ahora, SERÉ YO LA QUE ELIJA MI RELACIÓN CON EL TRASTORNO. Seré yo la que decida si me ayuda o no leer sobre TLP, la que se distancie, lo cuestione, se apropie de él. Y la que piense cómo politizar mi locura y si denominarla TLP o no ponerle apellidos.

Soy muy cabezota… necesitaba que me explicaran el motivo por el cual omitían el diagnóstico. Al final obtuve una respuesta: un diagnóstico no añade nada a tu malestar. Tú, tu sufrimiento particular y tu vida la conoces perfectamente y no necesitas un diagnóstico. Pensé durante un tiempo que tenían razón. Ahora no. Un diagnóstico sí añade y a veces mucho.

Hoy he releído un trabajo que hice para aquella asignatura, Antropología de la Salud y encontré en él unas líneas que encuentro perfectas para concluir:

Incluso el propio acto de prescribir un medicamento ha de entenderse como un acto social que, entre otras cosas, legitima la enfermedad del paciente (Van der Geest et. al., “The anthropology of pharmaceuticals: A biographical approach”), y el diagnóstico tiene una dimensión simbólica que permite al sujeto restituir su mundo previamente desestructurado por un dolor crónico (Good, Medicina, racionalidad y experiencia.).



Categorías:Auto-reflexión, Narraciones

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7 respuestas

  1. Buff! Enhorabuena por expresar todas esas vivencias, puedes ayudar a muchas personas, muy valiente!!!

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